Raúl Lugo Rodríguez
www.raulugo.indignacion.org.mx
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“Sólo soy un adaptador de historias”,
dijo Vicente Leñero cuando, en 2007, recibió el premio como guionista clave del
cine mexicano. Hombre modesto, dramaturgo, guionista, historiador, novelista,
cuentista, Leñero es una figura señera de las letras mexicanas. Más de 30 años
de la producción dramática y literaria están marcados con su nombre. Desde su
primera novela La voz adolorida
(1961) en la que retrata las disquisiciones de un enfermo mental antes de ser
internado en el manicomio, su primera obra de teatro Pueblo Rechazado (1968), una estrujante puesta en escena del
experimento arriesgado de Gregorio Lemercier en el monasterio benedictino de
Cuernavaca y su respectiva adaptación a guión cinematográfico en la película El Monasterio de los Buitres (1973),
Leñero no ha dejado nunca de tocar algunos aspectos problemáticos de la vida de
la fe y, en particular, de la iglesia católica.
Cumplió ayer 80 años el escritor. En el
artículo publicado por Andrés Vela en La
Jornada (agosto de 2010) se señala con acierto: “Si bien su fe está siempre
presente y él no duda en explicarse en torno a esta preocupación, no hay en
toda su obra una promoción panfletaria de dogmas católicos ni disquisiciones
teológicas. No forma parte de militancias ideológicas –por lo menos no de un
modo gremial o gregario– y no formó parte de grupos de poder o mafias
culturales. Quizá esto último explique el olvido que de repente sufre su obra,
tan poco comentada si se piensa en su valor”.
Y sí: la obra de Leñero puede ser leída
en relación con su experiencia de fe. Cristiano sin fisuras, Leñero no ha
dejado de retratar las desviaciones del mensaje del evangelio en una iglesia a
la que pertenece, la católica, en el afán, estoy seguro, de contribuir a su
reforma y a su purificación. Una obra de Vicente Leñero fue clave en mis
tiempos de formación como presbítero. En la cresta más alta de la producción
teológica conocida como Teología de la Liberación, hacia 1979, el año de la III
Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Puebla, Leñero publicó una obra memorable:
El evangelio de Lucas Gavilán. Se
trata de una obra de ficción basada en los evangelios. En un rincón de la
patria mexicana surge un movimiento social peculiar dirigido por Jesucristo
Gómez, profeta que recluta a algunos seguidores y que recorre los pueblos y
selvas de México anunciando la llegada del Reino de Dios. Más tarde, en 1986,
haría una adaptación teatral de esta novela y la llamaría Jesucristo Gómez.
La novedad de la mirada de Leñero sobre
los evangelios canónicos y su adaptación a la geografía y mentalidad mexicanas
son magistrales. No solamente identificó y convirtió en ficción literaria
algunos de los principales hitos de la teología latinoamericana de aquellas
épocas: opción por los pobres, liberación social, lucha contra los
autoritarismos… sino que tuvo la visión suficiente para avizorar algunos
cambios culturales que no estaban aún en la discusión teológica de aquellos
años pero que tiempo después se convertirían en locus theologicus de primera importancia, como la diversidad
sexual. Eso hizo que, en Iglesia Católica
y Homosexualidad (2006), obra que fuera sometida a proceso de estudio e
investigación por el Vaticano, yo pusiera un anexo con un capítulo de El Evangelio de Lucas Gavilán.
Por las razones que ya Andrés Vela
explicaba en la cita que hice líneas arriba, la obra de Leñero no ha sido lo
suficientemente valorada y conocida. La gente de mi generación, sin embargo, se
asombraría si leyera la lista de películas mexicanas en las que él participó
como guionista y reconocería, con toda seguridad, muchas de ellas: El Monasterio de los Buitres (1973), El llanto de la tortuga –con una inmensa
Isela Vega– (1975), Cuando tejen las
arañas (1979), Mariana, Mariana
–la adaptación de Las Batallas del
Desierto, del entrañable José Emilio Pacheco– (1987), Miroslava (1993), la exitosísima El Callejón de los Milagros (1995), la polémica La Ley de Herodes (1999) y la película
mexicana de mayor éxito comercial: El
crimen del Padre Amaro (2004), por mencionar algunos ejemplos de su obra
como guionista. A Leñero, sin embargo, parece gustarle más ser reconocido como
dramaturgo. Su discurso de entrada en la Academia Mexicana de la Lengua lleva
por título, precisamente, En defensa de
la dramaturgia.
Hoy, en el marco de las celebraciones
por el 80 cumpleaños del escritor, comparto con ustedes el capítulo del
Evangelio de Lucas Gavilán que incluí en mi libro de 2006. Ojalá nos sirva para
saborear su dignísima manufactura literaria, el estilo y talante de Vicente
Leñero y su honda mirada de fe.
EL ENDEMONIADO EPILÉPTICO (Lc 9,37-43)
-Marica, marica, lo insultaban desde que era niño, y el insulto se fue
convirtiendo en un apodo, más bien en el nombre de pila de Mario Benítez, el
primer varón de las siete criaturas que trajeron al mundo Eloísa Fajardo y don
Mario Benítez, dueño de una flotilla de camiones de carga que recorrían las
poblaciones del Bajío.
