Raúl Lugo Rodríguez
www.raulugo.indignacion.org.mx
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Escuché hoy, martes
7 de mayo de 2013, la entrevista que le hiciera Carmen Aristegui en su
noticiero matutino a Oliver Williamson, Premio Nobel de Economía 2009, en el
marco de la sexta edición del Foro Mundial de Negocios que reúne a los más
grandes líderes empresariales en la ciudad de Monterrey, Nuevo León.
La entrevista me
dejó estupefacto. No se trata solamente de la defensa que Williamson hace del
modelo capitalista, ni siquiera el reconocimiento público de que lo que él
busca es una salida a la crisis emergente que le permita al capitalismo
profundizar sus raíces y motivar el emprendimiento empresarial, aquella
“codicia natural” alabada por los fundadores de la teoría capitalista. Lo que
realmente me puso a pensar fue la ausencia total en el discurso del Premio
Nobel de las categorías pobreza, exclusión, hambre, desigualdad. Me parece
apreciar que, en el mundo de este teórico del capitalismo, no existe más que el
mercado como una máquina implacable que hay que aceitar de cuando en cuando
para restablecer los controles y superar las crisis emergentes. La falta de un
horizonte social en sus reflexiones, a pesar de los esfuerzos de Aristegui por
confrontarlo, no pudo menos que dejarme en shock.
Habrá quienes
consideren estúpido mi anonadamiento. En efecto, viendo la clase de reunión a
la que asiste Williamson como invitado especial, era de esperarse que no
invitaran a Amartya Sen. Cada quien escoge a los teóricos de su conveniencia.
Lo que me asombra realmente es que Carlos Marx y su análisis crítico del
capitalismo hayan quedado reducidos, ante una Aristegui punzante que preguntó
si el marxismo tendría alguna relevancia para la economía de hoy, a decir que
Marx había sido un tipo inteligente, que comenzó a pensar en cosas que nadie
había pensado antes. Basta. Ningún debate más. Un pequeño accidente filosófico
en la marcha imparable y triunfal del sistema capitalista.
Puede ser que mis
filias y fobias terminen por nublar mi entendimiento. No quiero meterme en
asuntos fuera de mis limitadas competencias (que no incluyen, desde luego, la
economía). Quiero compartir aquí solamente que, si encuentro cierta afinidad
con el análisis marxista de la realidad económica (no discutiré aquí sobre los
otros aspectos de la doctrina marxista), es precisamente porque considero que
parte de un horizonte ético con el que siento profunda coincidencia. Me
explico.
En el fondo de las
consideraciones sistémicas y económicas subyace una realidad humana que
considero insoslayable: el sufrimiento de las personas, familias, comunidades y
pueblos. Más allá de dogmatismos ideológicos, un sistema económico es
pertinente para mí en la medida en que contribuye a eliminar el sufrimiento, a
producir condiciones para una vida de plenitud humana. Y esto no acontece sin
una profunda revisión de los mecanismos de injusticia que producen pobreza y
desigualdad. Esta revisión implacable a la que Marx sometió al sistema
capitalista (sin, desde luego, agotarla, ya que el capitalismo es un monstruo
de mil cabezas) estaba orientada por su utopía de una sociedad sin clases,
libre e igualitaria. Que las doctrinas socio políticas que se construyeron
posteriormente teniendo como referencia su análisis económico hayan terminado
en sociedades autoritarias, dictatoriales y supresoras de la libertad, no merma
en nada el horizonte utópico que guió su búsqueda.
Si esta nota
tratara de despojarse de cualquier “ismo” y fuera a lo esencial, yo afirmaría
que la intrínseca maldad del capitalismo estriba justamente en que es inevitable
que implique el sacrificio de millones de personas para satisfacer el ansia de
lucro de unos pocos. Me parece una verdad tan grande como la catedral. Una
economía sin referente social, es decir, enfocada solamente a un crecimiento
económico mecánico, que obvia los mecanismos de desigualdad y los deja
intocados, es una economía perversa, que produce sufrimiento y muerte (ésta sí,
no solo estadística o conceptual, sino muerte real, producida por la miseria y
el hambre, por las enfermedades curables que siguen matando niños y niñas) y
que rechazo desde lo más hondo de mi corazón y de mi espíritu religioso.
