18 de noviembre de 2010

La ráfaga de Orihuela (1910 – 2010)

Raúl Lugo Rodríguez
Carta desde Yucatán, columna mensual
Revista uruguaya Factor/S, No. 89, junio 2010


Este año se cumple el centésimo aniversario del nacimiento de Miguel Hernández, el joven poeta muerto víctima del franquismo cuando apenas tenía 32 años. Por ello está habiendo celebraciones en varias partes del mundo de habla hispana. En marzo de este año, el periódico español “El País” le dedicó una serie de artículos. En ellos, voces autorizadas recordaron al entrañable poeta que no solamente ha sido leído por varias generaciones, sino que fue conocido a lo largo y ancho del mundo por la musicalización de sus versos, realizada de manera magistral por Joan Manuel Serrat.

Es el turno ahora de la revista mexicana “Letras Libres”, que en su edición de mayo nos trae un breve, pero suculento artículo de Julio Trujillo (“La eterna juventud de Miguel Hernández”, Letras Libres, mayo 2010) en el que se rememora la tierna adolescencia del poeta cuidador de cabras, presentado ya por el periódico “El Día”, de Alicante, desde 1930, cuando apenas el poeta contaba con 20 años, de la siguiente manera:

“Todas las mañanas cruza las calles de Orihuela un humilde cabrero, con su zurrón y su cayado. Va a la huerta para que pasture el ganado. Allí permanece horas y horas, a la sombra de las moreras gigantes, escuchando el chirrido de las norias y el cantar de los sembradores lejanos o de los sufridos trabajadores de la parva. ¿Sabéis quién es este cabrero? ¡Un nuevo poeta! Un recio y magnífico poeta, cantor maravilloso de las melancolías de la tarde, de las caricias frescas de las auroras en la noche.”

Más allá de esta identificación de Miguel Hernández como pastor-poeta, lo cual lo habría puesto en contacto con ambientes de pobreza desde su más tierna infancia (aunque los biógrafos aclaran que las ovejas que pasturaba eran propiedad de su padre, lo cual matiza la fácil suposición de que hubiera crecido él mismo en pobreza extrema), y que los lectores y lectoras derivan también de su extraordinario poema “El niño yuntero”, también musicalizado en varias versiones, una de Serrat y otra del grupo vocal Mocedades, el centenario del poeta de Orihuela ofrece una oportunidad privilegiada para visitar la obra lírica de este joven que, a pesar de no haber podido terminar los estudios de bachillerato, se ha convertido con el paso de los años en un poeta clásico de la literatura en castellano del siglo XX.

La obra poética de Miguel Hernández es sobresaliente desde sus versos más juveniles. Julio Trujillo nos recuerda en el artículo citado la pulcritud poética de uno de sus versos de adolescencia, “Limón”. Poeta bucólico primero, posteriormente gongorino, ejemplo de una de las más limpias poesías religiosas más adelante, y tras conocer a Neruda y Aleixandre, despojado de la cárcel de los versos rígidos y con nuevas preocupaciones sociales, Miguel Hernández aparece como un poeta que supo reflejar en su quehacer literario las vicisitudes de su propia vida. Así ocurre con la colocación en un segundo término de sus inquietudes religiosas tras haber conocido el amor de Josefina, que produjo “El rayo que no cesa”, uno de los libros de poemas amorosos más significativos de nuestra lengua.
La participación del poeta de Orihuela en la guerra civil terminará por modificar el rumbo de su poesía y de su vida. “Viento del pueblo” es el nombre del poemario con el que dará testimonio de esta su etapa bélica (‘poesía en guerra’, subtitula el poeta su libro) y que, acaso por su contenido político y militante, no fue recibido con entusiasmo por la crítica de la época. Finalmente, como bien señala Alfonso Guerra (‘Inocencia y Compromiso’, El País, 25/05/2010), “la justicia de la historia ha ido transmutando las opiniones críticas acerca de tan serio y humano poemario. Así, en la década de los sesenta, José Manuel Caballero Bonald, sin temor ni prejuicio, afirmará: ‘Se trata de uno de los libros más emocionantes, limpios y fervorosos que ha producido la poesía española en la primera mitad del siglo XX’”.
Antes de que la Auditoría de Guerra de Madrid iniciara contra él el proceso sumario que lo recluyó en una cárcel inmunda, la poesía de Miguel Hernández se torna desesperanzada, triste, acaso desencantada. La sentencia final, pena de muerte, infligida por la soldadería franquista, tendría como razón principal la labor literaria de este poeta antifascista, que glorificó la causa republicana y recomendó a sus lectores la resistencia activa.

Es inevitable, al entrar en contacto con la poesía de Miguel Hernández, que algunos poemas se queden colgando del recuerdo, incrustados en la memoria. Es tal la intensidad lírica de su obra que uno no puede sino entristecerse cuando escucha el lamento del poeta por la suerte de su hijo que muere de hambre (En la cuna del hambre / mi niño estaba. / Con sangre de cebolla / se amamantaba. / Pero tu sangre, / escarchada de azúcar / cebolla y hambre), o se llena de vértigo erótico cuando el poeta celebra el cuerpo de la mujer amada (Menos tu vientre / todo es confuso. / Menos tu vientre, / todo es futuro / fugaz, pasado / baldío, turbio), o completa su fascinación al ver mezclados de manera magistral el amor de esposo con la integridad del revolucionario (Sobre los ataúdes feroces en acecho, / sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa / te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho / hasta en el polvo, esposa).

Miguel Hernández merece ser visitado y hoy, en su centenario, revisitado. El primer beneficiado será, se lo aseguro, aquel o aquella que se atreva a degustar sus textos. Valga de postrera invitación las palabras del también poeta y cantautor, Joan Manuel Serrat, musicalizador de muchos de los textos del poeta de Orihuela, que quiero citar para cerrar estas líneas:

“Creo que la canción es un buen modo de difundir la voz de los poetas, aunque confieso que ésa no ha sido nunca la razón que me ha movido a ponerles música. Si algo me ha llevado a hacerlo ha sido el descubrir en versos ajenos aquello que yo quería decir y de la manera en que el otro lo dijo. El resultado de toparme con versos que cantan y que me hicieron cantar con ellos… Aventando sus versos, redondos y frescos como si hubieran sido escritos ayer y aquí, me uno a la celebración del centenario de su nacimiento y rindo un fraternal homenaje al poeta, al niño cabrero, al amigo desgajado, al amante exiliado, al padre huérfano, a la víctima de las cárceles de la dictadura, al hombre que cada vez que colgaba al sol los sueños, la vida le dejaba carbón…”

Ojalá estas líneas escritas desde el lejano país yucateco animaran a uno que otro joven uruguayo, lector de Factor/S, a poner el pie dentro de la alcoba poética de Miguel Hernández. Esta carta habría así cumplido con su cometido.

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