Marica Benítez: porque no se daba de trompadas con el Chato a la salida de
la doctrina. Ni siquiera esperaba a que la señora Lupita repartiera los dulces:
corriendo de estampida se iba a esconder a su casa o le daba toda la vuelta a
la iglesia para entrar por la puerta de atrás en la sacristía del Padre
Rodrigo. Ni en su casa ni ante el cura se atrevía a acusar al Chato de las
maldades con que lo fregaba a mañana y tarde en la doctrina, en la escuela, en
el parque. Todo porque era malo para jugar al burro y peor para el fut: no le
entraba a las bolas y cuando un contrario iba a chutar él se ponía de perfil y
escuadraba una pierna para esquivar el balonazo.
Su padre se encorajinaba por las cobardías de Marito y le tundía hasta con
la hebilla del cinturón para que se hiciera hombre. También para que se hiciera
muy macho lo llevaba a la trastienda de Camilo, donde don Mario y sus amigotes
se pasaban las tardes de los sábados bebiendo cervezas y hablando de putas.
A los doce años se le empezaron a notar los modales, y a los catorce, para
quitárselos, don Mario lo trepó en uno de sus camiones y lo llevó a Celaya con
objeto de iniciarlo en el arte de cabalgar a las yeguas: le fue diciendo por el
camino mientras Marito pensaba que irían a un rancho a montar, y hasta contento
iba el chamaco. Se enteró de que su padre hablaba de otra cosa ya cuando estaba
frente a la Gorda Remedios abierta de piernas, risa y risa llamándolo. No llegó
ni al borde de la cama. Inmóvil junto a la puerta se manchó los pantalones
pensando cómo se confesaría al día siguiente con el padre Rodrigo.
-No te apures, le dijo el padre Rodrigo acariciándole el pelito rizado.
Perdona a tu papá; él no sabe que Dios te llama por otros caminos.
Durante unas semanas soñó en el seminario de Morelia, pero se le pasó la
vocación porque lo jalaba más la música. Era bueno para la guitarra y aprendió
a tocar el acordeón de puro ver cómo lo hacía el viejo Farina. También era
bueno para el canto. En un cumpleaños su madre le regaló una guitarra eléctrica
y con ella iba a tocar y a cantar en los bailes. Lo celebraban mucho, pero sus
amigos y hasta sus parientes lo seguían llamando Marica. Ya para entonces no se
cuidaba de los ademanes ni del tonito de voz. Hasta exageraba sus
amaneramientos cuando se sentía en confianza en casa de las Ramírez, donde se
pasaba las tardes oyendo chismes y platicando con las tejedoras. Se descaró a
los dieciocho años, luego que uno de los chóferes de su padre lo inició en la
perversión. Don Mario quiso matar al chofer, pero como el chofer salió pitando
para Salvatierra, terminó medio matando a su hijo de una tranquiza, pese a la
cual Marito no se arrepintió de su pecado. Todo lo contrario: entre más lo
moqueteaba el bárbaro, más le decía Marito que sí, que sí era cierto y no había
sido por la fuerza, que sí, que le había gustado porque él era diferente, así
lo había hecho Dios y a mucho orgullo que lo llamaran marica, maricón,
cachagranizo, joto, invertido, putete:
-Eso soy, eso soy, lloraba Marito bañado en sangre.
Fue la desgracia de la familia, la deshonra, el acabóse. Su padre se dio a
la bebida y empezó a desatender los negocios. Sus hermanos reprobaban en la
escuela y a su hermana que tenía dos años menos no quisieron darle trabajo en
la presidencia municipal porque en tu familia hay un puto: contó que le
dijeron. Sólo las Ramírez y su madre Eloísa se compadecían de Marito y lo
seguían tratando muy bien; su madre
mejor todavía, convencida de que con mimos y una novena a san Martín de Porres
Dios le iba a hacer el milagro de enderezar a su hijito consentido.
Por esos días llegaron a la población Santiago el de Aguascalientes y Simón
Vázquez. Jesucristo se había entretenido en Salvatierra y los había mandado a
ellos por delante.
Las Ramírez llevaron corriendo la buena noticia a doña Eloísa, y doña
Eloísa nada más se puso un chal y se descolgó hasta la parroquia donde Santiago
el de Aguascalientes y Simón Vázquez intercambiaban impresiones con el padre
Rodrigo. Los esperó media hora, y apenas salidos los asaltó con su taralata.
Que estaba enterada de la fama del maestro y de sus discípulos, les dijo, y ora
que tenía la oportunidad quería pedirles consejo sobre el caso de Marito. Con
pelos y señales les platicó toda la historia, pero Santiago el de
Aguascalientes y Simón Vázquez no hallaban qué decir, menos qué aconsejarle:
con esos casos nunca nos hemos topado, señora, la verdad es una desgracia como
cualquiera, y aunque nos damos cuenta de su pena, nosotros, bueno, nosotros
nada más, si usted insiste, hablamos con el muchacho y si quiere hasta le
echamos un discurso, a lo mejor si el muchacho oye hablar y piensa un poco en las
injusticias sociales de la región, a lo mejor, quién sabe, le entra la
responsabilidad y la hombría.
