31 de julio de 2012

MANUEL VAZQUEZ MONTALBAN :: ¿Y qué decir de los intelectuales? [1]


Cuando publicamos esta segunda entrega, Pescador, un bloguero amigo de  La Otra Chilanga, generoso y solidario como pocos, nos galardonaba virtualmente con el Thinking Blogger Award, dizque por ser éste un güeblog que hace pensar. Publicábamos entonces los fragmentos del Panfleto desde el planeta de los simios, de don Manolo Vázquez Montalbán, que generaron algunas intervenciones interesantes de chilangas colabor@ctrices y lectoras de la talla de Valkyriaa, Bettina Perroni y Mucha Lucha; aderezadas por la siempre puntual mirada sazonadora de Carmen.
Con estos dos apuntes llegábamos a nuestras primeras 700 entradas; ahora, gracias a la tierna complicidad de nuestrxs colaboradorxs y lectorxs, vamos ya por las 2 mil y un ganchito. Lo dicho, muchas gracias.

¿Y qué decir de los intelectuales? / 1

Me refiero a esos intermediarios sociales dotados de saberes específicos y del don del lenguaje para poderlos transmitir. Un político, por más que se resista a ello desde la más insuperable angustia metafísica, también es un intelectual, y cualquier persona, con capacidad de comprender dónde está y adónde va, es un intelectual aunque sea un analfabeto, si bien cuando hablamos de intelectuales solemos referirnos a esa casta corporativa de especialistas en pensar y en decir lo que piensan, con el valor añadido de que piensan más y mejor que los demás.. Hemos heredado del XIX a estos profesionales de lo ya ocurrido, pero considero que han hecho mucho menos daño a la humanidad que los financieros, los políticos, los guerreros y una buena colección de jefes religiosos.

¿Qué puede hacer el intelectual ante el quehacer político condicionado por las claves de pragmatismo y utilitarismo y la mayoritaria disposición sumisa de la sociedad a delegar su soberanía, no sin caer en un cierto pesimismo y fatalismo histórico? Los intelectuales en sus orígenes, actualmente y sospecho que hasta un pasado mañana bastante largo, fatalmente van a tener que escoger entre dos funciones fundamentales. O reproducir las ideas del poder o cuestionarlas admitiendo que dentro de esta segunda opción puede darse el cuestionar por cuestionar.

[…]

Los intelectuales originales, es decir, los que estaban en posesión de la verdad revelada, los sacerdotes, y los que adquirían el don de reproducir el lenguaje, los copistas, lo tenían muy claro. En La historia social de la ciencia de Bernal se recurre a la parábola del escriba sentado para explicar la disposición de conciencia del intelectual primitivo. El escriba egipcio redacta una carta para su hijo, estudiante en la escuela de los escribas. Es el intelectual laico de la época, no es el sacerdote, y le explica a su heredero las razones por las que ha de desear ser un escriba el día de mañana y le va describiendo un cuadro de la situación bastante lúcido. Cómo vive el curtidor, el fabricante de papiro, el artesano, le explica las condiciones de vida durísimas de los trabajadores manuales y termina diciendo: el escriba come en la mesa del Príncipe.

Los intelectuales que históricamente se han ceñido a ser reproductores de las ideas del poder lo han hecho bien porque no podían hacer otra cosa dada su condición de lacayos […] o bien porque tenían alma de cómplices dispuestos a ser aceptados en la mesa del Príncipe. Los que han cuestionado lo establecido a veces funcionando según los topismos de la radicalidad por la radicalidad, pero en su mayoría cumplen una relación dialéctica fundamental para que la historia exista.

[…]

Este presupuesto es aplicable a los dos posibles ejercicios de sabiduría, para movernos en los esquemas clásicos del terreno del saber y en el de la opinión, es decir, en el del filósofo, el historiador o el científico y en el del propagandista, sea sofista, literato o creador de opinión, territorios en los que me inscribiría a mí mismo para ayudar al lector a que abandonase toda esperanza de estar recibiendo sabiduría.

El intelectual, como personaje que pueda situarse equidistante entre la sociedad y el poder político y emitir un juicio situado por encima del bien y del mal y dictar su opinión, ha seguido un cierto recorrido histórico. Normalmente se vincula esta posible función fiscalizadora al intelectual de izquierdas contemporáneo, pero este papel de gurú lo utilizó el poder conservador tradicional a lo largo de toda la historia. La propia acumulación de poder económico conllevaba la acumulación de saber al servicio de la clase dominante, y a la burguesía le costará siglos ponerse en pie culturalmente y al proletariado más de cien años elaborar sus propios “sabios de clase” o reclutarlos entre sectores desafectos de la burguesía. Por lo tanto la elaboración de cultura, y sobre todo la cultura como patrimonio, lógicamente ha correspondido a intelectuales ligados a las clases dominantes.

[…]

Solamente cuando la burguesía irrumpe en la disputa contra el poder tradicional del universo feudal religioso necesita sus propios argumentos, sus propios argumentistas, sus intelectuales orgánicos […] Pero cada nueva hornada de intelectuales críticos tiende a cansarse de tanta tensión y acaba buscando coartadas para legitimar “lo obtenido” y el poder que lo representa como si fuera lo inevitable […] La tentación tradicional ha sido la reidentificación con el poder, que controla todos los instrumentos de emisión de mensajes, de emisión de saber y de fabricación de saber y de fabricación de las más diversas sillas materiales y espirituales para los escribas sentados.

