25 de mayo de 2020

Ideas sobre el contra amor.

Por: luna_zapatista_poliamorosa alias Diana / Las aventuras de una bruja filósofa.


La propuesta contra amorosa no es un mandato para dejar de amar o estar per sé en contra del amor, sino una convidada para reflexionar sobre los modos, acciones y caminos en que has llevado el discurso amoroso en la vida. En la incoherencia, por ejemplo, de decir amar a los gatos y reírte de muchos memes de perros mientras comes pollo y presumes tu foto de un bebe asesinado llamándole ternera. Tomar un “delicioso” licuado con leche de vaca mientras te preparas para ir a la marcha y gritar “va a caer”.
La propuesta contra amorosa, solo es un puente sencillo que sabe que de forma sentí pensada, cientos de afectos nos inundan siempre, que la solidaridad, la compañía, la amistad, el tejido cotidiano de hacer vida por ejemplo, también son fundamentales para el andar y no necesariamente se encierran en un concepto metafísico, sino en una tarea constante de saberse como humano en movimiento que a veces triste, a veces alegre, a veces fastidiado camina e intenta no jerarquizar, no entrarle a la dinámica de la competencia y no le juega a la institución en donde tanto hoy se ha colocado a la “narrativa amorosa”.
La propuesta contra amorosa habla de afectos y buen trato, de la erotización de la vida política donde se reconocen las relaciones de poder, pero también se trabaja por las resistencias y las transgresiones, por una búsqueda de un modo constante, de estar no en la entrega irredenta, pero sí en la complicidad de construir acuerdos y cimentar horizontalidad. El contra amor te propone que el amor se escriba en letras chiquitas, nunca más se excluya, diferencie o asesine en su nombre, vivirlo en plural, quitarle la ominipotencia. No quiero llorar por amor, quiero afectaciones como actos de libertad, de alegría, de reflexión por el compartir. Ternura radical y autodefensa feminista.

18 de mayo de 2020

“El racismo estadounidense crudamente expuesto”: una cantidad desproporcionada de afroestadounidenses muere por COVID-19.

Por: Amy Goodman / Democracy Now!

El coronavirus está devastando la población afroestadounidense, que está sufriendo desproporcionadamente los efectos letales del virus como resultado de una profunda desigualdad racial. En Estados Unidos, la gente negra tiene más probabilidades de padecer problemas de salud crónicos y menos acceso a un seguro médico. Además, una buena parte de las y los trabajadores que realizan tareas de primera necesidad y todavía siguen yendo a trabajar en medio de la pandemia son afroestadounidenses.

Para conocer más sobre este tema, vea la conversación que tuvimos el 9 de abril con la Dra. Camara Phyllis Jones, expresidenta de la Asociación Estadounidense de Salud Pública. Recientemente publicó un artículo en la revista Newsweek, titulado “Coronavirus Disease Discriminates. Our Health Care Doesn’t Have To” (La enfermedad del coronavirus discrimina. El sistema de salud no tiene que hacerlo).

Esta transcripción es un borrador que puede estar sujeto a cambios.
AMY GOODMAN: Esto es Democracy Now!, democracynow.org, el informativo de guerra y paz. Transmitiendo desde el epicentro de la pandemia, la ciudad de Nueva York. Soy Amy Goodman con Nermeen Shaikh. Pasamos a hablar sobre el coronavirus y sus efectos devastadores en la población afroestadounidense, quienes están muriendo de manera desproporcionada por el virus en todo Estados Unidos.

En Michigan e Illinois, los afroestadounidenses componen del 14% al 15% de la población pero representan el 41% de las muertes por COVID-19. Solo en Chicago, los afroestadounidenses, que son el 30% de la población, suman el 70% de las muertes. En Luisiana, uno de los focos del virus en el país, los afroestadounidenses representan un tercio de la población pero el 70% de las muertes por COVID-19.

El gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, quien hace poco llamó al virus el “gran nivelador”, dijo que las personas negras representan el 18% de las muertes a pesar de comprender el 9% de la población en el estado. La comunidad latina representa el 29% de la ciudad de Nueva York pero el 34% de las muertes, muchas de ellas en Queens, la comunidad más diversa del país. Es posible que el número real de muertes por COVID-19 nunca se conozca, ya que muchos, a menudo indocumentados o al margen de la sociedad, mueren en casa sin ser contabilizados.

Para hablar más sobre este tema está con nosotros Camara Phyllis Jones, médica general, epidemióloga, expresidenta de la Asociación Estadounidense de Salud Pública. Su más reciente artículo para la revista Newsweek se titula “El coronavirus discrimina. Nuestro sistema de salud no debería”. ¿Puede profundizar sobre este problema, Dra. Jones? ¿A qué atribuye este efecto tan dispar en la población afroestadounidense?

DRA. CAMARA PHYLLIS JONES: La pandemia de COVID-19 está exponiendo el racismo en EE.UU. de una manera totalmente nueva, porque los cuerpos de personas de color se están apilando tan rápido y en tales cantidades que estas muertes no pueden ser normalizadas o ignoradas. Y en esta pandemia el racismo está operando de dos maneras distintas: está aumentando el riesgo de exposición al virus y ha aumentado la vulnerabilidad a éste. Está aumentando la exposición al virus porque, debido a la forma en que el racismo, el cual determina las oportunidades y asigna valor a las personas, ha estructurado nuestras oportunidades educativas y oportunidades de trabajo, tenemos empleos de mayor riesgo, infravalorados y de bajos ingresos. Hacemos parte de la fuerza laboral esencial que no está recibiendo la atención que debería y evidentemente no tenemos la protección completa necesaria. El racismo ha aumentado nuestra vulnerabilidad a este virus, porque el hecho de vivir en comunidades segregadas racialmente, cuyos recursos están segregados, sin acceso adecuado a alimentación y segregadas por el racismo ambiental y la exposición a desechos tóxicos hace que llevemos en nuestros cuerpos todas estas enfermedades: diabetes, presión arterial alta, enfermedades renales, asma, que agravan los efectos del virus en quienes lo contraen y aceleran la muerte a causa de este.

NERMEEN SHAIKH: Dra. Jones, incluso antes… Hemos mencionado las estadísticas en todas partes, pero en Chicago, incluso antes del inicio de la pandemia, la esperanza de vida de la población afroestadounidense era de casi nueve años menos que las personas blancas que viven allí. En su opinión, Dra. Jones, ¿qué se puede hacer ante esto? ¿Qué medidas se deben tomar para compensar la vulnerabilidad desproporcionada de los afroestadounidenses y de la comunidad latina ante esta emergencia sanitaria?

DRA. CAMARA PHYLLIS JONES: Sí. Gracias por esa pregunta. No podemos ver estas estadísticas y simplemente encoger los hombros o decir: “Bueno, eso era de esperarse”. Tenemos que actuar. Y debemos hacerlo teniendo en cuenta ambas circunstancias. Me preguntó sobre qué hacer cuando reconocemos que históricamente nos enfermamos más y morimos más rápido. Lo que eso implica, si de verdad reconocemos ese problema, es que tenemos que garantizar los recursos de salud en esas áreas donde ya se anticipa una alta tasa de mortalidad. No debería haber afroestadounidenses, quienes ya padecen todas estas enfermedades, viviendo en comunidades donde no solo hay carencia de suficientes pruebas de detección sino también de acceso adecuado a respiradores y recursos sanitarios en general. Así que debemos proporcionar recursos de acuerdo a las necesidades. Y ya podemos predecir esas necesidades.

En cuanto a la vulnerabilidad, el otro punto que es muy necesario mencionar, es que veremos en las noticias a personas tratando de decir, de distintas formas, que “si tenemos que racionar los respiradores, entonces tal vez deberíamos excluir a las personas que tengan diabetes u otra enfermedad”. No podemos permitir que esto ocurra. En primer lugar, no deberíamos tener que trabajar en un escenario de escasez, porque no hay razón para que haya escasez. Debemos rechazar eso. Obviamente si hay un respirador y tres pacientes, nunca debería ser un factor si “esta persona tiene diabetes o una enfermedad cardíaca” al momento de asignarlo. Creo que si llegamos a ese punto debemos distribuir aleatoriamente esos recursos. Debemos valorar a todos los individuos y poblaciones por igual. Ese es uno de los tres principios básicos para lograr igualdad en la salud.

AMY GOODMAN: Camara Phyllis Jones, quiero hacerle una última pregunta y luego haremos la segunda parte para publicarla en democracianow.org. La grave escasez de pruebas ha comprometido por completo la respuesta de la salud pública en este país. Usted ha hablado sobre el hecho de que esto discrimina a los afroestadounidenses, ¿dónde, si es posible, puede la gente obtener una prueba de diagnóstico?

DRA. CAMARA PHYLLIS JONES: Sí, eso es verdad, ¿dónde pueden hacerse pruebas? Debo decir que la manera caótica en la que hemos manejado la realización de pruebas nos está afectando a todos. Está afectando nuestra capacidad de alterar el curso de la epidemia. La manera en que estamos usando las pruebas en este país ahora solo sirve para confirmar el diagnóstico de forma muy limitada, casi mecánica, persona por persona, y solo en el entorno médico. Lo que nosotros…

AMY GOODMAN: Nos quedan 20 segundos.

