Por: Luis Manuel Arce / ALAI.
El presidente Donald Trump profirió otra indignante expresión
xenofóbica al considerar "agujeros de mierda" a El Salvador, Haití y a
países africanos. Parece que la coprolalia o cacolalia, partes de una
patología que incita a proferir obscenidades, en esta ocasión fue
irreprimible. Esos términos, derivados del griego, significan “heces” y
“balbucear”, y en lenguaje coloquial criollo se pueden traducir como
“hablar mierda”.
Tomando en cuenta el entorno en que la
frase fue pronunciada, según el The Washington Post –la oficina oval de
la Casa Blanca con legisladores muy allegados- quizás pudo haber sido un
exceso de confianza de Trump en su círculo íntimo, y nunca imaginó que
sus malolientes palabras fueran a trascender. Ahora lo ha desmentido,
pero sin éxito, por supuesto. Lo dicho, dicho está.
Su
valoración fecal de los vecinos de continente y de los africanos
recorrió el mundo como un reguero de pólvora y las calenturas que
provocó en todas partes, incluido el país al que él gobierna desde la
Casa Blanca con ayuda de su iPhone y Twitter, son difíciles de enfriar.
Su impopularidad debe haber alcanzado en las últimas horas nuevos
registros hacia las profundidades del malestar y la angustia que su
nombre genera en muchas personas.
Quienes lo conocen
aseguran que sus bochornosas palabras: "¿Por qué tenemos a toda esta
gente de países, agujeros de mierda, viniendo aquí?", son una reacción
natural de este señor millonario que tiene envenenada su sangre por un
síndrome de discriminación racial brutal y peligrosa de complejo
tratamiento.
Ya no se trata solamente de su enfermiza
islamofobia pasional e irreflexiva contra todos los seres humanos que
practican esa fe y aquellas naciones que sus basamentos espirituales e
ideológicos tengan fuertes raíces musulmanas, ni contra todo lo que le
parezca negro o cobrizo como en aquellos tristes tiempos que él parece
resucitar, de las antorchas y las capuchas blancas con las temibles kkk
sembrando muerte y terror.
Trump es un xenófobo completo,
ciento por ciento, mental y visceral, como lo acaba de demostrar en esa
oficina de ordeno y mando en la Casa Blanca que nunca debió ocupar
porque la mayoría de los votantes estadounidenses no se la concedió. Su
rabia contra los no sajones, que habría que averiguar de dónde le viene,
es demasiada y puede provocar cosas muy malas.
Aunque
Obama deportó tantos inmigrantes como Trump, al menos nunca expuso al
sol sentimientos xenofóbicos si los tenía, pero Trump se regodea
aireándolos y que todo el mundo se entere que así piensa. Al sugerir que
Estados Unidos debería traer a más inmigrantes de países como Noruega,
es decir, blancos, rubicundos, de ojos verdes, Trump elevó a la máxima
potencia su racismo y desestimó que su nación estuviera formada casi
exclusivamente por inmigrantes, principalmente irlandeses y negros. Fue
la más alta expresión de una vulgar y canallesca fiebre xenofóbica.
A
cualquier presidente en el mundo le molesta que lo crean inepto, que
carece de la preparación necesaria para desempeñarse en la primera
magistratura de un país, y hasta cierto punto eso le genera un gozo
morboso al provocar que las propias personas que hacen tales
cuestionamientos se estremezcan de pies a cabeza al pensar que ese mismo
personaje desmañado tiene en sus manos todo el poder para hacer
desaparecer la especie humana con solo dar una orden.
Esperemos que eso no suceda pues Trump dice que es un genio y esa es una de sus grandes cualidades.
Pensemos
que realmente es el más inteligente de todos, el más capaz. Pero por si
las moscas, como dice una socorrida expresión popular, debería de
existir un mecanismo extramuros para impedir que los exabruptos en las
cúpulas de los gobiernos, como el caso que nos ocupa, sean causales de
inestabilidad emocional o de cualquier tipo que conduzcan al caos en las
instancias de decisión con todas sus graves y terribles consecuencias.
Catalogar
a una nación, a un pueblo, a un grupo étnico, a un continente de “hueco
de mierda” no es gracioso, ni racional, ni tolerable, ni inteligente,
ni una muestra de sagacidad. Es, en todo caso, una expresión de
supremacía irracional mezclada con una autocracia desfasada y sin
futuro.
Nada le da derecho a alguien a considerarse mejor
que el otro aunque viva en ciudades resplandecientes y perfumadas con
trementina y, además, proclamarlo como argumento para actuar contra los
de abajo y justificar así los abusos y violaciones de los derechos
humanos que se cometan, ya sea con leyes xenofóbicas, muros fronterizos o
deportaciones en masa.
Y si hay en la faz de la Tierra
alguien que se crea con el poder de hacerlo, entonces sí cabe exclamar
¡a la mierda! y exigirle que se vaya con ella a cuestas.
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