José Ramón Enríquez
“Añadidle, Pedro, al Urde un malas…” pide el mago a un personaje que debía ser definitorio en la historia del teatro, Pedro de Urdemalas, y que, sin embargo, no ha trascendido como se merecía, por culpa de la mala suerte y los malos entendidos que, tratándose de Miguel de Cervantes, llegan hasta nuestros días.
Se le conoce como creador de la novela moderna y a nuestra lengua se le da su nombre, pero aún se niega a Cervantes la grandeza teatral. No obstante, en Pedro de Urdemalas se muestra como experto en la actuación –seguramente por propia experiencia— y dicta cátedra de “todos los requisitos / que un farsante ha de tener / para serlo, que han de ser / tan raros como infinitos”.
Pero los jóvenes actores apenas llevan a escena a un personaje cercano a ellos en la edad y en un época de crisis que exige salirse cotidianamente por la tangente, como enseñaba el pícaro.
Tampoco se le reconoce como la más elaborada comedia de comedias ni como antecedente de Pirandello mismo. No sé si lo conoció Pirandello (mientras que sí conozco su fervor por Don Quijote, cuyas andanzas manchegas le recordaban las andanzas de tantos hermanos suyos por las tierras sicilianas). Ojalá alguien me ilustre al respecto, mientras estoy cierto de que el teatro dentro del teatro que propone Cervantes con seguridad le hubiera fascinado.
No se reconoce a Pedro de Urdemalas como cima de la picaresca. Por el contrario, Valbuena Prat la ve como “comedia poética, ilusionista, rica en personajes y situaciones”, aunque sí la llame “la mejor obra del género extenso de Cervantes, hombre de teatro”.
Se ha dejado el sitial que su autor soñó para su Pedro a la novela que narra
En el teatro ninguno puede superar al Pedro que urde-malas.
Soy un convencido de que el paso teatral que significa Cervantes de un Lope a otro --es decir de Lope de Rueda a Lope de Vega-- no sólo es de aparataje escénico sino también profundamente ideológico. Y tal vez por eso Cervantes ha tenido menos montajes. Porque inclusive su Numancia resuena menos a
Sé que se trata de una barbaridad filológica, por anacrónica, llamar a su teatro “republicano” y monárquico al de Lope y sus sucesores, pero con ella trato de explicarme. El de Cervantes –como su obra entera— es un teatro menos imperial que el arte nuevo de hacer comedias de Lope, así como el de quienes lo sucedieron en la monarquía cómica. Es apenas un panegirista de los altezas lo estrictamente necesario para no ser quemado por
Es un hombre de los márgenes Don Miguel de Cervantes. Aunque nació en el centro de Castilla, vivió entre Sevilla y Argel, como muchos de sus personajes. Hijo de judíos conversos, seguramente homosexual (como demuestran, entre otros, Fernando Arrabal y Rosa Rossi), siervo, soldado raso, cómico y esclavo, tan sólo le faltaba ser gitano. Y, para cumplir con esta marginalidad, su Pedro de Urdemalas lo gritó desde la escena: “Digo que he de ser gitano / y que lo soy desde aquí”.
Aunque como todo el género picaresco, la obra sea un rosario de aventuras diversas que permanece abierto, como Rinconete y Cortadillo en la narrativa (o como
La generosidad, la honradez y el respeto está con los gitanos, mientras que el doblez, el adulterio o la ingratitud está entre los más altos miembros de
Nunca lo hubiera hecho Lope de Vega. Aun Calderón de
Sé que es un exceso llamar por esto republicano a Cervantes, pero sí vale tomar su espíritu “poco” monárquico cuando se escriben notas como éstas, días en torno al aniversario de
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