Raúl Lugo Rodríguez
www.raulugo.indignacion.org.mx
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Para
Atilano Ceballos Loeza, en su cumpleaños
Ignacio Ellacuría entró a la Compañía de
Jesús en 1947, cuando estaba a punto de cumplir los 17 años y dos años después
viajó a El Salvador. Después de realizar estudios en Ecuador, Innsbruck y
Madrid, obtuvo el doctorado bajo la dirección de Xabier Zubiri en 1965. Vuelto
a El Salvador en 1967 se queda a trabajar en la Universidad Centroamericana
(UCA) “José Siméon Cañas”. Dos años después del asesinato del P. Rutilio Grande
S.J., en 1979, una vez sufrido un primer destierro de 1977 a 1978, es nombrado
rector de la UCA. Desde ese servicio eclesial pasa por la dolorosa experiencia
del asesinato de Monseñor Romero en 1980 y se ve obligado a salir de nuevo del
país, esta vez rumbo a Madrid, sin dejar de visitar frecuentemente El Salvador,
colaborando en la búsqueda de una salida negociada a la cruenta guerra en la
que, desde 1980, se ve envuelto el país centroamericano. Finalmente, el 16 de noviembre
de 1989, Ellacuría es asesinado en la residencia de la UCA, junto con otros
cinco jesuitas y dos mujeres que trabajaban en la casa.
Su obra, publicada en su mayor parte de
manera póstuma, lo coloca como el filósofo y teólogo continuador de la obra de
Zubiri y aplicador de su sistema de pensamiento al problema de la liberación de
los pueblos latinoamericanos. Expresión de una de las mejores líneas de la teología
de la liberación, el legado de la vida y obra de Ignacio Ellacuría está todavía
por reflexionarse y por seguir dando fruto.
El juicio que sobre la realidad hiciera
Ellacuría en su artículo “El desafío de
las mayorías pobres”, publicado en 1989, conserva una palpitante
actualidad: su análisis (coproanálisis, le llama, porque estudia las heces de
nuestra civilización) revela que este sistema de vida, este modelo
socioeconómico, está gravemente enfermo. La intención de su análisis es, justamente,
aportar una línea reflexiva que evite su desenlace fatal. Por eso propone
revertir la historia, subvertirla, lanzarla en otra dirección y hacerlo junto
con todos los pobres y oprimidos del mundo de una manera que huya de todo
facilismo: utópica y esperanzadamente. Cualquier semejanza con el zapatismo no
es mera coincidencia.
Por eso, porque todavía tenemos mucho
que aprender de Ellacuría, es que Jon Sobrino, jesuita también y colega suyo en
la UCA, retoma en la Agenda
Latinoamericana 2013 (pp. 116-117) una de sus propuestas más interesantes:
la construcción de una civilización de la pobreza. Se trata, según Ellacuría,
de vencer la dictadura del consumismo y la civilización de la riqueza. Para
evitar equívocos, él mismo explica el término en su artículo “Utopía y profetismo desde América Latina”:
La
civilización de la pobreza se denomina así por contraposición a la civilización
de la riqueza y no porque pretenda la pauperización universal como ideal de
vida… lo que aquí se quiere subrayar es la relación dialéctica riqueza-pobreza
y no la pobreza en sí misma. En un mundo configurado pecaminosamente por el
dinamismo capital-riqueza es menester suscitar un dinamismo diferente que lo
supere salvíficamente.
A la cruda realidad socioeconómica,
moldeada por un sistema que apuesta por el lucro a toda costa y que produce la
horrenda desigualdad que caracteriza a nuestra época, ha venido a sumarse la
conciencia cada vez más clara de las consecuencias de este sistema en la
devastación del planeta. La crisis ecológica no es un ingrediente ajeno, sino
una consecuencia más de este proceso depredador que, en la búsqueda de un
consumo insaciable y de la producción de una ilimitada cantidad de
satisfactores que resultan insostenibles por su huella ecológica, han terminado
por poner a la especie humana en un riesgo cierto de extinción.
Este concepto de civilización de la
pobreza ha sido releído, ya sea por don Pedro Casaldáliga como por otros
teólogos, como la propuesta de una civilización de la pobreza solidaria o, como
apunta más recientemente Benjamín Forcano entre otros, la civilización de la
sobriedad compartida. En efecto, la revolución posible, la que pondrá fin a las
desigualdades, ha de ser una revolución de la sobriedad compartida. No sabemos
todavía las consecuencias concretas que tendrá este cambio del que depende la
salvación de la especie humana, pero sí sabemos que un mundo con los niveles de
desigualdad y depredación del planeta como los que experimentamos ahora es ya
insostenible. El consumismo genera despilfarro insultante y adicción (véase, si
no, la carrera interminable por descubrir y vender/comprar las nuevas tecnologías)
e incrementa la desigualdad social. El mecanismo es simple, nos recuerda Jon
Sobrino: se propone lo inútil como necesario y se promueve la inversión de
recursos en lo que no lleva a la solidaridad.
Ya lo decía Ellacuría mismo: es
indispensable retornar a los bienes primarios: alimentación apropiada, vivienda
mínima, cuidado básico de la salud, educación primaria, suficiente ocupación
laboral… la gran tarea pendiente es que todas las personas puedan acceder
dignamente a la satisfacción de estas necesidades, no como migajas caídas de la
mesa de los ricos, sino como parte principal de la mesa de la humanidad.
Escuchemos su invitación a emprender el camino a ese cambio fundamental:
Esa
pobreza es la que realmente que da espacio al espíritu, que ya no se verá
ahogado por el ansia de tener más que el otro, por el ansia concupiscente de tener
toda suerte de superfluidades, cuando a la mayor parte de la humanidad le falta
lo necesario. Podrá entonces florecer el espíritu, la inmensa riqueza espiritual
y humana de los pobres y los pueblos del tercer mundo, hoy ahogada por la
miseria y la imposición de modelos culturales más desarrollados en algunos
aspectos, pero no por eso más plenamente humanos.
La cultura de la sobriedad compartida
tiene una concretización muy actual en la propuesta zapatista. En estos meses
que se avecinan, abrir los ojos y el corazón a la experiencia de las
comunidades zapatistas, sus luchas y logros, puede ayudarnos a comprender cuál puede
ser un rumbo posible de esta transformación ya anunciada por Ignacio Ellacuría,
más necesaria hoy que nunca.
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