Cuentan las mujeres y los hombres sabios que a propósito nos escondieron la historia de nuestros pueblos. La cambiaron, borraron a los cabecillas y contaron mentiras para robar el pensamiento de los pueblos. Y esto lo hicieron por miedo al pueblo maya de hoy.
Hoy vivimos en nuestra propia tierra como si fuéramos extranjeros.
Se adueñaron de nuestras tierras, nos esclavizaron y, para mantenernos así, han intentado robarnos también nuestra historia. Todo está escrito como si fuera la historia de ellos, los que nos invadieron.
Pero la raíz de nuestro pueblo es muy fuerte y, aunque han destruido mucho, todavía vivimos agarrados de nuestro sueño de tener una vida buena. Nuestro futuro y nuestra rabia está viva, escondida en nuestras leyendas, en nuestras tradiciones, en nuestros ritos, en nuestras fiestas, en todo eso que en castilla se llama cultura.
Como dice el Popol Vuh: “arrancaron nuestros frutos, cortaron nuestras ramas, quemaron nuestro tronco pero nunca pudieron matar nuestras raíces.”
Algunos quieren todavía arrinconarnos en el pasado, meternos en un museo para ir de paseo de vez en cuando. Nosotros no. Queremos ser un pueblo libre y autónomo, queremos ser Pueblo entre los pueblos del mundo, con todo lo que se necesita para serlo. Queremos vivir todos nuestros sueños, sintiendo nuestras alegrías y decidiendo y construyendo nuestra propia historia, nuestro futuro.
Hace tiempo nos dimos cuenta que cuando hablamos de nuestra historia, cambian mucho nuestros pensamientos. Ahora que nuestros pensamientos caminaron para buscar el modo de cambiar las cosas, nos dimos cuenta de que la mayoría de los y las mayas de ahora no conocemos nuestra historia. La leemos como si no fuera nuestra ¡como si quién sabe a quién le hubiera pasado! Hoy sabemos que había un plan para hacernos olvidarla, para que desapareciéramos como pueblo. Y nunca pudieron lograrlo.
Juntando nuestro corazón con nuestros pensamientos, nos dimos cuenta que había dos cosas grandes adentro: La primera es la rabia que sentimos cuando escuchamos la historia contada por quienes no son mayas. Nos llenamos de coraje y nos preguntamos ¿por qué algunos que no son mayas se saben nuestra propia historia y nosotros no?
Además hay una gran mentira que nos han hecho creer: que ya no hay mayas ahora, que sólo hay yucatecos, que mejor hay que pensar en el futuro... que es una vergüenza ser maya. Por eso nos sentimos menos frente a los que nos vinieron a invadir y hasta queremos parecernos a ellos. Nos han engañado humillándonos por ser de un pueblo diferente. Hemos llegado a creer que lo maya “se quita”, “se supera”.
De ahí viene la segunda cosa que nos mueve el corazón: que la gente que no sabe la historia tiene muy confundido su pensamiento. Hay gente que llega a decir que fueron buenos los hacendados, hay unos jóvenes ahorita que dicen: “lo que queremos es trabajo, aunque sea de esclavo”.
Muchas lunas han pasado desde que en el equipo Indignación tomamos el acuerdo de escribir nuestro pensamiento. Lo hemos cumplido. Ahora también pensamos que es bueno escribir nuestra historia, pero contada por nosotros, el Pueblo Maya de Yucatán en estos tiempos.
Y muchas cosas nos han pasado que nos han mostrado cómo se escribe la historia. Por eso no queríamos que fuera una historia contada como siempre. No somos los vencidos, ni estamos acabados y mucho menos hemos desaparecido.
Tampoco queríamos la historia de los “héroes” para hacer nuevas estatuas en los parques de nuestros pueblos, para que las ensucien los pájaros y se esconda adentro a todos los que lucharon juntos y que sin ellos los “héroes” no existirían.
Queríamos contar la historia de nuestro pueblo que corre viva abajo de la otra historia que siempre se escribe, como el agua que corre debajo de la tierra. Las historias desde abajo, la historia de la resistencia, la Otra Historia.
La Historia para no olvidar y para entender lo que pasa, la Historia como un Sastún, la Historia como el canto de los pájaros que oímos y entendemos sus avisos, la Historia que guarda los secretos de los tiempos, como las hormigas en los tiempos de la lluvia o los colores con los que se viste el cielo.
Las poch-mayas, como llamamos a parte de este equipo, se reían felices cuando fuimos moviendo nuestros pensamientos. Pocheaban nuestra mirada cuando cerrábamos los ojos para entender la vida y la empezábamos a soñar y la arrullamos en la hamaca, sabiendo que en el misterio de esta larga noche, Dios nos puso un hijo y una hija para que siga la Historia. Lo aprendimos con el asombro de verlo y entenderlo. Y como hacen las parteras, abrazaron estas líneas oyendo nuestras preguntas:
¿Qué cambia en la vida de uno o en la de un pueblo, durante 20, 40, 100, 500 años?
¿Cómo se convierte una rabia en una causa? ¿Cómo se iba olvidando el pasado? ¿Cómo se organizaban los movimientos?
Y ¿qué hacían los sacerdotes y Dios con tanto dolor? ¿Quiénes fueron los que defendieron a los mayas sin ser del Pueblo? ¿Por qué se juntaban con las víctimas?
