Raúl Lugo Rodríguez
www.raulugo.indignacion.org.mx
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Me encanta la sensatez de Jesús. La
parábola leída este domingo en todas las iglesias católicas del mundo me parece
sobria, inteligente, cuestionante (Lc 12,32-48). Puesta por el evangelista en
el contexto de una solicitud, rechazada por Jesús, de constituirse en mediador
en asuntos de herencia, la parábola tiene una resonancia especial. Es una
experiencia común, no sólo en la época de Jesús sino también en la nuestra, que
la herencia pueda dar al traste con la armonía familiar. Familias antes unidas se
desmoronan ante los pleitos que las herencias suelen suscitar. Jesús no quiere
ser administrador de herencias. Prefiere concentrarse en lo esencial:
recomendar a sus discípulos tener un corazón libre ante los bienes de este
mundo.
La parábola de Jesús se comprende mejor
si conocemos cuál era la situación de desigualdad social que campeaba en su
tiempo en Israel, de manera particular en la zona de Galilea. Menciona Antonio
Pagola en su reflexión dominical que, mientras en las ciudades de Séforis y
Tiberíades crecía la riqueza, en las aldeas aumentaba el hambre y la miseria.
Los campesinos se quedaban sin tierras y los terratenientes construían silos y
graneros cada vez más grandes. El texto de la parábola a la que hacemos alusión
no es la única ocasión en que Jesús se refiere a esta dolorosa situación:
también lo hace en la parábola conocida como de los “empleados de última hora”,
ésta de tradición mateana (Mt 20,1-15), en la que se ve a un propietario que
sale a buscar trabajadores en ¡cinco ocasiones! Y siempre encontró a gente
esperando empleo. La dura realidad era que los propietarios, unos pocos latifundistas,
acumulaban la tierra que, según una vieja tradición israelita, debería estar
repartida entre todas las familias.
La situación de desigualdad que se trasparenta
en el evangelio era producto de uno de los azotes más grandes de la época de
Jesús (y también de la nuestra): las deudas. Familias enteras perdían su
patrimonio ahogados por la implacable falta de piedad de los prestamistas.
Cuando una familia terminaba perdiendo todas sus propiedades, no había más
remedio que vender la propia fuerza de trabajo e, incluso, vender la libertad de
la propia familia, como lo muestra la parábola de Mt 18,21-37, que señala cómo
el acreedor determina que “como (el deudor) no tenía con qué pagar, el señor (acreedor)
mandó que lo vendieran a él, con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y
que pagara con eso”.
A esta luz, la actitud del hombre que
tiene una cosecha sobreabundante y que solamente piensa en cómo agrandar sus
graneros, resulta profundamente insensible. Volvamos a Pagola: “Un rico
terrateniente se ve sorprendido por una gran cosecha. No sabe cómo gestionar
tanta abundancia. ‘¿Qué haré?’. Su monólogo nos descubre la lógica insensata de
los poderosos que solo viven para acaparar riqueza y bienestar, excluyendo de
su horizonte a los necesitados. El rico de la parábola planifica su vida y toma
decisiones. Destruirá los viejos graneros y construirá otros más grandes.
Almacenará allí toda su cosecha. Puede acumular bienes para muchos años. En
adelante, solo vivirá para disfrutar: ‘túmbate, come, bebe y date buena vida’… Este
hombre reduce su existencia a disfrutar de la abundancia de sus bienes. En el
centro de su vida está solo él y su bienestar. Dios está ausente. Los jornaleros
que trabajan sus tierras no existen. Las familias de las aldeas que luchan
contra el hambre no cuentan. El juicio de Dios es rotundo: esta vida solo es
necedad e insensatez… La desigualdad es, sencillamente, la última consecuencia
de la insensatez más grave que estamos cometiendo los humanos: sustituir la cooperación
amistosa, la solidaridad y la búsqueda del bien común de la Humanidad por la
competición, la rivalidad y el acaparamiento de bienes en manos de los más
poderosos del Planeta”.
A la atinada reflexión de José Antonio
Pagola quisiera añadir un dato que no emerge de los evangelios, sino del
conocimiento actual de lo que conocemos como “crisis ecológica”. Una lectura de
la parábola del rico insensato hecha desde la situación actual de catástrofe
del ecosistema en la que nos encontramos, podría darle a la parábola una nueva
óptica.
En efecto, los cambios monumentales que
tendrían que hacerse por los países para frenar el deterioro del ecosistema se
antojan imposibles en el marco del sistema económico neoliberal en el que
vivimos. Ya Antonio Turiel lo señala con acierto: “Es evidente que en el marco
de un sistema de economía de mercado, el capital privado no acometerá una
inversión tan grandiosa y de tan dudosa o nula rentabilidad”. Jorge Reichmann
(Agenda Latinoamericana 2013, pp. 142-143) expone con lucidez que las
exigencias de rentabilidad propias de un sistema socioeconómico basado en el
lucro y la acumulación terminan siendo incompatibles con la preservación de una
biósfera habitable. Y esto por un dato muy sencillo: la naturaleza
intrínsecamente expansiva del capitalismo choca con los límites de una biósfera
finita. El capitalismo es, en palabras de Reichmann, “una máquina infernal… con
su sueño de crecimiento indefinido de la producción y del consumo, es una
revuelta contra los principios de la realidad… nos ha situado ya a un paso del
colapso civilizatorio”.
Hace algún tiempo, los que trabajamos en
la Escuela de Agricultura Ecológica “U Yits Ka’an”, de Maní, Yucatán, fuimos
acusados de encubrir nuestra filiación socialista bajo el ropaje ecológico. Nos
llamaban sandías: verdes por fuera y rojos por dentro. Me temo que no andaban
tan desencaminados, ellos en sus críticas y nosotros en el camino que desde
hace muchos años decidimos seguir. La realidad va demostrando cada vez más que
para hacer frente a la grave crisis ecológica a la que hemos empujado al
planeta se necesita, de manera indispensable, poner límites al libre mercado,
reducir el poder del capital, desterrar la mercantilización de la naturaleza.
La economía no puede estar exenta de criterios de sustentabilidad y de justicia.
Y el sistema neoliberal en el que vivimos es intrínsecamente depredador.
Ha llegado la hora de reconocer, junto
con el investigador belga Daniel Tanuro, que el calentamiento climático y, más
en general, la crisis socio-ecológica en la que estamos metidos, pone inevitablemente
sobre la mesa la cuestión del cambio del sistema socioeconómico. Es
indispensable comenzar a hablar claramente de un necesario ecosocialismo o “civilización
de la sobriedad compartida”.
Una primera consecuencia de esto sería el
ensayo de nuevas prácticas de consumo, personales y colectivas. Consumo
responsable, le llaman los especialistas. No soluciona el problema, pero nos
coloca en la vía correcta. Y de nuevo los clásicos revelan su profundidad. San
Juan Crisóstomo subrayaba con énfasis: esos zapatos que tienes en tu armario y
que te sobran, se los estás robando a un pobre. Sí, aunque los hayas comprado
con un dinero legítimamente obtenido. Porque Dios hizo todas las cosas para
todas las personas y tú posees de sobra algo que a alguna persona le está
haciendo falta. Un principio que, de aplicarse, haría que desaparecieran tantos
ricos insensatos como los de la parábola de este domingo pasado.
P.D. Desde este rincón del Mayab, este
oscuro y mínimo espacio de opinión perdido en la selva cibernética, saluda a la
escuelita zapatista. Una oportunidad más para que todas y todos aprendamos de
la lucha indeclinable de los pueblos por la libertad.
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