Originalmente el intelectual disidente, crítico, en oposición con las verdades establecidas, podía parecer paradójico debido al origen aristocrático de algunos intelectuales impulsores de la revolución burguesa o al origen burgués de los intelectuales creadores de la formulación teórica del socialismo de una y otra tendencia. Ni paradoja ni contradicción. Lógicamente proceden de aquella clase que tenía acceso al patrimonio cultural y por eso están en condiciones de detectar el proceso de cambio en la sociedad y prestar ese saber, adecuarlo dialécticamente a las necesidades de lo que ellos consideran un nuevo sujeto histórico de cambio que identifican con el estado llano en el siglo XVIII y con la clase obrera en el XIX.

En un artículo publicado en Les Temps Modernes en los años cuarenta, Sarte explica el problema de los intelectuales más lúcidos: cómo hacer suya la causa de la clase obrera […] cómo adecuar sumándose a ese salto cualitativo histórico sus propios lenguajes y códigos […] Lástima que el monopolio de la representación universal del nuevo sujeto historico […] lo acaparara entonces la URSS y las infelices derivaciones de la Revolución soviética, pero originalmente el dilema de Sarte sigue siendo válido:
“¿Cómo implicar, mientras exista la división del trabajo, la función del intelectual en la detección y conformación de los nuevos, necesarios sujetos históricos de cambio? ¿Sería posible comprometer en este sentido a todo político desalienable?”

Perspectiva tan abstracta hoy, se bifurcó en tiempos no tan remotos al actual planeta de los simios en dos concepciones estimables de lo que puede ser el intelectual de clase en la cultura de izquierda contemporánea. Una es la leninista, muy amplia y a la vez restrictiva. Para Lenin es intelectual, simplemente, aquella persona capaz de tener una conciencia crítica de su función social; capaz de aprehender las condiciones de explotación y de represión que padece […] Por eso Lenin siempre se sintió fascinado por aquellos intelectuales que venían de la clase obrera […] por oposición a las personas que como él y los que con él formaban la primera vanguardia conductora de la revolución procedían de la burguesía. Por tanto, su mirada sobre la realidad y sobre el futuro estaba condicionada quizás por su propio pecado original y traspasó el prejuicio contra los intelectuales de izquierda de origen burgués a los futuros políticos comunistas, simples intelectuales orgánicos burocratizados, culos gordos, caracterizados por hacer la guerra a los intelectuales considerados como “picos de oro”, desde el desprecio por todo lo que ignoraban, sumado a lo que no entendían.

Otro concepto mucho más elaborado es el gramsciano del intelectual orgánico. Gramsci vivió una situación menos primitiva, menos esquemática de asalto al poder que la vivida por Lenin. Gramasci tiene que atender una realidad como la italiana en la que la aparición del movimiento obrero y su fuerza histórica de cambio genera, por una parte, la reacción violenta de las burguesías a través del fascismo y, por otra, el alienamiento político de intelectuales muy prestigiosos, alarmados ante lo que Ortega llama la rebelión de las masas y Spengler la decadencia de Occidente […] Cuando Gramsci comprueba que hasta un Benedetto Croce, con toda la admiración que siente por su lucidez, flirtea pasajeramente con el fascismo porque se siente amenazado desde el complejo de castración de elite, se da cuenta de que el proletariado necesita el concurso de los saberes específicos de los intelectuales y de los profesionales en disposición de desclasar su saber y ¿por qué no? su propia vida. Gramsci cree que, de esta relación dialéctica entre la clase obrera y los intelectuales dotados de saberes y lenguajes específicos, surgirá un intelectual superior, el intelectual orgánico colectivo: el partido. Su función sería la aprehensión de la realidad, crear un saber social y dar una propuesta asumible por la sociedad para la transformación de la realidad cuestionada. La revolución, si se ultima la racionalidad de esta estrategia, no sería tanto consecuencia de un golpe de Estado como de la caída del Estado cual breva madura en manos de una sociedad concebible como un responsable intelectual orgánico colectivo, conocedor de sus necesidades reales, de su finalidad histórica.

Paralelamente a estos cánones sobre la función del intelectual en una política de transformación, aparece la propuesta de la Teoría Crítica, según la cual mientras exista división del trabajo, la función de los intelectuales es actuar de conciencia externa de la conciencia social establecida, de cara a favorecer las condiciones que conviertan en cultura de masas la necesidad de transformación y, por tanto, en una conciencia crítica. Sólo así la conciencia crítica devendrá energía histórica de cambio.

Panfleto desde el planeta de los simios
Manuel Vázquez Montalbán
Edit. Crítica (Grijalbo Mandodari). Barcelona, 1995.
Todos los derechos reservados.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

args ...

Me hizo reflexionar ...

Y no se por que me recordo a las pasadas elecciones ...

Donde el don de el lenguaje se dio , despues se fue ...

Y se convirtio en solo tonterias ...

Donde el don de la manipulacion y lenguaje se noto

Sebastián Liera dijo...

Sí, las analogías pueden ser varias y múltiples.

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