Y sobre todo ¿dónde están las mujeres en todas estas historias que no salen ni los nombres, ni los pensamientos, ni sus modos tan diferentes de hacer las cosas? Lo peor de todas estas historias que escribimos, es que no hay mujeres. Nos las podemos imaginar, pero se perdieron irremediablemente en la historia de los hombres. Y pensamos que ya no más sería así. Verán que en la nueva historia, desde abajo, las mujeres seremos iguales a todos. Pero por más que buscamos en estas historias, no las encontramos. Nada más eso nos faltó.
Así que este libro se escribió preguntando, preguntándonos, conversando, discutiendo.
Cada vez que empezábamos a escribir el libro encontrábamos cosas nuevas. Y cada cosa nueva nos llevaba a nuevas preguntas y a mirar la historia de otra manera y hasta a pronunciar las cosas de otra manera muy diferente a como lo dicen los libros. Entonces íbamos con nuestros amigos y amigas historiadoras para preguntarles... y nos animaban a seguir.
Por fin vamos a imprimir este cuaderno o libro de trabajo, o Chilam Balam como dice Pedro, y queremos que sirva para comadrear, para discutir y para conversar, porque hemos aprendido que solo así se entiende la historia, haciéndonos preguntas según lo que estamos viviendo ahorita, preguntando y compartiendo nuestros pensamientos y nuestras preguntas.
No está terminado, porque la historia sigue, pero ya paramos de escribir y les compartimos hasta dónde vamos. Por eso, este libro, si lo quieren leer solos es una cosa. Pero está hecho para leerlo conversando, discutiendo: eso que llamamos tsikbal.
Un día volvíamos de un taller ahí en el sur y estábamos riéndonos con nuestro traductor, jach mayero, que había sufrido tratando de hacer reír al grupo con los chistes malísimos que en maya no tuvieron ninguna gracia.
Atardecía en esa casi-vereda llamada carretera de la sierrita del sur peninsular cuando nos confesó que quería aprender a manejar el coche. La pilota rápidamente le cedió el timón y creyendo que era un tractor nos traía a media carretera dando bandazos. Cada “columpio” cerrábamos los ojos pensando que aparecería como un alux un auto y el hombre tan campante en medio.
Con firmeza y ternura la maestra le decía: a la derecha, a la derecha... Y aquel seguía en el centro.
Desesperadas reclamamos: ¡ponte a la derecha!
Y él inmediatamente contestó: ¡no sé cuál es la derecha!
- ¡No amueles hombre! ¿Con que mano escribes?
- Con la derecha, pero no sé dónde está la derecha en el camino... Creo que mejor otro día aprendo.
Silencio. Sentimos la tarde más gris que nunca..
Al buen rato nos dijo entre reclamo y justificación: no sé cuál es la derecha, porque nosotros vamos al poniente, al sur, al norte o al oriente en los caminos.
Y después nos dijo bajito: no les entiendo. Ustedes se paran y me muestran la derecha que queda en un rumbo, pero si giran, la derecha queda en otro rumbo, y si vuelven a girar la derecha sigue girando.
Ustedes son el centro de todos los caminos y ponen el nombre de los rumbos según se ponen ustedes y piensan que todo el mundo gira alrededor.
Nosotros no pensamos así. Si giramos y giramos y giramos y giramos, el sur siempre es el sur y el norte es el norte. Nosotros estamos en el mundo, no somos el centro del mundo.
Todo el camino fue silencio. Ese día entendimos que no solo somos dos mundos diferentes, sino que los mayas tienen la razón.
Esta historia, que es como un camino, va a ir por todos los rumbos: lak ́in, xamán, chik ́in, nojol, chum ta ́an y al final: suut...
Que lo lean como quieran, pero nosotros vamos a usarlo para ir entendiendo nuestra historia como un gran caracol, para ir metiéndonos y metiéndonos en la historia.
Cada rumbo viene con preguntas y con palabras, a veces nuevas, pero que son como una puerta... o mejor como una cueva: porque parecen oscuras pero te hacen descubrir muchas cosas y dan para mucho.
Y para cada rumbo hay úuchben ju’uno’ob. Esos papeles antiguos que nos van a servir para conversar, así que vamos a intentar una traducción. Todo está por arreglarse porque es la primera vez que lo hacemos. Si hay algún especialista que quiera ayudar, bienvenido o bienvenida sea. Nosotras de por sí ya empezamos a caminar.
Aquí están nuestras palabras. Hay muchas cosas que no escribimos, pero como dijo un Juan: no cabrían ni en mil libros. Lo que nos interesaba contarles, por ahora, aquí quedó escrito.
Chablekal, primer katún del levantamiento maya de 1994.
Bety, Randy, Pepe, Raúl, Martha y Cristina.
Postdata: Este cuaderno es una idea del equipo de derechos humanos Indignación AC, en donde trabajamos mayas y no-mayas. Las fotos y el diseño son originales nuestras, pero las historias son de tantas y tantos que nos acompañan en esta aventura. Y como no nos gusta lo de la exclusividad ni los “derechos reservados”, esto se puede copiar y difundir a gusto y sin remordimientos, sólo échennos la culpa siempre.
Postdata de la postdata: Esta edición se imprimió con la solidaridad del Fondo para los Derechos Humanos Globales y el fondo noruego Det Norske Menneskerettighetsf.


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