Sí, leyó usted
bien, desde mi religioso espíritu, que para mí el asunto de la religión pasa
también por estos asuntos tan “terrenales”. Por eso quiero hoy concluir esta
entrega con un texto del teólogo jesuita español José Ignacio González Faus.
Cumplió 80 años el mes pasado. Y a manera de adelantado testamento, dejó estas
líneas que ahora comparto con admiración profunda.
“Este 2013 cumpliré los
ochenta. La cifra da cierto vértigo. Aunque en Herejías del catolicismo
actual digo que me gustaría seguirlo con un comentario al Credo, no sé si
esto será posible. Por eso anticipo mi credo personal.
1. Desde hace ya casi medio
siglo, el tema de la fe se enmarca para mí en estas dos frases, una de un
cristiano y otra de un no creyente. La primera es la profecía de Emmanuel
Mounier: en el futuro los hombres no se dividirán según crean o no en Dios,
sino según la postura que tomen ante los pobres. La otra es la estrofa
impactante de Atahualpa Yupanqui: «hay cosas en este mundo más importantes que
Dios: que un hombre no escupa sangre pa que otros vivan mejor», a la que he
visto siempre como un buen resumen del modo como Dios se reveló en Jesucristo
(hay cosas en este mundo más importantes que yo…).
2. Esta visión de la fe se
estructura en dos líneas maestras del Nuevo Testamento.
2.1.
La primera, en positivo, es el repetido mandamiento del amor fraterno que no
solo atraviesa el texto bíblico sino que está presente en casi todas las
religiones, aunque en el Nuevo Testamento adquiere una melodía particular: es
un viejo mandamiento que se convierte en «nuevo» porque resume e interpreta
todos los demás mandamientos. Y es un mandamiento explícitamente universal: de modo
que no se trata sólo de amar a «mis» hermanos sino de que todos los seres
humanos son hermanos míos: el adjetivo «fraterno» no limita sino que amplía el
mandamiento del amor. El «prójimo» no es el cercano a ti sino aquel a quien tú
debes aproximarte, dice Jesús en una parábola.
2.2.
Y en negativo, la visión del dinero como el gran enemigo de Dios. Visión que
atraviesa los evangelios («no podéis servir a Dios y al dinero»), los textos
paulinos («la codicia es idolatría» y «la raíz de todos los males es la pasión
por el dinero») y los joánicos («si alguien tiene bienes de la tierra y ve a su
hermano pasar necesidad y no le socorre, el amor de Dios no está con él»).
3. Este doble resumen de mi fe
(mejor que de resumen, hablaría de «corazón» porque la realidad humana abarca
otros muchos aspectos) tiene hoy, a veinte siglos de distancia del mundo de
Jesús, un imprescindible componente estructural (no solo personal), que no cabe
desconocer. Si desde aquí miro hoy a nuestro mundo, podría escribir otro
Manifiesto que comenzara: «Un fantasma recorre el mundo». Pero ahora, dicho en
serio (y no irónicamente como en el Manifiesto del siglo XIX), ese fantasma,
esa gran amenaza no es el comunismo sino el sistema capitalista. Por más que se
lo enmascare con bellas palabras de libertad o progreso, el corazón de ese
sistema no es más que la riqueza y el poder: la riqueza que da el poder y el
poder que da la riqueza. Es un sistema antifraterno cuyas células madre
tienden a configurar un mundo donde unos pocos (cada vez más pocos) dominan a
la mayoría. Y la hora que vive hoy nuestro mundo es aquella en que está
cuajando y tomando cuerpo esa tendencia.
