14 de mayo de 2008

Los antiguos tienen mucho que decirnos.



Publicado en Reforma, Sección Cultura, el 9 de mayo del 2008.



José Ramón Enríquez.




Si bien irónico y dolido, Cervantes nunca dejó de reconocer la altura del genio de Lope de Vega. Cuando lo llamaba “monstruo de la naturaleza”, “fénix de los ingenios”, que se hizo con “la monarquía cómica”, le decía en serio, plenamente consciente de que lo era. No podría yo hacerlo menos en mis notas quincenales.
Si en mi pasada colaboración, al comparar a Cervantes con Lope, señalaba al segundo como dramaturgo del Imperio, no quería con esto borrar laureles de su frente. Sólo trataba de ubicar a aquél en la marginalidad que siempre tuvo como fatal compañera.
A Cervantes le tocó vivir personalmente el papel de pícaro que con maestría describe en La cueva de Salamanca y en Rinconete y Cortadillo, tanto como estudiante vivales y audaz cuanto como miembro de la cofradía impresentable comandada por el señor Monipodio. Pero también a Lope le correspondió su propia picaresca vital.
De cama en cama, de deuda en deuda, de hijo en hijo, de lo que Breton llamaría “amor loco” en “amor loco”, el gran dramaturgo se veía obligado a escribir una comedia al día para pagar el tren de vida a que sus excesos lo obligaban. Y ahí rompía todas las reglas hasta construir una erótica compañera de su propia mística. Como titulaba don Isidoro, mi padre, uno de sus ensayos: Lope de Vega es el amor.
Pero vivía el sueño de aquel Imperio. Del que quisieron los católicos Isabel y Fernando que sucediera al de Carlomagno, que a su vez fue sucesor de los Césares. Un Imperio con Carlos V en el trono y Garcilaso como su general-poeta (diría Alberti siglos después, “Si Garcilaso viviera / yo sería su escudero / que buen caballero era”). No era un imperialista del Siglo XX y mucho menos de un concepto manoseado en el Siglo XXI hasta quitarle toda sustancia.
El teatro de Lope sí conformó ideológicamente el Imperio español desde la escena. Y la escena, no podemos olvidarlo, no era la de hoy. Era el único lugar, fuera de la Iglesia o de la guerra, en que el pueblo se congregaba. Más parecido sería su papel al de la televisión, guardadas todas las distancias.
Inclusive ese momento que Luis de Tavira ha definido como el Deus ex machina de Fuenteovejuna, la llegada del rey al pueblo magnicida para reinstaurar el orden, cambia el sentido que pudiera parecernos democrático de la obra.
Es verdad que yo mismo en varios momentos he definido ese final como el de tantas obras de los Siglos de Oro cuyos autores se ven obligados a introducir moralejas para sortear la censura inquisitorial. Al hacerlo podría verse a un Lope más democrático, hasta más cercano del marginal Cervantes.
Pero esta lectura de quienes deseamos ver en Fuenteovejuna una cima de la justicia popular, no puede hacernos olvidar que los reyes católicos consiguen la unidad de España no sólo con la victoria sobre los moros, con la expulsión de los judíos y la restauración de la Santa Inquisición, sino también con la reducción de los señores feudales que aún quedaban y la victoria final sobre las órdenes militares. Y el tirano de Fuenteovejuna, con su derecho de pernada de señor feudal, es precisamente Comendador de la Orden de Calatrava.
El pueblo se levanta en armas contra el pasado medieval y pide entrar a la modernidad bajo el manto de Fernando el Católico. Sale del feudalismo peninsular para clamar por el Imperio español. Ese en cuyos dominios “no se ponía el sol”. Desde luego es un paso hacia el mundo moderno, pero no llega la democracia tal como hoy podemos entenderla.
¿Le quita esto grandeza a Lope? No lo creo, simplemente lo ubica en su propia historia. ¿Le quita su aliento libertario a la rebelión del pueblo? No, tampoco lo creo. Simplemente la inserta en su espacio y en su tiempo. Fuenteovejuna puede seguirnos emocionando e iluminando como lo ha hecho, sólo que nos da una nueva lección. Porque la historia es dialéctica resulta una falsificación mirarla con categorías modernas. Desde su propio aliento, los antiguos tienen mucho que decirnos.
El genio se vuelve plenamente válido en cuanto entendemos, como don Isidoro, que Lope de Vega es el amor.

No hay comentarios.:

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...