DRA. CAMARA PHYLLIS JONES: Lo que necesitamos hacer en realidad es buscar a todos los que tienen la enfermedad y realizar pruebas públicas de salud. Realizar pruebas a aquellas personas con síntomas. Realizar pruebas a aquellos que no tienen síntomas, para así poder distribuir nuestros recursos e identificar y aislar a las personas que tienen la enfermedad antes de que presenten síntomas y puedan propagarla. También hacer un rastreo de contactos. Esto por el bien de todos nosotros. De esa manera, no documentamos la epidemia, sino que podemos cambiar el curso de la misma.

AMY GOODMAN: Camara Phyllis Jones, queremos agradecerle por estar con nosotros. Tendremos una segunda parte y la publicaremos en democracynow.org. Médica general, epidemióloga, expresidenta de la Asociación Estadounidense de Salud Pública, actualmente es catedrática adjunta del Instituto Radcliffe para Estudios Avanzados de la Universidad de Harvard. Con esto finalizamos nuestro programa de hoy. Gracias a todo el equipo que hace posible este programa. Somos Amy Goodman y Nermeen Shaikh.


Traducido por Gabriela Barzallo. Editado por Iván Hincapié.

17 de mayo de 2020

1M+2H/1B (I): Un seminario de puesta en escena.

Por: Sebastián Liera / Tlatulteketke.

Desempolvo la bitácora electrónica... o lo intento. Tengo trabajo administrativo que espera (y urge) que le hinque el diente, pero me detengo a escribir algunas notas (espero que no demasiadas) sobre uno de los proyectos escénicos en los que estoy participando: la puesta en escena de Una mujer, dos hombres y un balazo, de Maruxa Vilalta, con la (acaso incipiente) compañía de MOVArtes.

Estamos en la sesión (... la 1 fue cuando leíamos con el reparto original, entonces estaban todavía Issaí y Castolo en el proyecto... la 2 fue después de que se hiciera pública la denuncia de Andrea hacia Issaí por abuso sexual y que habláramos con él sobre ya no poder seguir trabajando juntos... la 3 fue cuando, ya sin Issaí y sin Castolo --quien, según la versión oficial, se alejó del proyecto para dedicarse en forma a sus estudios--, comenzamos la lectura de la obra con el nuevo reparto: Andrés y Juan José como actores invitados, y cada quien en su casa por la contingencia frente al SARS_Cov_2 y la COVID-19 que se deriva de éste... y, de allí, vendrían las sesiones 4, 5, 6 y 7...), creo, 8; recién terminamos la primera lectura de la obra completa con el nuevo reparto y estoy trazando el que sería el trabajo de mesa.

Me gustaría hablar en estas notas de dos cosas: los antecedentes del proyecto y que no puedo dejar de pensarlo, al proyecto mismo, como una suerte de seminario de puesta en escena.

~ Cómo empezó todo ~

Los antecedentes están en lo que poco a poco ha ido tomando nombre como MOVArtes. MOVArtes es, para decirlo rápido, el proyecto de empresa productora en artes escénicas y audiovisuales de Mónica. Mónica, además de tener un segundo nombre por el que me ahorcaría si lo hago público, se apellida Vázquez Marín, pero casi siempre usa como nombre artístico solo Mónica Vázquez: MoV; y su color favorito es, casualmente, el mismo que el mío: el Morado Pantone 2597 XGC, mejor conocido como morado obispo. Morado, en griego, se escribe: μοβ, y se lee: "mov". De allí viene el nombre de: MOVArtes.

Mónica me ha invitado a ser parte de MOVArtes y he aceptado no sin resistencia. La invitación ha tenido una larga historia con distintos capítulos donde su empresa productora ha aparecido oculta tras los nombres de otros proyectos productores. Así, me invitó primero a ser parte del reparto actoral del filme local Miedos, ahora en fase de post producción, de la casa productora Imalogic; proyecto del que me salí por razones que no viene a cuento compartir ahora. Después, me invitó al remontaje de Un juguete para Margarita, que ya con la dirección escénica de Mónica retomaba la producción en México del montaje madrileño homónimo que Roberto Catalina bajo la firma de Nicol Producciones puso en manos de Pablo Herrero, primero, y de la misma Mónica, más tarde. Y, más o menos por esas fechas, mi hijo Adis la invitó a ser parte del reparto de El cruce, de Alejandro Román; puesta en escena dirigida por el mismo Adis Eduardo y producida por Teatro Hacia el Margen.

~ Microteatro ~

El antecedente más inmediato de mi relación con MOVArtes fue que Mónica me invitara a Microteatro Mérida (MTM), filial de la firma homónima que naciera en 2009 por instancias del director Miguel Alcantud y que a más de una década se ha convertido en una red internacional de proyectos empresariales escénicos con el mismo nombre y distinto apellido que cambia según el lugar que les acoge, que llegó a tierras del Mayab de la mano de Alicia Cupul y Miguel Camargo. Inicialmente, Mónica me había invitado a acercarme para conocer a Alicia... con Miguel nunca pude tener un encuentro físico... y animarme a dirigir algo. Esa primera ocasión pensé en dirigir Cosas de adultos, de Felipe Curiel, con Miriam Siled Rodríguez y Eduardo Navarrete; pero, mi idea era apoyar a Miriam y a Lalo con su ser madre y padre al participar en MTM, y todo apuntaba que lo que sucedería es que les arruinaría económicamente, así que no seguimos con el proyecto. La segunda invitación vino de la misma Mónica para dirigirlas a Diana López y a ella en Tiempo de perdonar, de Vicente Ferrer Andrade: acepté, pero terminé no hayándome a gusto con la política de MTM (que, al parecer, es la de todo Microteatro) y acordamos que mejor ella dirigiera y yo hiciera una especie de acompañamiento escénico desde el trabajo de mesa, abocetar una propuesta de trazo escénico y un mapa de acciones que luego Mónica corregiría y, con la generosa autorización del mismo Ferrer Andrade, hacer una pequeña adaptación al texto que nos permitiera presentarla en un calendario que no fuera el de las fiestas decembrinas que propone la obra inicialmente.

El concepto de Microteatro, quizás sobre decirlo, me parece muy atractivo: obras de 15 minutos para 15 espectadorxs en 15 metros cuadrados. Me recuerda muchas experiencias en las que he coincidido con iniciativas y poéticas similares. Las funciones que dábamos de Decreto imperial que manda publicar La Muerte en todos sus estados y señoríos, de Emilio Carballido a partir de textos de Fray Joaquín de Bolaños, en la Torreón de 1992 o 93: en un solo día dimos siete o nueve funciones, una tras otra, del mismo monólogo para no más de 20 espectadorxs por tanda. Las representaciones de teatro de guerrilla que dábamos en los centros comerciales de la Cuernavaca de 1997 cuando apoyábamos la lucha con el club de golf en Tepoztlán: en menos de 10 minutos llegábamos a un mall, arrancábamos la función, volanteábamos propaganda y salíamos huyendo de los guardias privados. La única función de Blasted de Sarah Kane que dimos en un saloncito de no más de 10 metros cuadrados para un puñado de espectadores que de tan próximos terminaron salpicados por los orines de Carlos Cruz en el papel del soldado, en el CUT de 2002. La puesta en escena de La razón blindada de Arístides Vargas que bajo la dirección de Nelson Cepeda Borba nos tenía a actores y espectadorxs lxs unxs al alcance de lxs otrxs (y de nuestros sudores) en las Mérida y La Habana de 2011. Las funciones de Punto Muerto de Blanca Doménech dentro de la jornada internacional Theatre Uncut en 2012, en un ejercicio de red que mucho tenía de la experiencia Microteatro Por Dinero del Madrid de 2009 y que en Mérida nos sirvió para intervenir el pasillo, el lobby y el baño de la planta baja de las oficinas de la Dirección de Cultura del Ayuntamiento en 2013. El juguete escénico que hice junto a Malky Castro a partir del Macario de Juan Rulfo, mezclando teatro y psicoterapia corporal en la Mérida de 2017. El working in process permanente de algo que temporalmente estoy intitulando El mentidero y que quizás termine por bautizar como Cardenche, donde lxs espectadorxs son la pieza que completa el rompecabezas de la puesta en escena como ya lo fue la compañera Marichuy Patricio Martínez en la Blanca Flor del Quintana Roo de 2018.

Lo que no terminó por gustarme fueron ciertas reglas y dinámicas que ignoro si son rémoras de los inicios en la casa de Ballesta 4, en Madrid: un antiguo prostíbulo que alojó la primera temporada: Microteatro Por Dinero; principalmente, una noción de que por tratarse de obras cortas su factura debe ser express y, por ende, descuidada en cuanto a su proceso de montaje, o esa línea de textos dramáticos que por querer ser atractivos económicamente están plagados de chistes baratos aderezados de homofobia y racismo, o el muy machista (y supongo que para algunos muy gracioso) nombre del horario nocturno de las presentaciones: "golfa", o el que en sus contratos se confundan intencionalmente las figuras del director escénico y del productor ejecutivo. Cuando me salí del proyecto (sin siquiera haber terminado de entrar), no sin expresar mi desacuerdo, uno de los directores de las micropuestas en escena en temporada dijo: "ése güey es un pedero" intentando descalificarme; ignoro si lo consiguió, lo dijo con la misma calidad moral con la cual le solicitaron su renuncia en la ESAY Teatro por haber hostigado sexualmente a una de las alumnas.

