17 de abril de 2007

Los héroes de nuestro tiempo: los intelectuales.

En la tradición occidental, específicamente en la europea, los intelectuales han gozado de gran predicamento. Aunque la peripecia de Émile Zola en las páginas de L'Aurore en defensa de Dreyfus sea particularmente llamativa (y emocionante), parece una exageración vincular a ese J'Accuse zoliano el comienzo del reinado de los intelectuales en las sociedades de su tiempo. Antes bien, cabe decir que ha sido una constante en estas figuras la afición a predicar y a decir a los demás lo que tienen que hacer. Con una particular proclividad a girar en torno al poder. Platón intentó por tres veces servir de lo que hoy llamaríamos asesor estratégico al tirano Dionisio de Siracusa, creyendo que allí podría poner en práctica sus teorías sobre el filósofo-rey y a poco acaba sus días convertido en esclavo. Porque esa es otra característica de los intelectuales: cuando se ganan el oído del Príncipe, reciben un trato regio pero, como están sometidxs, no a la ley, como quería Aristóteles, sino a la discrecionalidad del poderoso, cuando las cosas se complican, suelen servir de chivos expiatorios. Véase, si no, el triste destino de Tomás Moro, otro brillante intelectual al servicio de Enrique VIII de Inglaterra.

Con el caso Zola tampoco se inaugura la época de la acción de los intelectuales a través de los medios de comunicación, en este caso la prensa. El español Mariano José de Larra publicó gran parte de su obra en los periódicos a primeros del siglo XIX. Zola se ha quedado con la fama pero otros antes cardaron la lana.

En la era de los medios de comunicación, la actividad de los intelectuales en ellos es continua, tanto para satisfacer su vanidad como por el objetivo estratégico de aumentar su auditorio. Y cuando se habla de medios de comunicación hay que referirse a todos, este de la blogosfera incluido.

A veces se dice que uno de los rasgos definitorios del siglo XX fue la importancia que en él tuvieron los intelectuales...y su fabulosa capacidad para equivocarse en cuanto a las causas que alguna vez apoyaron. Una capacidad, sin duda menos fabulosa que la que tienen para no reconocer equivocación alguna. Pregunten a quienes que en su día defendieron aberraciones tales como el estalinismo. Dejaron de dar vivas al camarada Stalin, pero mantuvieron incólume el conjunto de doctrinas de las que la dicha aberración era una parte.

O tómese el caso de los muy actuales neocons estadounidenses y la legión de imitadores o neoconcitos que pontifica esparcida por el planeta. Su biografía canónica requiere siempre el paso previo (normalmente en la primera juventud, pero también se admiten conversiones paulinas, a más avanzada edad) por alguna convicción de extrema izquierda, leninista o trotskista de la que luego se abomina para pasar a predicar las dulzuras del librecambismo, las desregulaciones, las privatizaciones y las bellezas del darwinismo social. Diríase que este caso contradice nuestra afirmación de que la fabulosa capacidad de los intelectuales para equivocarse queda compensada con la no menos fabulosa de no reconocerlo, ya que estos neocons se pasan el día lamentando lo equivocadxs que estaban cuando eran de izquierdas. Pero ese reconocimiento es falso e hipócrita ya que no los lleva a la conclusión de que, si estuvieron en el error una vez, podrían estarlo una segunda. Al contrario: predican el pensamiento único neoliberal con un dogmatismo mayor del que tenían cuando aspiraban a la revolución planetaria.

3 comentarios:

Timur dijo...

Ese Platon ya queria aprovechar para poner en practica todas sus teorias sobre el estado Creo que Empedocles tambien intento participar en el gobierno

Ramon Cotarelo dijo...

Sí, Empedocles fue un político del partido democrático, pero se retiró cuando perdió las elecciones y murió luego en el exilio. No es lo mismo que Platón quien, sin ser exactamente político sino intelectual, quería que los políticos hicieran lo que a él le parecía.

Ana Durá Gómez dijo...

Maravilloso Zola, y su casa Dreyfuss, mejor escritor que acusador, si cabe.

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