-Eso, eso, los interrumpió Eloísa. Háblenle de las injusticias sociales, es
justamente lo que necesita oír Marito.
En casa de las Ramírez, Santiago el de Aguascalientes y Simón Vázquez se
entrevistaron con el muchacho, pero el muchacho se burló de ellos apenas
escuchó la palabra injusticia. Incluso exageró sus amaneramientos y se puso a
chulear a Santiago el de Aguascalientes. Fue muy triste.
-Lo sentimos mucho, señora, no hay nada que hacer.
El sábado en la tarde llegó Jesucristo Gómez y en la trastienda de Camilo,
antes de encontrarse con sus discípulos, conoció a don Mario Benítez. El tipo
ya estaba muy briago cuando invitó al Maestro a una cerveza. Bebieron sin
parar. A la media hora, y como sucedía siempre que se le pasaban los tragos,
don Mario empezó a desahogar con su nuevo amigo la infinita desgracia de tener
un hijo maricón.
-Yo no merecía ese castigo de Dios, no lo merecía.
-Dios no castiga a nadie, replicó Jesucristo.
-A mí me castigó. Mi hijo fue así desde chiquito, así nació.
-Ninguna criatura nace de ese modo. Si ahora es lo que usted dice será por
causa suya, y de su esposa.
-¡No es cierto! gritó don Mario. Yo lo adoraba, era mi hijo mayor y desde
niño traté de hacerlo macho como su padre.
-Pues ahí tiene.
Dejaron la trastienda de Camilo entrada la noche. Iban discutiendo.
-No me diga eso, compadre.
-Le digo eso y más, don Mario. Lo primero, que usted acepte su propia
responsabilidad.
-La acepto, ¿y qué?
-Lo segundo, que deje en paz a su hijo y no lo haga sentirse un anormal ni
un vicioso. No es ningún pecado ser así.
-Ahí sí me va a perdonar, pero no. Lo que yo quiero es que mi hijo se
enderece y lo voy a conseguir por las buenas o por las malas.
-Eso no es lo importante.
-¿No es lo importante? Qué bien se ve que usted no tiene un hijo maricón,
compadre, y que no conoce a mi muchacho. Es un joto de lo peor, y lo grita.
Grita que le gusta que le den por detrás, nomás imagínese. Todos se burlan,
todos lo insultan, todos lo desprecian.
-Eso sí es importante, para que vea.
-¿Qué?
-Que todos lo desprecian.
También en la casa de las Ramírez conoció Jesucristo Gómez a Marito. No
empezó echándole un discurso como Santiago el de Aguascalientes y Simón
Vázquez, sino que pidió oírlo cantar. Feliz como pocas veces en su vida, Marito
cantó durante hora y media, bailó, tocó su guitarra eléctrica, el acordeón. Ya
después le entró a la plática, y por la plática se enteró Jesucristo que un músico
homosexual de Guanajuato, de quien Marito andaba medio enamorado, lo había
invitado a irse a vivir con él y a trabajar en su conjunto de rock. Era una
oportunidad magnífica para el muchacho.
-Pero mi padre ya lo supo, y dijo que si me iba me salía a buscar hasta el
último rincón del universo y nos pegaba de balazos a los dos.
Jesucristo Gómez chasqueó la boca, y esa misma noche fue a discutir de
nuevo con don Mario a la trastienda de Camilo.
-¿Así amenazó a su hijo?
-Y lo cumplo, compadre, por la Virgen Santísima.
-No va a cumplir nada, don Mario, entiéndame: deje en paz al muchacho, no
lo siga fregando. Ya bastante trabajo le va a costar al pobre encontrar su
propio camino.
-Lo mato y lo remato, cómo diablos no.
-Lo que va a hacer es dejar de avergonzarse de su hijo y darle dinero para
que se vaya a vivir tranquilo a Guanajuato.
-¿Eso me aconseja?
-Eso.
-Óigame compadre, no son formas de enderezar a mi hijo.
-El que necesita enderezarse es usted, compadre, replico Jesucristo Gómez.
Finalmente Marito se fue a Guanajuato, contentísimo, dos días antes de que
Jesucristo y sus dos discípulos abandonaran la población. Santiago el de
Aguascalientes y Simón Vázquez estaban muy descontrolados. Mientras pedían
aventón en la carretera trataron de aclarar el asunto con el Maestro.
-La regamos, ¿verdad?
-Quisimos agarrar la cosa por el lado del compromiso. Por eso tratamos de
hablarle de las injusticias sociales y de la marginación.
Un camión de redilas se detuvo. Antes de subir a la zona de carga,
Jesucristo dijo:
-Sólo que aquí el marginado era él.
LEÑERO,
Vicente, El Evangelio de Lucas Gavilán (Seix Barral, Barcelona
1979) pp.135-141
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