~ Un seminario de puesta en escena ~

No obstante, gracias a la experiencia en MTM, además de la fortuna de conocer a la incansable y ubicua Alicia Cupul, conocí a lxs cómplices de Mónica que después de MTM la han seguido a diversos proyectos hasta llegar a este de ahora: Una mujer, dos hombres y un balazo, original de Maruxa Vilalta (como escribí líneas muy arriba), donde jugaremos a reproducir la experiencia de brevedad y proximidad del hecho escénico que sin ser original de Microteatro lxs colegas de Madrid ya registraron como propia, y que por lo mismo no será la misma. Para empezar, porque no le caracterizará la inmediatez de la exitosa fórmula comercial capitaneada por Alcantud: este será un proceso más largo de montaje que ahora en tiempos de COVID-19 está resultando en lo que cada vez me pienso más como un seminario (por ahora a distancia) de puesta en escena. Y, para terminar, porque lo que estoy haciendo no es compartir una serie de procesos que ya son, insisto, marca registrada exportándose allende las fronteras españolas por Microteatro, dado que yo mismo los desconozco; sino, una suma de experiencias tanto escénicas como áulicas (entendiendo lo áulico como aquello que sucede en el aula y no como sinónimo de palaciego o cortesano), fruto de un andar dionisíaco personal entre el teatro popular y el teatro institucional (ambos profesionales) que este terrible 2020 cumple 30 años.

Lo que quiero ir tejiendo, pues, para MOVArtes es un proceso doble: creativo y formativo. De alguna manera, todos los procesos escénicos tienen este doble carácter; pero, no siempre se asumen como tales. Quiero, además, rescatar la noción de seminario como espacio académico y técnico de compartición (sic) de saberes entre, como dijera el artículo correspondiente en Wikipedia, especialistas y participantes; pero, con (según yo) un plus: en este seminario lxs especialistas y lxs participantes somos lxs mismxs en igualdad y horizontalidad de roles... más o menos.

La idea, desde luego, no es nueva; experiencias como ésta han sucedido lo mismo al abrigo de instituciones de educación superior o por el empuje de agrupaciones teatrales que han hecho del trabajo de creación colectiva una poética propia. Nombres de maestras y maestros como Meyerhold, Brecht, Grotowski, Adler, Beck-Malina, Hagen, Artaud, Weiss, Spolin, Brook, Crawford, Kantor, Sano, Boal, Mnouchkine, Del Cioppo, Marichal o Barba, entre muchxs otrxs, vienen a la mente cuando se habla de procesos así. Yo, además, pienso por ejemplos en el laboratorio de puesta en escena que llevara a cabo el maestro José Luis Ibáñez en torno a La vida es sueño de Pedro Calderón de la Barca, en los también laboratorios que hiciera el Taller del Sótano con obras como Jardín de pulpos de Arístides Vargas o en los largos procesos de puesta en escena que caracterizaron a los montajes de las compañías del teatro latinoamericano entre los sesenta y los noventa del siglo pasado, de las cuales por la vía del Grupo Cultural Zero me siento uno de sus herederos.

~ 1M+2H/1B ~

Para el caso de Una mujer, dos hombres y un balazo (de aquí en adelante: 1M+2H/1B), partiremos de un trabajo de mesa en el que identificaremos los géneros dramáticos, digamos, interiores de la obra: la obra de Vilalta consta de cuatro cuadros dramáticos que tienen como puente una sucesión de cuadros intermedios que intitula "Ellos", donde muestra a una compañía de actrices y actores haciendo la primera lectura de esos mismos cuadros, y, por decirlo de algún modo, el género dramático general. Para esto me basaré en la teoría de géneros de la maestra Luisa Josefina Hernández, aprendida en el Centro Universitario de Teatro de la UNAM con su discípulo, el maestro Fernando Martínez Monroy; teoría a la que me asomé por primera vez gracias a las clases de mi maestro y amigo Alfonso López Vargas en el ya extinto Centro de Formación Teatral Mayrán.

Sin embargo, por donde estamos empezando es por bordear el estudio de los personajes: me interesa mucho que la comprensión del texto como una totalidad se refuerce de una comprensión más particularizada de los personajes. De esta suerte, después de la lectura inicial estamos continuando el trabajo de mesa con las preguntas llave de lo que la maestra Consuelo González Garza, del mismo Centro de Formación Teatral Mayrán, nos enseñó como "Los 14 sistemas del personaje". Se trata de una especie de experimentación teorética (valga la contradicción): quiero entrar a la teoría de géneros de LJH con un poco más de luz sobre qué personajes estamos encarando, pues, el personaje principal es el que marca la pauta del género dramático que estamos abordando.

Así las cosas, me pienso la mesa no como una investigación lineal; sino, más rizomática y, digamos, por capas. Lo rizomático está, justo, en la ruta a seguir para el encuentro con el personaje: influenciado por el maestro José Ramón Enríquez, creo que el personaje no se construye (o no solo), sino que nos construye; pero, dicha construcción (a veces posesión, a veces encarnación) no sucede si no pasamos por entenderlo a cabalidad, de allí que el estudio de "Los 14 sistemas..." nos servirá como disección a priori de lo que el maestro Humberto Proaño (asistente de Seki Sano y posteriormente maestro del Grupo de Teatro y Poesía Coral  Mascarones, primero, y del Grupo Cultural Zero, después) llamaba "La Tridimensionalidad del Personaje" por la vía de un Sano investigador in situ de Stanislavski.

A la par, el trabajo por capas estará signado por el análisis del texto dramático y a la teoría de géneros sumaremos tres metodologías: un análisis comparado, cuyas pautas han sido trazadas por el maestro Eduardo Contreras Soto; un análisis por evidencia textual, delineado por el maestro Antonio Castro, y el análisis tonal que propone el maestro Luis de Tavira. Mi plan, en términos del seminario de puesta en escena, es ir "acuerpando" el trabajo de mesa de distintas herramientas analíticas para que las actrices y los actores, en tanto operantes de la escena, cuenten con un abanico de posibilidades de las cuales echen mano. No será extraño, entonces, que la capirotada teorética se complemente, en cuanto a lo rizomático, con el estudio de los personajes mediante el método de la división por unidades de acción de Stanislavki (del que deriva, inclusive, el estudio tridimensional de los mismos), y el análisis actancial que propone Fernando de Toro para entender al teatro épico que hereda Brecht a Latinoamérica, dado que Vilalta, más que una estructura aristotélica, nos está ofreciendo una estructura didáctica.

Simultáneamente al trabajo de mesa, tendremos que ir trazando la ruta crítica del entrenamiento actoral; éste, por ahora (cada 24 horas cambio de idea), tiene como punto nodal la hipótesis de que Maruxa Vilalta nos ofrece, en conjunto, una farsa melodramática que exigirá del reparto un trabajo corporal de gran gesto expresivo. Vilalta ha jugado a explorar dramatúrgicamente con un género: el melodrama, y tres estilos dramáticos: el absurdo, el surrealismo y el musical; todo en tono de parodia. Para ello, ha dispuesto de una compañía de actores y actrices que representarán o, mejor dicho, jugarán el juego escénico que nos propone. Yo, por mi parte, les estoy proponiendo a Mónica Vázquez, Minddy Reyes, Eduardo Hernández, Andrés Várguez y Juan José Chacón: el reparto de esta aventura producida por MOVArtes acompañado por Antonieta Hidalgo en lo que sería la dirección de arte, que le demos una vuelta de tuerca más al texto de Vilalta. Este rizar el rizo nos ha llevado ya a definir las poéticas actorales de las cuales nos iremos tomando de la mano: la biomecánica, de Meyerhold; el teatro del movimiento y el gesto: el cuerpo poético, de Lecoq; el teatro ritual (más que de "la crueldad"), de Artaud, y el teatro didáctico del gestus y el distanciamiento, de Brecht; en una especie de urdimbre de poiesis para la dramaturgia de la actuación (Sanchis Sinisterra dixit) y la operación de la escena (para decirlo con el Chevallier que cita a Deleuze)... ya veremos si lo conseguimos o no.

Por lo pronto, bienvenidxs a bordo; iniciamos el viaje.

12 de mayo de 2020

Díptico Tren Romo (Maya).




Capitalismo y coronavirus, combinación letal.

Por: Javier Hernández Alpízar / Zapateando.

El coronavirus no es una conspiración capitalista, pero sí es muy peligroso porque el capitalismo ha empobrecido y desprotegido a miles de personas en el mundo

En la Facultad de Derecho, Ciudad Universitaria casi vacía, un diálogo entre el cliente y quien le bolea los zapatos: – Aquí en derecho es donde más boleros debe haber. – De hecho, es el único lugar en donde hay. – ¿En serio?, ¿será por qué somos abogados?

Lo que se sabe de los virus es que son información: información genética capaz de engañar a la información genética de las células de seres vivos para hacerlas reproducir el virus en lugar de reproducir su propia vida, lo cual harían las células vivas sanas.

