Para cuando estas líneas aparezcan y a varios días de su deceso, mucho se habrá reflexionado sobre Ingmar Bergman. Genio del cine y, fundamentalmente, hombre de teatro. Cómico de la estirpe a la cual hizo cruzar, en El séptimo sello, por en medio de la peste sin mancharse siquiera. Aunque fue más carnal, más lleno de impurezas y mucho más oscuro que su sagrada familia, fue capaz de llegar hasta el último juego de ajedrez con la muerte. Uno de los artistas más completos del siglo XX y punto de referencia para entender mapas culturales incomprensibles sin su presencia.
No quiero repetir tópicos ni teorizar sobre él desde mi incultura cinematográfica. Pero sí quiero traer aquí varias miradas que su personajes mantiene clavadas en mí. La de Brigitta-Carolina de Prisión que me hizo reinventar mi visión del propio teatro. La del san josé saltimbanqui, a la que hice referencia. La del cruzado del mismo Séptimo sello. Las de Liv Ullman y Bibi Andersson en Persona. Y las de Fanny y Alexander.
Miradas terribles todas que me habitan desde hace décadas. Todas capaces de percibir la historia A través de un vidrio oscuro y todas infantiles, dolorosa y oscuramente infantiles. No en balde Bergman dijo de sí mismo a Juan Cruz del periódico español El País: “Soy un niño. Toda mi vida creativa proviene de mi niñez. La razón por la que a la gente le gusta lo que hago es porque soy un niño y les hablo como un niño”.
Y, aunque parezca mentira, nunca mueren los niños: se reciclan, se siembran en tierra ajena y, como Cristo y Dionisios, resucitan. Por ello estas líneas sólo quieren ser recuerdo de ese brillo en la mano de Brigitta-Carolina al que conocimos en su siglo como Ingmar Bergman.
Murió también, con horas de diferencia, otro poeta, Michelangelo Antonioni. Narrador del tedio y profeta de una explosión final que se ha venido dando, día a día, desde el cambio de milenio, tan en cámara lenta como él nos la legara en su Zabriskie point.
Tras Blow up, quizás al mismo tiempo, Zabriskie point es la última película suya que recuerdo. Se me ha borrado el nombre de sus actores, así como nunca se borrarán los de David Hemmings y Vanessa Redgrave de la anterior, ni el de Monica Vitti de su primera cinematografí a. En cambio, me queda de Zabriskie point el nombre de Sam Shepard como co-guionista.
Al cruzar el océano, Antonioni supo encontrarse con un nuevo talento del teatro y del cine como lo es Sam Shepard, e intuyó que la explosión del sueño americano afectaría al mundo entero. Al recordar Zabriskie point encuentro el paralelo con la caída lenta e increíble de las Torres Gemelas, y tal vez entiendo un poco más los signos de este nuevo milenio.
Pero si Antonioni vino a poner sobre la mesa del banquete setentero motivos suficientes para el pesimismo, tal vez comprensibles cuarenta años después, también es verdad que la vida sigue y la vida es muerte y resurrección al mismo tiempo, implosión y explosión, Silencio y Desierto rojo. Ya nos había advertido Bergman, con El huevo de la serpiente, de cómo podría regresarnos el fascismo, y conocemos nuestro deber: luchar contra los integrismos crecientes en derechas e izquierdas.
Por ello creo importante cerrar estas notas con otro nombre del cine, el de un actor italiano homosexual, Paolo Seganti, asesinado por homófobos en un parque de Roma. Su nombre recuerda el de otro Paolo, Pasolini, asesinado hace 32 años, por las mismas razones.
Las autoridades de Roma han decidido dar el nombre del actor al parque de su sacrificio y, con ello, denunciar y combatir la homofobia en una ciudad de historia milenaria, pero terriblemente manipulada por la jerarquía eclesiástica. No en balde ahí se asienta el poder central del Estado autoritario más despótico de Occidente. Un Estado que se confunde con Iglesia y alimenta su poder temporal con esa confusión doctrinaria.
Porque en Roma, está Benedicto XVI quien predica abiertamente la homofobia, el gesto de las autoridades de la ciudad reviste una gran importancia y es motivo de optimismo en un mundo tristemente descrito por dos genios que han muerto.
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