Raúl Lugo Rodríguez
www.raulugo.indignacion.org.mx
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“En Mesoamérica no se cultiva maíz: se
hace milpa”. La frase me dejó pensando. Efectivamente: la milpa es mucho más
que un campo de maíz sembrado. No solamente porque, a más de maíz, la milpa
indígena contiene numerosas plantas que amplían el espectro alimenticio del que
se nutren las familias campesinas mayas, sino porque es un universo conectado
no sólo con la alimentación, sino es el reflejo de una manera muy otra de
comprender el mundo, las relaciones interpersonales, la relación con la
naturaleza y con Dios.
Y es que el mundo indígena tiene una
perspectiva del mundo que podría ser de mucha utilidad para la recuperación del
deterioro del tejido social que aqueja a nuestras sociedades, todas ellas
permeadas de individualismos atomizados, consumidores gobernados por el mercado
y la avidez del consumo. No es fácil caracterizar esta manera alternativa de organizar
la convivencia social porque abarca muchos aspectos: todo es personal y comunitario
a la vez, todo es sagrado sin dejar de ser profano, se trata de una sociedad no
compartamentalizada, sino holística.
Gustavo Esteva, en la Agenda
Latinoamericana, ofrece una aproximación a este fenómeno. Lo hace en un artículo
que no tiene desperdicio y que titula Repensar
la economía desde la experiencia indígena. Con agudeza describe la manera
como en los últimos mil años, la economía ha venido a convertirse en el eje de
la vida social, dando origen a lo que Esteva llama el homo economicus. Este sistema es inevitablemente productor de pobres
porque, justamente, está basado en la escasez, entendiendo por esto “el
supuesto lógico de que los deseos del ser humano (sus fines) son muy grandes,
por no decir infinitos, mientras que sus medios (sus recursos) son limitados”. Pero
las soluciones que se plantean quedan muy lejos de resolver el problema
económico porque le apuestan al mercado como el mecanismo más eficiente y justo
para hacerlo.
La alternativa indígena, en cambio,
apunta hacia otros horizontes. Asume la comunalidad
como punto de partida. Por eso sirven de inspiración para los muchos esfuerzos
que, en todo el planeta, se multiplican para alcanzar “otra economía” donde la
reciprocidad regule la vida social. Así lo expresa Gustavo Esteva: “La idea de comunalidad, un término acuñado por dos
indígenas oaxaqueños, permite apreciar el espacio mental que opera como marco
de la experiencia comunitaria. Cubre toda la vida… la autoridad organiza el
empeño de todos a partir del trabajo y la fiesta comunales… y se expresa en la
forma en que se toman las decisiones y se realizan trabajos colectivos; en el
encuentro por la acción, la palabra y la creación; en la convivencia entre
nosotros, con los otros, con el mundo y con lo Innombrable, con disposición de
servicio para el bien comunal”.
La “escuelita”, anunciada por los
zapatistas, será una oportunidad preciosa para que cerca de tres mil personas puedan
mirar de cerca lo que el paradigma indígena de organización comunitaria ha sido
capaz de hacer en los últimos quince años, a pesar del hostigamiento y la
guerra de baja intensidad, a lo largo de todo el territorio autónomo chiapaneco.
Una lección hoy más que nunca pertinente.
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