Publicado en Reforma, Sección Cultura, el 23 de mayo del 2008.
José Ramón Enríquez
La dramaturgia mexicana continúa su desarrollo con una seguridad y una salud que muchos diagnósticos sobre la crisis de nuestra escena harían parecer imposible. Dramaturgos nacidos en los 70 que han encontrado directores de su misma edad o aun nacidos en los primeros 80.
Entre ellos se encuentran Noé Morales Muñoz quien estrenó en el Foro Shakespeare, el 1 de mayo, su obra Los prohombres, bajo la dirección de Ginés Cruz, y con las actuaciones de Humberto Busto y Enrique Cuevas; así como Edgar Chías quien, otra vez en mancuerna con Mahalat Sánchez, estrenará Güera es la patria, en el Teatro de
Ambos grupos me han pedido algún comentario para usar tal vez en los programas de mano. Me he sentido muy honrado por su generosidad al pensar en mí, y he aceptado porque conozco tanto a los autores y sus obras, por el programa de Jóvenes Creadores, cuanto a los directores y sus repartos, por haber pasado casi todos por el Centro Universitario de Teatro.
Los prohombres se basa en un hecho real y bastante reciente de la nota roja europea. Mi comentario fue el siguiente:
“El espectador es invitado a un encuentro, cuando menos insólito, entre dos hombres que se conocieron por internet. Uno responde al llamado del otro, de la misma manera en que millones se contactan. Quedan bien establecidas las reglas de su relación. Hablan más de su entorno que de ellos mismos, porque se conocen poco entre ellos y menos cada uno a sí mismo. Al igual que millones de seres que chatean, se encuentran o se reinventan.
“Obviamente, hay que cuidar el peso, porque la masa corporal debe ser justa. Y no amargar el sabor de la carne con nada artificial.
“Uno de ellos, sí, es extraño, pero no se considera un pervertido. Tampoco sensual, ni provocador, ni sugerente. Por eso, nunca se masturbaría pensando en sí mismo.
“Quieren ser inventores y maestros de un nuevo oficio que abrirá nuevas puertas, que nos sacará del tedio y, a ellos, del olvido.
“Para este encuentro, el tejido perfecto de un lenguaje teatral que ya hacía falta. Sin retórica apocalíptica ni lagrimeo melodramático. Directo, casi matemático. Capaz de demostrar, como silogismo ejemplar que, al final de cuentas, ‘hay muchas cosas que no comemos por prejuicio’.
“Se trata, pues, de un ritual gastronómico al que la pluma aguda, hasta hacer sangrar con sólo su contacto, de Noe Morales, se encarna con justeza en el trabajo escénico de Humberto Busto y Enrique Cuevas bajo la dirección puntual de Ginés Cruz.
“Cada espectador es el principal invitado a un banquete antiplatónico, cocinado y sazonado pacientemente ‘para hacer algo que deje huella en este mundillo de mediocres y deprimidos’.
“Buen provecho.”
En el caso de Edgar Chías se trata de una trilogía (en realidad, una tetralogía porque conozco una pieza más del rompecabezas y tal vez la más aterradora). La tres obras seleccionadas por Mahalat Sánchez son: Ladrillos en el desierto, Güera es la patria y Amor divino o Dios es legión.
El siguiente es mi comentario, más breve por el formato del programa:
“Chías es uno de los autores más sólidos de nuestro teatro. En todos los sentidos. Incluso en su peligrosidad frente al espectador, por prevenido que éste se encuentre.
“Serán, pues, tres golpes inclementes. El primero, en la base del cráneo, obligará al espectador a perder el equilibrio. El segundo, desde muy abajo y a la barbilla, borrará cualquier referencia. El tercero, rematará en la boca del estómago, o por debajo del cinturón al tratarse de San Marcial el Paidófilo.
“Conocí los textos al acompañar a su autor durante un proceso de Jóvenes Creadores. Y conozco también la solidez y contundencia de Mahalat, Carlos y Ricardo porque son hijos, amados y cada vez más admirados, del CUT. Sé pues de lo que hablo.
Güera es la patria, en verdad, va a doler.”
Vale la pena ir tanto al Foro Shakespeare como a
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