Comenzamos deliberadamente usando términos científicos como “virus”, “información genética” y “células” no porque seamos científicos, somos activistas que defienden la vida y aspiran a lograr para los seres humanos libertad, democracia y justicia, pero sin información y conocimientos científicos no podríamos entender ni comunicar nada claro y veraz sobre lo que está pasando con la pandemia del coronavirus o Covid 19 en el mundo y en México.

Un divulgador científico latinoamericano, Marcelino Cereijido, ha escrito el libro La ciencia como calamidad. Citando a Jean Piaget, un biólogo y estudioso del modo como aprendemos los seres humanos, dice que: “Las personas no entienden lo que ven, ven lo que entienden”. Esto quiere decir que cuando no entendemos algo simplemente no podemos verlo, nos pasa desapercibido. El lenguaje de la ciencia actual es ajeno a la mayoría de los seres humanos en el planeta, incluso en el llamado “primer mundo”. Por eso tenemos incluso presidentes como Donald Trump o Jair Bolsonaro que niegan fenómenos patentes ante la vista de cualquier persona medianamente informada como el llamado “cambio climático” o la crisis climática: calentamiento del planeta, derretimiento de los hielos polares, de los glaciares, elevación del nivel del mar, así como la sexta extinción masiva de especies animales y vegetales: de acuerdo con la ONU, en los próximos 30 años se extinguirán un millón de especies, poniendo en riesgo de extinción a la especie humana misma. Incluso la ONU ha estimado que el cambio climático será muchísimo más mortífero que el coronavirus. Y ya está generando miseria, hambre, desplazamientos forzados de población y muertes.

El analfabetismo científico masivo hace que la mayoría de los seres humanos en el planeta sean, respecto a las ciencias, no ciudadanos sino súbditos, no pueden participar en las decisiones no solamente por la falta de democracia, sino porque no pueden entender y así tampoco ver los problemas más graves: cambio climático, extinción masiva de especies, crisis energética. Es decir, vemos las consecuencias, y eso a medias, como pasa con las migraciones masivas de africanos a Europa o de latinoamericanos a Estados Unidos, pero no entendemos lo que está detrás: el agotamiento de recursos para la vida, la miseria, el hambre, el desempleo y la violencia que dejaron siglos de colonialismo capitalista en nuestros países, etcétera. Gobiernos de derecha aprovechan esa ignorancia, así como los miedos y fobias asociados a ellos, para azuzar la fobia a los extranjeros, el racismo y la xenofobia, incluso el fascismo.

Los contactos humanos siempre han promovido la expansión de epidemias. La llegada a América de los conquistadores y colonizadores europeos casi logró extinguir (en algunos lugares, sin el “casi”, como en el Caribe) a las poblaciones indígenas, al menos las redujo dramática y brutalmente. El uso de armas bacteriológicas del siglo XX tiene su antecedente en esa “espontánea” expansión de epidemias como la viruela y el sarampión (que hoy regresa después de creer que lo habíamos erradicado).

La introducción de especies domésticas y otras especies aparejadas a la presencia humana (ratas, moscas, cucarachas y chinches, por ejemplo) en hábitats ajenos, pero sobre todo la explotación de territorios y recursos materiales y energéticos ha ocasionado una pérdida de diversidad en todo el planeta, sacrificada en aras de la ganancia capitalista.

La convivencia de seres humanos en todo el mundo, los viajes y el hacinamiento en grandes ciudades, han propiciado que muchos gérmenes, entre ellos los virus, salgan de los seres vivos que antes parasitaban y lleguen a otros, muchas veces, enfermándolos. El coronavirus es un caso, el más reciente, pero no el único. La humanidad comienza a enfrentar las consecuencias de la globalización, de la presencia planetaria de seres humanos sujetos a un sistema capitalista depredador del medio ambiente y explotador de los seres humanos.

El despojo de sus territorios y recursos de los pueblos indígenas (en México, despojo en marcha con el tren maya, el corredor interoceánico transístmico en Tehuantepec, el Proyecto Integral Morelos, el aeropuerto de Santa Lucía, la nueva refinería en Dos Bocas, el proyecto de las empresas de Alfonso Romo “Sembrando Vida”, los parques eólicos, la megaminería, la entrega del agua a empresas privadas como Constellation Brands en Mexicali, etcétera) no solamente los pagan los pueblos y comunidades con miseria y muerte: el planeta nos pasa la factura con la crisis climática, la crisis energética, la extinción de especies, las grandes migraciones humanas y animales.

Ciencia, detente. Este presidente es inmune al conocimiento.

Para masas enteras despojadas, pauperizadas, militarizadas, arrinconadas detrás de muros físicos y militares (como la Guardia Nacional, patrulla fronteriza extraterritorial de Donald Trump en la frontera sur de México), despojadas de sus derechos económicos, sociales, culturales y ambientales, entre ellos el derecho a una educación científica y laica, para estas grandes masas, científicamente analfabetas, no es extraño que estas grandes desgracias aparezcan como signos apocalípticos debidos a fantasmales o demoniacas fuerzas desconocidas. En lugar de identificar al capitalismo como causante de sus dolores y desgracias, identifican al capitalismo como Rey Midas que da riqueza y consumo. En cambio, los males los hacen pensar en falsas causas como el pecado, los extranjeros, las conspiraciones de otros, ajenos y extraños. Incluso en cierta “izquierda” que asume una ideología anticapitalista, pero no un análisis científico de los fenómenos, todo es un complot: si se movilizan los jóvenes contra el cambio climático y la indolencia de los gobiernos, es un “complot del capitalismo verde”; si se movilizan las mujeres contra la violencia patriarcal feminicida, es un “complot para desestabilizar al gobierno”; si hay una pandemia de coronavirus, es un “complot del capitalismo” para ¿subir sus ventas de papel higiénico?

Esta carencia de pensamiento científico, crítico y reflexivo promueve el negacionismo: las amenazas no son reales. El cambio climático es una mentira inventada para detener el avance del desarrollo capitalista; las noticias críticas de AMLO son un “complot de la CIA”; la teoría de la evolución de Darwin es un complot para volver ateos a los jóvenes y así: hay incluso fanáticos que promueven la idea de que la tierra es plana.

A esta era de confusión, mentiras, promoción de la ignorancia y el oscurantismo, de la cual se hacen cómplices, sea por su propia ignorancia o por manipular creencias religiosas de la gente, gobernantes como Bolsonaro, Obrador y Trump, algunos la han llamado la “posverdad”. Pero no es que la verdad haya dejado de existir, lo que pasa es que la ignorancia masiva sobre ciencia actual no deja ver a las personas lo que no entienden.

En el caso de Obrador, su muy estudiado gesto de mostrar amuletos mágicos y religiosos es (como ha señalado A Libre Murrieta en Facebook) un deliberado show mediático para engañar a quienes de por sí van a quedar expuestos al contagio porque no podrán quedarse en casa, ya que viven al día. Es un gesto maquiavélico y criminal de manipulación psicológica de masas.

El anticapitalismo es un claro ejemplo: no cualquier persona entiende el análisis marxista del capital, la mercancía, el dinero, el mercado y la empresa capitalista. El anticapitalismo se antoja imposible, porque vivimos inmersos en un mundo ideologizado en donde el sentido común es que el dinero y las mercancías valen y, por el contrario, los seres humanos y los seres vivos somos desechables.

Sin embargo, el coronavirus es una pandemia real, de verdad ha asolado con enfermedad y muerte en China, en Italia, en España, en Estados Unidos y hoy amenaza a México y a toda América Latina. La principal arma contra el coronavirus o Covid 19 (información genética que se expande perniciosamente) es la información científica, verdadera, no para generar alarmismo sino prevención, cuidado.

Científicos de la UNAM han estado diciendo, a quien quiera escuchar, que el coronavirus es una pandemia porque se contagia ampliamente, aunque solamente un 5% de los contagiados mueren, aproximadamente, pero si por descuido, irresponsabilidad, como ocurrió en China, Italia y Estados Unidos, se contagian más personas, el número de muertes aumenta. Italia ya ha tenido más muertos que China. Corea tomó medidas pronto y ha tenido menos daños que Europa.

Han fallado esos gobiernos por no informar con oportunidad sobre el virus y no tomar medidas sanitarias eficaces. Al final han impuesto medidas extremas, como la militarización en Italia para hacer frente a la pandemia cuando ya estaba muy avanzada. Además han ocultado información: China inició con casos el 1 de diciembre de 2019 y no lo informó a la OMS hasta fines de ese mes y año. Italia pidió ayuda a otros países europeos, y estos países, negando sus pactos como Unión Europea, no la ayudaron. Hoy Trump quiere aprovechar la pandemia y la psicosis social para impulsar su agenda racista y xenófoba contra los migrantes.

