Publicado en Reforma, Sección Cultura, el 6 de junio del 2008.
José Ramón Enríquez
La ciudad de Hermosillo, Sonora, cuyo nombre original es Villa del Pitic, acaba de celebrar sus Fiestas. Y desde Fernando de
Organizada por el Instituto Municipal de Cultura, de la alcaldía que preside Ernesto Gándara, en colaboración con
Se inició y se clausuró con los homenajes a dos figuras hermosillenses de la escena, Octavio Galindo, quien falleciera hace tan sólo un año, y Alicia Encinas, quien se encuentra en plena capacidad creativa, como lo demostró al arrancar la muestra con Más encima… el cielo, esa obra de Sergio Galindo que ha recorrido felizmente los escenarios del país, y en la cual borda su personaje de Altagracia, en un mano a mano con Irineo Alvarez, como Fortunato.
Me tocó participar en el homenaje a Octavio Galindo por haber sido su compañero de las primeras horas en
Hablé de Octavio y hablé de aquellas aventuras sesenteras sin saber que tres días después, en
Mientras tanto, las fiestas teatrales del Pitic constituyeron un éxito que, sin duda, atraerá público para el teatro durante el resto del año. No podemos olvidar que el teatro se contagia, y que la única manera de recuperar el público es facilitar su contacto con el escenario. Lo hemos perdido en la medida en que las instituciones y nosotros mismos hemos dejado de hacerlo. Así, las fiestas anuales de las distintas ciudades, desde luego, son un punto de encuentro y de irradición, tanto para lo que se está haciendo en la comunidad como para lo que ocurre en otros estados.
En este sentido, fue para mí un auténtico descubrimiento El hombre sin adjetivos del regiomontano Mario Cantú, dirigido por Daniel Serrano, con tres muy jóvenes y muy brillantes actores del Taller de Teatro de
Ya conocía la obra definitiva del sonorense Sergio Galindo, así como las magníficas actuaciones de El patio de Monipodio espléndidamente dirigida por Francisco Marín, que envió nuestro “Teatro Hacia el Margen” yucateco, con apoyo del ICY,
Desde su título, homenaje al Hombre sin atributos de Musil, y sus primeros diálogos que nos meten en la definición que tiene Foucault de la locura, me atrapó por la inteligencia con que teje y desteje tres personajes “disfuncionales” y por el humor ácido y por momentos hilarante de cada situación.
Pero montar un texto así, sin ningún apoyo externo, tan sólo cimentado en los lomos de los actores me resultó envidiable. Va para ellos mi aplauso de península a península.
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