Esa tendencia estuvo detenida en
años anteriores por dos factores históricos: el socialismo de la Unión Soviética
que, aun con todos sus desastres, asustó al capitalismo y le forzó a hacer
algunas concesiones, y el socialismo de la llamada «socialdemocracia» que trató
de buscar una vía media entre los otros dos extremos. La caída del
pseudoimperio soviético puso fin a ese equilibrio inestable y desató la
dinámica totalitaria del capitalismo, permitiéndole mostrar su verdadero
rostro. No importa que la gente sencilla pregunte: ¿para qué quieren tanto
dinero?, ¿para qué querrá alguien tener treinta y seis mil millones de litros
de agua si no podrá bebérselos en toda su vida?… Por elemental que parezca ese
tipo de preguntas, es incomprensible para los narcotizados por el dios Mamón.
Desde aquí me parece que nuestra
hora histórica marca una tendencia casi imparable, no a «desarrollar al Tercer
Mundo» como se decía antes, sino a «tercermundizar» al mundo desarrollado. Hace
pocos años comenzamos a hablar ya de «cuarto mundo» (los enclaves de miseria en
medio del primero), pero esa expresión se nos va quedando corta y se quedará
mucho más corta cuando pase la crisis económica y, como un huracán del Caribe,
deje destruida más de la mitad del estado social que creíamos haber montado. El
mundo quedará reducido a un uno o dos por cien de la humanidad, inmensamente
rico (aunque lleno de luchas internas por derribar al otro), y una gran mayoría
humana sometida a una dictadura camuflada de grandes palabras (civilización,
progreso, desarrollo, libertad…) que se utilizarán como justificación de la
crueldad de esa tiranía.
No será improbable que algún día
esa mayoría estalle en explosión incontrolable, pero tampoco será fácil porque
siempre está ese colchón amortiguador de quienes no pertenecen ni a la minoría
de los canallas ni a la mayoría de los infrahumanos, de esos que fueron
llamados «el segundo tercio» y que son los que más temen perder su posición
cayendo en el abismo de los miserables. Ellos, sin querer, pueden actuar como
pararrayos de una revolución desesperada y loca. Y además, los tiranos han
dispuesto siempre del antiguo recurso defensivo (panem et circenses: pan y
circo) que hoy podríamos traducir como «Ipad y circo».
4. Pero no se trata de hacer
profecías. La última conclusión de estas reflexiones es que, si el dinero es el
mayor ídolo enemigo del hombre, lo es porque es el mayor enemigo del Dios que
reveló Jesús. Igual que capitalismo y democracia son a la larga incompatibles,
también lo son capitalismo y fe cristiana.
Las iglesias que se preguntan
hoy por la descristianización de Occidente no acaban de percibir esto porque
ellas mismas han sido cómplices de ese proceso en sus organismos directivos.
Los ateos que perdieron la fe tampoco perciben que sea debido a ese proceso del
que ellos son solo pequeñas gotas de agua de un tsunami epocal.
De este modo, lo que vaya
quedando de cristianismo en Occidente será solo un cristianismo no cristiano:
fundamentalista en lo dogmático y servidor del dinero en lo moral. Un
cristianismo anunciado ya en tantas sectas norteamericanas que son como
primeras nubes de la tormenta que acabará viniendo.
5. Al terminar no me queda más
que evocar la frase de Ignacio Ellacuría en la manera como yo suelo
reformularla: «una civilización de la sobriedad compartida» (Ellacu decía una
civilización de la pobreza) es la única oferta de vida que le queda a nuestro
mundo. Para creyentes y para no creyentes. Si no nos la tomamos muy en serio,
quizá será el momento de leer esos capítulos que cierran los evangelios
cambiando todo el discurso anterior de Jesús ( Marcos 13 o Mateo 24), y empezar
a comprender que ni este mundo tiene futuro, ni Dios puede tener sitio en un
mundo como este”.
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