Sin embargo, los zapatistas de Chiapas (quienes han tenido desde hace años un acercamiento al pensamiento científico actual, promoviendo que los científicos se acerquen a las comunidades a explicar cómo es y qué es la ciencia y cómo explica los fenómenos naturales y sociales) están aplicando el principio precautorio: si el riesgo puede ser grave, se toman medidas. Han criticado la falta de información veraz, honesta y cabal de parte de los malos gobiernos (y tienen razón, ya vimos cómo esa actitud irresponsable causó tantas desgracias en China, Italia, España y Estados Unidos), pero no asumen una actitud negacionista, sino que cierran sus caracoles y adoptan medidas de higiene como prevención para proteger la salud y la vida de las mujeres, hombres, ancianos, ancianas, niñas y niños de sus comunidades indígenas zapatistas. Además exhortan a los demás a hacer lo propio. Queremos cambiar el mundo, pero para ello lo primero es seguir vivos. Como el lema de las mujeres en lucha: “Vivas nos queremos”.

La cuarentena, a la cual el gobierno de México no se ha atrevido ni siquiera a llamar por su nombre, implica muchos retos. Quedan más desprotegidos los más pobres, los más desnutridos, los que ya tienen padecimientos previos (crónicos, respiratorios, cardiacos, diabetes, VIH, etc.). Se arriesgan más los trabajadores que ganan cada día para comer: los trabajadores precarizados, mal llamados “informales”, muchos de ellos menores de edad y mujeres o ancianos y ancianas.

El coronavirus se ceba sobre las víctimas del sistema capitalista explotador y depredador, quizá por eso les parece a algunos una medida de limpieza social fascista. Parece un macabro darwinismo social. Quedan expuestos los niños más pobres, para quienes el desayuno escolar es parte de su diaria nutrición y ahora se quedan sin él. O las mujeres, niñas y niños víctimas de violencia en el hogar y ahora encerrados con su agresor. O las niñas y niños que ante el cierre de las escuelas acompañarán a la calles a sus padres y madres al autoempleo precario de sobrevivencia.

El capitalismo se verá afectado por la ausencia laboral de miles de trabajadores, pues jamás ha logrado, ni con toda su tecnología, dejar de depender del trabajo humano. Sin embargo, el capitalismo siempre externaliza costos: recibirá exenciones de impuestos, despedirá a miles de trabajadores, pedirá apoyos y rescates a los gobiernos, meterá de nuevo las manos en el dinero de todos para privatizar las ganancias y socializar las pérdidas y las desgracias.

Una pandemia como la que está en curso hace evidente que la salud no puede ser una mercancía, sino que debe ser un derecho humano universal, garantizado por el Estado. En países europeos se están viendo forzados a estatizar o nacionalizar temporalmente los hospitales privados para poder atender la emergencia. En México, los hospitales privados han llegado a cobrar hasta miles de pesos por una prueba de laboratorio para el Covid 19. Incluso 3500 o 5000 pesos es demasiado.

¿Quién hará frente a la pandemia: el doctor Simi, que cotidianamente atiende a mucha de la gente más pobre y sin seguro? ¿Un sistema de salud rebasado, desabastecido de medicamentos y hasta de jabón, gasas o papel para hacer carnets? El sistema de salud en México es víctima de más de treinta años de neoliberalismo (que sigue vigente, pese a la demagogia presidencial) y de la ineptitud del actual gobierno, que ha sido incapaz de sanearlo sin dejar desprotegidos a los mexicanos.

Como ante las desgracias ha ocurrido siempre, como en los sismos por ejemplo, la respuesta está en manos de la sociedad. El egoísmo neoliberal, individualista y burgués, nos aísla y nos vuelve vulnerables a todos, pero la solidaridad, la crítica y la lucha organizada nos fortalecen.

El mal gobierno está aprovechando la coyuntura para imponer medidas en favor de las empresas, por ejemplo: otra consulta amañada, esta vez en Mexicali, para imponer la privatización del agua y el despojo en favor de Constellation Brands, así como la cesión a los militares ya no solo del nuevo aeropuerto en Santa Lucía sino incluso el llamado tren “maya”.

Les importan menos las vidas humanas que los negocios de Alfonso Romo, cacique del agua en la zona maya, de Carlos Slim, de Salinas Pliego y de los capitales internacionales.

Por eso concordamos con los zapatistas en que debemos seguir comunicados y en lucha, de nuevos modos o de viejos modos, como podamos: no todos tiene red en casa, trata de marcar el teléfono, de platicar de ventana a ventana y de edificio a edificio. Si tienes internet, mantén enterada a tu red más cercana con información veraz y crítica.

Como los zapatistas, tenemos que tratar de aprender ciencia, de comprender nuestro mundo críticamente, porque como dice Jean Piaget; las personas no entienden lo que ven, ven lo que entienden.

Que los grandes males son resultado del capitalismo lo verán más personas cuando puedan entenderlo. No necesitamos menos sino más y mejor ciencia. Y también conciencia y organización, lucha y alegre rebeldía.

Lazos de marginalidad en el fin del mundo.

Por: Edwin Sarabia / Soma Arte Cultura.


Foto: Diana Heredia / Soma Arte Cultura.
Una tela blanca cubre por completo el escenario. De repente un sonido estrepitoso resuena. Ruido de artefactos colisionando, con golpe secos, contra el pavimento. Todos callamos. El lienzo blanco cae con violencia develando una pequeña habitación en cuyo centro hay un sillón rojo elevado en un ángulo de cuarenta y cinco grados, evidentemente descolocado. Una penumbra bordea el ambiente que se hace más espeso por el humo que cae en cascada desde lo alto.

En el piso distinguimos cúmulos de envases de plástico regados que, además, delimitan el espacio de representación. Del techo cuelgan, en posiciones anárquicas, un racimo de botellas de PET que, pacientes, esperan a sus víctimas como espada de Damocles. En el fondo de la escena, y exactamente detrás del sillón rojo pende una pantalla transparente que contiene desechos sanitarios no biodegradables. Un universo simbólico que sugiere que la debacle planetaria derivará de la insostenible crisis ecológica y ambiental en la que nos encontramos. Un laberinto minotaúrico sin salida. Tiempo de una vorágine exacerbada, de preguntas fuertes y respuestas débiles.

¡Uy el apocalipsis y yo con estos pelos! es una obra original de José Ramón Enríquez, la cual se presentó el sábado 15 de marzo a las ocho de la noche bajo la dirección de Pablo Herrero de la compañía Teatro Hacia el Margen. Se tuvo a Jenny Ávila como asistente de dirección; así como a Jesús Molina y Jonatan Ku como encargados del planteamiento escenográfico.

La anécdota es sencilla -que no simple-, pero desoladoramente contemporánea, más en boga de lo que quisiéramos. El encuentro entre una joven transexual, conocida como “La Gasolina”, interpretado por Teo Flores y una longeva mujer conocida como La Doñita, encarnada por Eglé Mendiburu, donde recapitulan sobre sus vidas y anécdotas en el contexto de un cataclismo que ha extinguido a la humanidad. Asistimos a los últimos instantes de dos personas que han quedado atrapadas en una habitación, luego del apocalipsis mundial y que pueden sincerarse ante un fin inevitable: todo terminará en el momento en que el oxígeno se consuma en la habitación/burbuja donde se encuentran.

El montaje se sostiene, en gran parte, gracias a una dramaturgia contundente, de ritmo interno vertiginoso, que dialoga en diversas dimensiones temáticas y escalas de lo humano. Así, se permite reflexionar sobre la crisis civilizatoria, el calentamiento global, el sistema económico desigual, la barbarie de la acumulación y la ferocidad de la globalización. Pero igual encuentra refugio para hablarnos sobre un recetario de anécdotas dolorosas: violencia machista, abuso sexual, discriminación de género y brutalidad doméstica. Ambos personajes se comparten y nos hacen partícipes de sus universos íntimos y condición marginal por ser mujeres.

Un acierto de la dramaturgia consiste en que, pese a que los personajes comparten historias salvajes y dolorosas, éstos nunca son revictimizados. Más bien logran reivindicarse desde su condición vulnerable, como aquella frase que asevera: “hay que tener buen olfato y muchos webos para sobrevivir a la putería”. Lo anterior es posible porque la pieza es planteada como una tragicomedia, con picos elevados en clave de farsa, logrando que el público suelte carcajadas ante acontecimientos que duelen hasta la médula.

Es destacable el trabajo actoral que resulta de una manufactura impecable. Eglé Mendiburu que interpreta a la “Doñita” es un monstruo de la escena y Teo Flores no desmerece, ni se tambalea ante su contraparte en el escenario. Al contrario. Son como dos bestias felinas en cadencia acompasada y complicidad empática. Sus texturas vocales y su comunión arriba de la tabla generan que los espectadores ingresemos al pacto ficcional sin cuestionarnos la verosimilitud de la situación. El montaje cae, por momentos, en periodos de ritmo aletargado derivado de un trazo escénico escaso y excesivamente reiterado. Muestra de ello es que los ejecutantes se encuentran casi todo el tiempo sentados en posición frontal y tres cuartos. Hay muy poca variedad en cuanto a la exploración física de los actores, resultando en posturas corporales monótonas y repetitivas.

También lo que en un principio se muestra como un dispositivo escenográfico poderoso, cargado de simbolismo, se disuelve conforme avanza el trabajo puesto que éste no dialoga casi en ningún momento con lo que sucede en la trama. Termina siendo un aparato ornamental o decorativo. Esta carencia de interacción genera que el trabajo no logre redondearse con eficacia. Un desliz que suele ocurrir con frecuencia en nuestra ínsula teatral: planteamientos escenográficos que apelan a lo efectista, pero terminan siendo como un telón de fondo del cual se puede prescindir.

