24 de junio de 2008

EL TEATRO UNA AVENTURA CREATIVA, NO UNA MERCANCÍA / 7 y última.

El diablo con tetas, de Darío Fo.
Traducción: Ana Luisa Alfaro.
Dir. Gilberto Guerrero.
[2007].



Crisis en el teatro porque la medida la da el mercado.

S.- En lo personal, creo que uno de los problemas por los que se habla tanto de “crisis en el teatro” es porque la medida la da el mercado; pensamos al teatro como mercancía y si el público no va a las salas de teatro es porque, se dice, estamos en crisis. Si observáramos el trabajo de cada puesta en escena, la dedicación y el profesionalismo de muchos de sus repartos se vería lo contrario: que el teatro no está en crisis, sino en constante renovación; sus hacedoras y hacedores se critican a sí mismos, a sí mismas, se revisan puesta tras puesta implementando nuevas rutas creativas; la producción tiene una calidad que no le pide nada a ningún otro teatro del mundo, más bien al contrario; la dramaturgia es provocadora e inteligente, tanto la del autor como la del director, y la del actor suele estar a la altura de ambas convirtiéndose en la pieza fundamental del fenómeno escénico que está destinado a ser.

El asunto es que, si seguimos pensándonos como consumidores y no como público, si no pensamos la función como una aventura creativa de la que saldremos enriquecidos, si lo que buscamos es un mundo lleno de banalidades para olvidarnos del mundo y un pensamiento digerido y dirigido que nos permita desenchufarnos el cerebro, si somos parte de la masa y no personalidades autónomas y pensantes; el teatro definitivamente no es para nosotros. A eso agreguémosle que, la verdad, no siempre encuentra uno aquestos montajes de primera línea; porque o bien sólo tienen dos o tres de estos buenos ingredientes, o porque carecen de plano de todos. Lo más honesto sería, entonces, decirle de antemano al público qué es lo que verá; el público no se asume él sólo como consumidor, quienes hacemos teatro lo significamos como tal también.

Es verdad que quisiéramos nuestras salas llenas, pero creo que tendríamos, desde hace mucho tiempo, que habernos hecho a la idea de que no será así; mucho menos si engañamos, no a “la gente”, sino a la gente, a nuestros públicos, probables o posibles. Cuando el público sepa qué es lo que verá, irá; estoy convencido de ello, creo que hay públicos para todos los teatros. Es verdad, por otra parte, que no hay políticas públicas que apoyen que un público determinado, digamos, el más exigente en términos estéticos, sea más numeroso; porque, simplemente, no hay política pública para una educación de calidad. El público exigente, el que irá a ver un montaje exigente, no llenará las salas; ni las teatrales, ni las de cine, si acaso sólo las de su casa.

Sin embargo, yo confío en que si le digo a la gente: lo que usted encontrará en estos dos pasos será media hora de entretenimiento, obras ligeras, fáciles de entender, escritas en un lenguaje culto, canciones chuscas, situaciones de equívocos que le esbozarán a lo menos una sonrisa con la cual saldrá de regreso a su casa; representadas por un reparto de alumnos del área de teatro de una escuela de iniciación artística que trabajaron desde febrero en la teoría y la praxis de lo que le están presentando, por lo que la falta de experiencia se ve suplida, en parte, por un trabajo serio y a conciencia; en otras palabras: usted no verá algo hecho con las patas; estoy seguro que habrá gente que querrá venir a verlos, y que no saldrá con una sensación de que se han burlado de ella prometiéndole las perlas de la virgen.

OCH.- Un trato inteligente, ¿aún para un público no exigente?

S.-
Es que, veamos: ¿qué es la exigencia? ¿Qué la inteligencia? Puedes ver a un cretino en alguno de los restaurantes de Slim exigiéndole a la mesera por la deficiente comida que el chef prepara haciendo milagros con las porquerías que el gerente recogió de la basura ya que el tercer hombre más rico (ya que le resulta muy incómodo ser el primero) así lo ha decidido; allí tenemos una exigencia estúpida. Puedes, en contrario, ver a tu vecina, su esposo mecánico o carpintero, sus hijos que van a la secundaria, y toda la familia exige una vida digna, que no les mientan en los comerciales de la tele, que alcance el salario del hombre para que la mujer pueda comprar lo que necesitan, que respeten su voto y que, si de pronto se les antoja ir al teatro, abren el periódico, ven la cartelera y el crítico dice que vale la pena tal o cual montaje, exigen que así sea; allí tenemos una exigencia inteligente.

La exigencia, cuando es inteligente, exige a su vez información; cuando la educación que brinda el Estado o la que éste permite que brinden la iniciativa privada y la iglesia no es lo que debería ser, o cuando la secretaría de educación pública son el duopolio televisivo de Televisa y TV Azteca, las exigencias suelen ser todo, menos informadas.

OCH.- Es decir: nada inteligentes.

S.-
No necesariamente; la educación de la que estoy hablando es la que tenemos en este país, y eso no nos ha quitado la inteligencia… aunque quienes desgobiernan este país crean que sí. Regresemos al teatro: el público, los públicos, merecen que cuando les propongamos una puesta en escena no se la vendamos, sino que le digamos lo que justamente es para que pueda elegir si la quiere ver o no; habrá quien quiera, habrá quien no, ¿por qué nos cuesta trabajo entender eso?

OCH.- Porque todos queremos lo mejor.

S.- Y ¿qué es “lo mejor”? La gente, sin comillas, sin abstracciones, tú, yo, aquellos a quienes conocemos, queremos, hablando de teatro, algo específico cada vez: que nos distraiga, que nos sermonee, que nos provoque, que nos excite; pero no siempre queremos lo mismo, ni siempre lo queremos todo. ¿Qué pasa si cuando quieres divertirte te topas con horas y horas de un teatro pretencioso y costoso como el de Tavira? ¿Qué, cuando buscas reflexionar evitando el chiste fácil, y terminas ante un montaje descuidado donde el teatro no es el teatro, sino, como la estrategia de AMLO, es el Llanero Solitito? Esas cosas no pasarían si lo supiéramos de antemano.

OCH.- Aún así, habrá quien quiera ver lo que haga Tavira o lo que haga el Llanero, ¿no?

S.-
Claro, allí está el Sup, por ejemplo, que quiere ver lo que hacen los dos. Pero lo importante sería que no se le vendiera al público el montaje de Tavira como si fuera el del Llanero o a la vizconversa, para que cada quien vea lo quiera ver.

OCH.- ¿Qué sigue?

S.-
Pues trabajar, ¿o no?


El teatro una aventura creativa, no una mercancía [1].

El teatro una aventura creativa, no una mercancía [2].

El teatro una aventura creativa, no una mercancía [3].

El teatro una aventura creativa, no una mercancía [4].

El teatro una aventura creativa, no una mercancía [5].

El teatro una aventura creativa, no una mercancía [6].

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