Diálogos ágiles e inteligentes son llevados a la escena callejera al más puro estilo del teatro popular que tanto descalifican quienes dicen hacer teatro político de cabaret, como el mismo Avilés; pero que hoy, como siempre, resulta tan útil para decir la propia palabra respecto, por ejemplo, a la intentona privatizadora del PAN, aderezada por la otra farsa, la esperpéntica, que protagonizan sus cómplices en el sistema de partidos políticos, sean del color que sean.
Se trata, sin duda, de un texto cuya factura da muestras de que el periodista y, a veces, dramaturgo, entiende los mecanismos del género para poner en picota aquello de lo que pretende hacer mofa, echando mano además de la profusa información que ha pululado en medios impresos y electrónicos para que hombres y mujeres de todas las edades podamos no sólo participar en una consulta cuya importancia se ve enturbiada por las contradicciones de sus promotores en el lopezobradorismo; sino, también, en la articulación de propuestas organizativas que desde nuestras propias trincheras hagamos hasta lo imposible por defender, más que a PEMEX, un futuro que garantice que las y los mexicanos seamos quienes decidamos qué hacer con nuestros recursos naturales, incluyendo el petróleo.
La dirección, entendida como la dramaturgia de la propia puesta en escena, cumple con creces para con la dramaturgia del Señor Veleta de los Deslindes y, aunque los subtítulos no nos permiten adivinar si es el mismo Avilés quien montó su texto, no se puede dejar de apreciar que estamos frente a un director que comprendió a la perfección a su colega de pluma y que supo a su vez conducir y contagiar de ésa misma inteligencia a su reparto de actores y actrices; quienes, a mi modo de ver, son lo más destacado de la obra.
Resulta curioso descubrir, finalmente, que un producto estético y en esencia político, como lo es el teatro en sí mismo, se presente como paladín de la verdad y pretenda vender la idea de que está desenmascarando la sarta de mentiras que han blandido impunemente la derecha y quienes desde el Poder la pusieron a desgobernar tras el fraude electoral de 2006; cuando, en parte, la obra nos miente al hacer un recorrido histórico para explicar cómo es que llegamos a "esta lamentable suerte" y guarda silencio (propio del dramaturgo) acerca de las complicidades que desde el PRD se han tejido para que el PRI y el PAN tengan ahora la sartén por el mango y se burlen, como lo están haciendo, de la voluntad popular; burla en la que, dicho sea de paso, también participa el lopezobradorismo expresado en la deslavada CND y el club de oportunistas que es el FAP.
La cereza del pastel en este juego de doble moral política en el que se acusa a los ladrones de Alí-Pripan pero se olvida intencionalmente mencionar a los Amladinos que les sirven la mesa entre tanto "Blablacadabra", la pone Avilés cuando en su nacionalismo a ultranza desdeña la canción andaluza de Los cuatro muleros, rescatada precisamente por uno de los referentes obligados de ése mismo teatro que hoy le parece tan útil al colaborador del diario La Jornada: Federico García Lorca; un final que, la verdad sea dicha, bien merece el mejor de los aplausos debido a la llamada Cumbia del Loro Negro, pero que no hace sino escupir al cielo teatral, poética y políticamente hablando... independientemente de que a su público ello no le importe.
Defender la industria petrolera, como todos los recursos naturales, culturales y humanos de este país que llamamos México, es una obligación histórica y ética de quienes vivimos, gozamos y padecemos en estas tierras; pero lo menos que merecen quienes han dado su vida por causas como ésta, es que lo hagamos sin verdades a medias que, como sabemos, son mentiras completas. La razón nos asiste, ¿por qué usamos entonces las mismas armas retóricas y propagandísticas del enemigo? ¿Por qué cuando ponemos nombres y apellidos a los canallas cuidamos de no mencionar a los impostores que, según dicen, caminan a nuestro lado? ¿Por qué si hacemos teatro pretendidamente popular no le tenemos siquiera un mínimo de respeto a su propia genealogía y nos burlamos de quienes perdieron, literalmente, su vida por hacerlo y por llevarlo al pueblo?
¿Cuántas preguntas más habrá que hacer para que quienes se dicen de izquierdas tengan el valor moral de responderlas? Mientras eso pasa, nos vemos en la Consulta.
¡Ah! Si no pudo ver la puesta en escena aquí se la dejamos; seguro le dibujara una sonrisa entre las comisuras de los labios.
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