Asimismo, el uso de efectos especiales que irrumpen en episodios concretos para reiterar el cataclismo resulta tautológico e innecesario. Desde el principio sabemos el contexto en el que ocurre la anécdota. Entonces hacer uso de sonidos estruendosos en off y luces destellantes como en película mexicana de luchadores termina siendo un recurso innecesario. El final de la obra tiene un cierre extremadamente abrupto y no logra la emotividad propia de una situación como la planteada. Esto último en parte porque el actor Teo Flores no logra transitar de la farsa al drama y los susurros finales causan gracia en vez de angustia.

Finalmente, la obra nos plantea reflexiones sobre nuestro contexto apocalíptico en un mundo donde la constante es el desencanto de los sueños; en contraparte, tenemos la inmediatez, el consumismo, la individualidad y el éxito económico solitario, que han traído hasta nosotros una sensación de hartazgo y cansancio. Nos permite imaginar un escenario posible donde la esperanza ha sido desterrada y donde “todo lo sólido se desvanece en el aire”. Todo lo anterior en el marco de una emergencia sanitaria provocada por una pandemia mundial que aqueja a toda la humanidad.

Haití: de la Revolución de 1804 a la crisis actual.

Por: Lautaro Rivara y Diana Carolina Alfonso / Memoria.


Una revolución breve y una contrarrevolución interminable.

Difícilmente podamos comprender la formación social haitiana y la crisis profunda del modelo neocolonial, neoliberal y post-estatal que la estructura, sin situarnos en el punto exacto de una larga parábola de recolonización del país, en lo que constituye la más extensa contrarrevolución de nuestra historia continental[i]. Haití, en ese momento Saint-Domingue, era una colonia francesa situada al oeste de la isla La Española, la segunda por extensión de las Antillas. Y supo desarrollar entre los años 1791 y 1804 la primera revolución social exitosa del hemisferio. La primera, dado que la Revolución de las Trece Colonias norteamericanas, aunque previa, revistió un mucho más acotado carácter político. Por primera vez en la historia de la humanidad, una rebelión esclava conquistaba un resonante triunfo político y militar, nada menos que en pugna con las mayores potencias militares de la época, en ese Caribe que el dominicano Juan Bosch caracterizó como una verdadera “frontera imperial” (2012). De la mano de Jean-Jacques Dessalines[ii], considerado de forma unánime como el Padre de la Nación haitiana pese al escamoteo o a la demonización occidental de su figura, Haití se bautizaría a si misma recuperando un viejo vocablo indígena[iii] y fundaría la Primera República Negra del mundo, rubricada con la constitución más avanzada de su tiempo[iv]. Si la figura masculina de Dessalines no ha pasado la trilla de las operaciones coloniales, qué decir de las mujeres que han quedado relegadas en la propia historiografía nacional patriarcal (ni mencionar la occidental), sobrecentrada en próceres y “prohombres”. Nos referimos a las mujeres que más allá de los roles auxiliares que les son atribuidos, han ocupado puestos capitales en el proceso revolucionario, sea en funciones civiles o militares: Suzanne “Sanite” Belair, Claire Heureuse, Catherine Flon, Marie Jeanne Lamartinière, Victoria Montou y tantas otras.
Esta revolución, la “más compleja y más completa” de la historia moderna, de vuelta en términos de Bosch[v], conjugó una gran cantidad de aristas y dimensiones que comenzaron a ser dilucidadas con la obra pionera del trinitense C.R.L. James (2013). Ésta fue una revolución antiesclavista exitosa que abolió la esclavitud 59 años antes que los Estados Unidos y 88 años antes que la Ley Áurea en Brasil[vi]. Fue una revolución social que movilizó a las masas esclavas contra la oligarquía propietaria, y que, en algunas de sus tendencias, expresó también reivindicaciones anti-plantacionistas y por ende anti-capitalistas. Fue una revolución descolonizadora que se valió de los elementos fundamentales de la entonces germinal cultura nacional haitiana, como la lengua creol, el vudú y la práctica del cimarronaje. Fue una guerra racial y antiracista que enfrentó, en coaliciones diversas y fluctuantes, a negros esclavos y libertos, mulatos y blancos. Fue una revolución que, en la citada Constitución de 1805, consagró derechos de avanzada para las mujeres como el divorcio vincular. Fue una guerra internacional con fases defensivas y ofensivas que involucró al propio Haití con su proyecto de decretar la libertad al otro lado de una isla considerada entonces “una e indivisible” por Toussaint Louverture[vii], a las tentativas restauradoras de la metrópolis francesa, y a los intereses geopolíticos cruzados de España e Inglaterra. Y fue, finalmente, una revolución nacional y de independencia que aseguró la soberanía popular de la isla y la desgajó del imperio colonial francés en el Caribe.

Sin embargo, esta gesta humana resulta hoy casi tan desconocida como hace dos siglos. Baste mencionar que Eric Hobsbawm, un escritor canónico de la izquierda académica, fue capaz de escribir un libro como La Era de la Revolución, 1789-1848, en el que la revolución haitiana es relegada a dos menciones presurosas y una nota al pie, tal y como nos los recuerda el historiador haitiano Michel-Rolph Trouillot (2017). Ni mencionar lo acontecido en la historiografía francesa tras la derrota colonial del ejército mejor armado y más experimentado del mundo, consumada la pérdida irremediable de una colonia fabulosamente rica que era a la vez el centro de experimentación de un modelo de producción no clásico de “capitalismo de esclavitud”, como se desprende del estudio pionero de Eric Williams (2011). Allí, la reacción intempestiva ordenada por Napoleón fue la virtual prohibición de mencionar a Haití en la literatura, la historiografía y los demás soportes de la memoria nacional-estatal. Recuérdese, por caso, que deberían pasar 206 años desde la gesta revolucionaria para que un presidente de la ex metrópoli visitase Haití, y no sin mediar la presión generada por el devastador terremoto que sacudió a la isla en enero de 2010. En marzo, el ex presidente Jacques Chirac declaraba: “Haití no ha sido, propiamente hablando, una colonia francesa”[viii].

El proceso de recolonización comandado por las oligarquías regionales y nacionales de América Latina y el Caribe, plantacionistas o hacendatarias, tuvo por finalidad asegurar la continuidad, en sus trazos fundamentales, de una estructura de clases racializadas. De desmovilizar a las masas indígenas, negras, mestizas y/o campesinas que habían conformado los ejércitos de liberación e impuesto algunos de los puntos programáticos más avanzados. Y de sostener, ahora bajo élites de recambio blanco-criollas, un régimen de acumulación  y una modalidad de inserción dependiente y extrovertida en el mercado capitalista. En Haití, por la profundidad, complejidad y completitud de la Revolución, el proceso recolonizador debió abocarse también a desmontar una serie de conquistas legadas por el propio ciclo revolucionario, de una radicalidad que ningún proceso político moderno volvería a conocer.

Si en otras latitudes la coyuntura post-revolucionaria fue ante todo un freno de mano, en Haití implicó un gran salto hacia atrás contra diversos avances: la reforma agraria de Dessalines y la prohibición de la titularidad extranjera de la tierra; la destrucción física de la antigua clase propietaria sea como causa de la guerra socio-racial, el exilio a otras colonias o la lisa y llana eliminación física de los colonos propietarios blancos; la abolición de los fundamentos racistas de la ciudadanía política; el empoderamiento fáctico de mujeres que asumieron roles militares con comando de tropa; la destrucción, en algunas regiones, de la propia infraestructura económica plantacionista, quemada en la política de tierra arrasada de la llamada “armada indígena”; la radical y pionera abolición de la esclavitud, obtenida ya no como concesión precaria sino manu militari; la consolidación de ciertos elementos centrales de la cultura nacional-popular haitiana como el vudú, que rápidamente quedó excluido como culto formal y empezaría a ser perseguido por el Estado hasta llegar a la firma del Concordato con la Iglesia Católica en el año 1860[ix]; y por último, la sedimentación y consolidación de una memoria política cimarrona e insurreccional, operante hasta nuestros días. Nuestros estudios y aproximaciones a procesos revolucionarios como el cubano, el haitiano o el granadino, nos conducen a una hipótesis: todo proceso revolucionario, parcialmente retrotraible en sus alcances, sedimenta sin embargo conquistas irreversibles, sea en la memoria oral, la subjetividad nacional o las prácticas políticas y organizativas de las clases populares. Sólo así es posible comprender la imposibilidad histórica de estabilizar los regímenes de dominación en Haití y la proclividad de las clases populares a la insurrección permanente. La historia larga del país hasta nuestros días implica siempre un intento de reactualizar o recuperar aquel legado trunco de la revolución, en torno a aspectos como la soberanía y la autodeterminación nacional, el modelo económico y de desarrollo, la política agraria, la cultura y la religiosidad popular, etc.

Neoliberalismo, neocolonialismo y post-estatalidad: una formación social más allá del umbral.

En la actualidad, caracterizamos a la formación social haitiana como neoliberal, neocolonial y post/paraestatal. Respecto a su carácter neoliberal no nos extenderemos demasiado, en tanto el neoliberalismo ha sido profusamente estudiado en nuestro continente en las últimas décadas. Tan sólo señalaremos que la implantación del neoliberalismo en Haití, comenzada durante los últimos años de la dictadura de Jean-Claude Duvalier (Baby Doc), implicó aquí no solo un proceso de privatización de empresas públicas, liberalización comercial y financiera y desindustrialización. El rol asignado a Haití en la división internacional del trabajo fue perfecta y trágicamente sintetizado por un inefable “amigo de Haití”, el ex-presidente estadounidense Bill Clinton: de lo que se trataba era de hacer del país el Taiwán del Caribe. Más allá de la explotación de minerales como la plata, el cobre, el oro y la bauxita por parte de trasnacionales canadienses y estadounidenses, y más allá de la presencia de economías ilícitas como el narcotráfico que utilizan al país y sus islas adyacentes como estación de paso hacia el mercado norteamericano, el principal recurso de exportación de Haití, su auténtica commoditie, es hoy por hoy la miseria. La pauperización general de la población, la ruina agrícola y el éxodo campesino, la destrucción ya no sólo de iniciativas industrializadoras sino incluso de la más elemental agroindustria, la heteronomía alimentaria inducida en asociación con el complejo agroexportador dominicano y estadounidense, la devaluación  de la moneda nacional, el desempleo masivo, el hambre y la inseguridad alimentaria, entre otros fenómenos, depreciaron los salarios hasta hacer de la fuerza laboral haitiana una de las más baratas y superexplotadas del hemisferio.

Esta superexplotación relativa permitió el desplazamiento de segmentos de las cadenas de valor globales instaladas en el sudeste asiático hacia Haití, que comenzó a desarrollar el modelo de las zonas francas industriales, más conocidas como maquiladoras, en donde miles de trabajadores y trabajadoras ensamblan o confeccionan piezas electrónicas o textiles para el cercano mercado estadounidense[x]. Sin más industria que los enclaves mineros o las propias maquiladoras, sin agroindustria ni cultivos de exportación rentables, y con la tradicional economía campesina arruinada, el país fue condenado a malvivir de las remesas de su nutrida diáspora y de la inyección de recursos de la llamada “cooperación internacional al desarrollo”[xi]. El resto de la economía, intra y extramuros, se asienta en la pesada labor de mujeres que acumulan jornadas domésticas extenuantes entre el lavado de ropa a mano, la cocina a carbón de leña, la crianza de los niños y el cuidado de los enfermos. Con arduas tareas agrícolas en la roturación de la tierra, la siembra, el riego y la cosecha. Con labores de comercialización que articulan la producción rural con el abastecimiento de Puerto Príncipe y otras ciudades. Y con la propia venta al menudeo en los populosos mercados callejeros de todo el país. Como las cariátides atenienses, las mujeres haitianas sostienen sobre sí el peso del cotidiano y pagan los costos más onerosos de una formación social llevada hasta el umbral de su propia reproducción.

En síntesis, hoy encontramos la misma reciprocidad coactiva que en los tiempos del monopolio comercial impuesto por la colonia, sólo que bajo otra ecuación. Si antes los flujos eran la exportación de azúcar y otros productos tropicales a cambio de manufacturas de lujo para la ociosa clase dominante, hoy lo que encontramos es la exportación de minerales y mano de obra barata (más explotada aún en su feminización e infantilización), y la importación de remesas y dinero de la llamada “ayuda humanitaria”. Este modelo no puede dar lugar más que a clases sociales estructuralmente débiles. Si de un lado encontramos una clase dominante conformada por una oligarquía y una burguesía improductivas, rentistas e importadoras, del otro lado encontramos a las inmensas mayorías populares compulsivamente homogeneizadas en su pauperización: precarios, informales, excluidos, campesinos, vendedoras y comercializadoras, pobres urbanos. Entre medio, una pequeña burguesía exigua, hipercolonizada y diaspórica, carece de acceso a empleos de calidad en el ámbito privado o a puestos estatales suficientes en los que reproducirse.

Este esquema, que explica en el país la sobredeterminación política del frente internacional, ha comenzado a colapsar por la maduración de sus propias contradicciones. El correlato  directo de la debilidad estructural de las clases dominantes es su recurrencia a potencias internacionales que puedan arbitrar sus conflictos insolubles. Esto, sumado a la importancia geoestratégica de la región Caribe en general (Ceceña, Barrios, Yedra, Inclán: 2010) y de la Isla La Española en particular, explican la subordinación neocolonial de un país que ha sufrido, tan sólo en los últimos años, tres intervenciones internacionales de los Estados Unidos, Francia y Canadá, o por la acción conjunta de fuerzas multilaterales. Las presuntas misiones de “estabilización” y “justicia” de las Naciones Unidas (las últimas desarrolladas entre el 2004 y el 2019), el estimulo a grupos dilencuenciales y la infiltración de paramilitares desde los EE.UU., juegan el mismo rol que jugaban las expediciones punitivas de los comisionados franceses en los tiempos de la Revolución: forzar desde el exterior un orden interno que el propio sistema es incapaz de garantizar, en tanto no puede promover el más mínimo consenso en las inmensas mayorías populares. Esto explica también otra singularidad de la sociedad haitiana: la coexistencia, aparentemente contradictoria, de altísimos niveles de conciencia y movilización popular espontánea, con bajos niveles de organización. Esto, debido también a fenómenos como la precariedad material, la heteronomía financiera de los movimientos rurales y urbanos, la migración de los elementos mejor cualificados hacia el exterior, los procesos de cooptación por parte de las ONGs trasnacionales, la crisis de representación generalizada que surge del descrédito del sistema electoral y de partidos, la atomización de las fuerzas progresistas y de izquierda, etc.

En Haití, como en el resto de las formaciones sociales neoliberales “maduras”, la política represiva se vuelve fundamental, sea a través del despliegue de las fuerzas armadas (disueltas en Haití en la década del ’90), los golpes de estado, los asesinatos y masacres selectivas, la movilización y estímulo a grupos paramilitares, el decreto de estados de sitio y excepción, o el control poblacional merced al terror impuesto por el narcotráfico y el crimen políticamente organizado[xii]. De lo anterior se desprende otra vinculación, aquella que se da entre la conquista del cuerpo de las mujeres y el “cuerpo de la nación”. Como lo sostiene la socióloga y referenta feminista haitiana Sabine Lamour, coordinadora general de la organización SOFA, hay una correlación directa entre las políticas de ocupación y control territorial y las violaciones masivas y sistemáticas, al menos desde la ocupación norteamericana de 1915-1934[xiii]. Esto se ha reeditado en cada coyuntura de injerencia internacional, como lo demuestra la participación de Cascos Azules en casos de violación sistemáticos y en redes de explotación sexual de niñas, niños y mujeres, así como en las violaciones que acompañan las masacres cometidas contra las poblaciones rurales y urbanas movilizadas contra las políticas del gobierno de Jovenel Moïse. Por eso es que la organización SOFA y otras desarrollan un feminismo estrictamente articulado a las demandas soberanistas y anti-imperialistas del conjunto del movimiento popular.

Partiendo de lo antedicho es que hablamos de la post o paraestatalidad en Haití, al menos si nos guiamos por las definiciones clásicas de lo que es o debiera ser un Estado-nación moderno. El estado haitiano, sin haber desaparecido, languidece sin un control efectivo del territorio, sin un monopolio ni real ni aparente de la fuerza, sin control soberano sobre las pequeña ínsulas que lo rodean, sin fuerzas productivas propias, con una institucionalidad política fracturada, con servicios sanitarios, educativos y gubernamentales que atraviesan largos períodos de parálisis durante las protestas, y con un país sujeto al artículo VII de la Carta de las Naciones Unidas, y por tanto, bajo la autoridad de su Consejo de Seguridad. Y sin embargo, Haití no es un país anárquico ni en guerra.

Pero entonces, ¿cuáles son las formas de gestión de lo común en Haití? ¿Qué y quiénes garantizan el orden en esta post o para-estatalidad? Es aquí donde encontramos soberanías múltiples, yuxtapuestas y contradictorias. Empresas multinacionales que señorean las regiones mineras, iniciativas turísticas de gran porte que monopolizan las franjas costeras, fuerzas internacionales de ocupación, ONGs de alcance trasnacional que manejan varias veces más fondos que el Estado nacional, grupos criminales territorializados, e incluso iglesias neopentecostales capilarmente situadas en toda la geografía nacional con un prédica notablemente influyente. Todos estos actores cohabitan, articulan y eventualmente disputan la gestión del territorio. Es decir que, más allá del Estado capitalista modélico, existen formas post o paraestatales de gestión de lo común y del territorio aún más conflictivas, desiguales y violentas. Y es que aún más dramática, por ejemplo, que la represión a cargo de fuerzas de seguridad legales, visibles y punibles, es la represión fantasmagórica de grupos paramilitares infiltrados, al margen del derecho, invisibles para los medios de comunicación e inmunes a toda forma de control social. Ahora bien, este carácter post-estatal (que no niega, sino que se complementa con la estatalidad en su sentido clásico), no nos permite suscribir las tesis en boga de los “estados fallidos”, “estados frágiles”, “estados dilicuescentes”, “entidades caóticas ingobernables” o “low income country under stress[xiv]. Toda esta terminología, acuñada por los tanques de pensamiento liberal y occidental, comparten una característica: la de cifrar en causas puramente endógenas el colapso de formaciones nacionales enteras, soslayando el rol que las guerras imperialistas o las políticas neoliberales han tenido en su regresión infinita. Más que un estado fallido, el de Haití es un estado impedido en su conformación soberana, que demuestra a la vez cuáles son los últimos umbrales a los que pueda ser arrastrada una sociedad por la continuidad ininterrumpida de décadas de políticas neoliberales, imperiales y neocoloniales.

Es esta formación social regresiva, resultante de un fenomenal y extenso proceso contra-revolucionario, la que ha entrado en crisis hasta un punto que caracterizamos como de “bifurcación y no retorno” (Rivara, 2019). Lamentablemente, el aproximado millón y medio de personas que se movilizaron en julio del 2018 en Haití contra las políticas del gobierno nacional y del Fondo Monetario Internacional que buscaban elevar hasta un 51% el precio de los combustibles, no fueron noticia para la llamada “comunidad internacional”, ni tampoco, es necesario precisarlo, para buena parte de los partidos de izquierda y los movimientos sociales del continente. Paradójicamente, mientras las fuerzas progresivas del hemisferio teorizaban una segunda oleada insurreccional con la que frenar la ofensiva colonial-imperial y permitir el relanzamiento de los procesos  antineoliberales en la región, se desarrollaba una fenomenal insurrección popular de masas que pasaba desapercibida para propios y extraños.

Dimensiones de una crisis.

Como vimos, diversas operaciones de silenciamiento y tergiversacion colonial han sido recurrentes en la historia de la nación haitiana, y se repiten de forma incesante. La actual crisis, por ejemplo, sin importar su magnitud, su radicalidad, o su carácter pionero de los levantamientos antineoliberales casi generalizados que atravesaron el continente durante todo el año 2019, se mantiene en penumbras. En noviembre del 2018, el debut de la primera movilización de algunos miles de ciudadanos parisinos en lo que más tarde conformaría el llamado movimiento de los “chalecos amarillos” alcanzaba rápidamente resonancia global, suscitando una cascada de opiniones de apoyo o rechazo, elogios o invectivas. Sin embargo, el millón o millón y medio de personas que se movilizaron en julio del 2018 en Haití contra las políticas del gobierno nacional y del Fondo Monetario Internacional para elevar hasta un 51% el precio de los combustibles (una cifra escalofriante si la extrapolamos a otros países, considerando que Haití es una nación de 11 millones de habitantes) no fueron noticia para la llamada “comunidad internacional”. Desde entonces (y también considerando la historia larga del país) los episodios de crisis y movilización en Haití han estado signados por esas tres características: masividad, radicalidad e invisibilidad.

Tras la fallida tentativa de aumentar los hidrocarburos, otros catalizadores han azuzado la movilización. Entre mediados y fines del 2018 se fue volviendo cada vez más evidente la existencia de un desfalco de fondos públicos de proporciones, por el cual la clase política haitiana (a la que ya hemos caracterizado) se apropió de forma ilícita de al menos 2 mil millones de dólares de la plataforma de integración energética Petrocaribe, tal y como fue documentado por sendos informes presentados por el Senado y por el Tribunal Superior de Cuentas. Finalmente, luego de una tregua a comienzos del 2019, los últimos meses del año estarían atravesados por una crisis energética grave que dejó al país sin suministro de hidrocarburos, produciendo el recrudecimiento de la crisis económica, y, en conjunto con las masivas y cotidianas movilizaciones, la practica paralización de la vida gubernamental y civil.

Por su parte, la dependencia de Haití en todos los niveles, la política neocolonial sostenida por los Estados Unidos y otras naciones occidentales, así como el derecho de tutela ejercido por la ONU y otros organismos supranacionales, han predispuesto a una cada vez más decisiva injerencia de los actores externos en la crisis que atraviesa el país.  Esta injerencia reconoce varias modalidades, desde la presión diplomática y la coacción financiera de los organismos multilaterales de crédito, hasta la permanencia de misiones “civiles” en el país y la infiltración permanente de paramilitares extranjeros que aterrorizan a las poblaciones. Estos actores devienen así en el último y decisivo sostén del gobierno tras la caída de la última mascarada institucional, haciendo que las opciones de fuerza ganen preponderancia. Sin un Primer Ministro en funciones, sin presupuesto nacional, con el aplazamiento indefinido de las elecciones parlamentarias, con el mandato de los senadores caduco, y con la asunción del presidente de un gobierno por decreto que contraviene la carta constitucional, Haití ha inaugurado formalmente el último gobierno de facto de América Latina y el Caribe.

En respuesta, las mayorías populares, con un destacado protagonismo de las juventudes urbanas periféricas, pero cada vez más articuladas también a las zonas rurales y los movimientos campesinos, han creado y actualizado en este tiempo métodos de acción directa como las llamadas operaciones de peyi lock (país bloqueado), tendiente a impedir la movilidad de bienes, capitales y personas, incluso de agentes de seguridad, por todo el territorio nacional. Paralelamente a este proceso de insurrección popular permanente, las fuerzas nacionales, progresistas y de izquierda, fuertemente atomizadas desde la implosión de la coalición Lavalas que llevó a Aristide al poder, comenzaron a reagruparse en diversas plataformas, elaborando diferentes programas de transición y ruptura con el orden establecido.

Tras el previsible y nuevo impasse de fin de año, ya las diversas fuerzas en pugna comienzan a acumular fuerzas para nuevas coyunturas decisivas. Mientras que las clases dominantes locales e imperiales intentarán profundizar las dinámicas caotizantes y represivas de una formación social como la que analizamos, las clases populares comienzan a recuperar las aristas programáticas, los métodos de lucha y también la dimensión místico-simbólica de la gesta revolucionaria de 1804. La larga confrontación entre revolución y contra-revolución, pese a la acumulación de derrotas duras pero provisorias y de victorias breves pero esperanzadoras, aún no ha dicho su última palabra.
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REFERENCIAS

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NOTAS
[i]       Jean Louis Vastey, canciller y secretario del Rey Christophe, advertiría tempranamente sobre los riesgos de la recolonización post-revolucionario en su obra El sistema colonial develado (1814) y otros textos subsiguientes.
[ii]      Un explicable sesgo ha privilegiado en el exterior el culto, por sobre la figura de Dessalines, de aquella otra de Toussaint L’Ouverture, quién pese a sus grandes méritos de estadista y a su comando de buena parte del proceso revolucionario, no expresó la línea más avanzada de la Revolución ni logró conducirla hacia la victoria. Obras clásicas como la de Aimé Césaire (1962) o la de C.R.L. James (1938) han contribuido a este sesgo, tal vez influidos por los estereotipos   que hicieron de Dessalines una figura bárbara y sanguinaria.
[iii]     “Ayiti” según su denominacion en creol, la lengua nacional y popular de Haití, aunque el Estado persista prácticamente sujeto al monolingüismo en francés.
[iv]    Se trata de la Constitución Imperial de 1805, disponible íntegra en la web: https://decolonialucr.files.wordpress.com/2014/09/constitucion-imperial-de-haiti-1805-bilbioteca-ayacucho.pdf
[v]     Para un excelente análisis de la evolución del análisis de Bosch sobre la Revolución Haitiana, y sobre sus diferentes dimensiones, véase el texto de Zardoya Loureda (2014) o los diversos artículos en Bosch (2017).
[vi]    Nótese que se trato de aboliciones más nominales que efectivas.
[vii]   Véase la reciente e interesante compilación de 101 de sus textos y discursos más diversos de Deive, Carlos Esteban (2019).
[viii]  Para un estudio de las relaciones de Francia con su ex colonia véase: Wargny, Christophe (2008).
[ix]    Sobre el Concordato, y en general sobre sobre el amplio y apasionante tema del vudú y su rol en las luchas antiesclavistas y anticoloniales, recomendamos la obra de los intelectuales haitianos Jean Casimir y Laënnec Hurbon.
[x]     Cabe destacar que éstas industrias serían inviables de ser producidas según los costos y las leyes laborales vigentes en los países centrales, por lo que el emplazamiento de sus plantas en las periferias y la utilización de mano de obra super explotada son datos estructurales y no accesorios. Véase por ejemplo el estudio del Instituto Tricontinental sobre la tasa de explotación de los teléfonos iPhone (2019).
[xi]    Recomendamos sobre el tema un artículo de Basile (2018) y el libro de Seitenfuns (2016).
[xii]   Algunas datos sobre la política represiva pueden encontrarse en los últimos informes de Amnistía Internacional, disponibles en: https://www.amnesty.org/es/latest/news/2019/10/haiti-amnesty-verifies-evidence-excessive-force-against-protesters/
[xiii]  Entrevista inédita realizada en Puerto Príncipe en el marco del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.
[xiv]  Algunos de estos conceptos problemáticos son abordados, aunque con un enfoque que no suscribimos, en Corten, André (2013).
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