20 de agosto de 2007

BIENVENIDA a la primera colabor@ctriz de La otra chilanga.

Cuando leímos Las intermitencias de la muerte nuestra melcochonería nos hizo imaginarnos a aquél maduro violoncelista, personaje de Saramago; más aún, queríamos ponernos en su lugar. Sueños, meros sueños. Afortunadamente, parafraseando a Ramón Cotarelo, los blogs son lugares donde caminan los sueños y esta vez el caminar se confirma pues al equipo de colabor@ctores de La otra chilanga se suma una nueva personalidad.

Para ella, si es que es "ella", las presentaciones sobran. Según san Juan, o quien se haya hecho llamar así, el día del Juicio Final cabalgará junto con sus carnalitas la Peste, el Hambre y la Guerra, y el mundo se parecerá más a cierto cuadro famoso de Brueghel "El Viejo" que a las pinturas fast art de Bob Ross.

Generalmente, si nuestra imaginería está instalada más en la plástica europea medieval, se nos presenta vestida con una larga túnica con capucha, portando una su guadaña; quizás como reminiscencias de aquellas tres helénicas damas que mientras una hilaba y deshilaba las vidas de sus "protegidos" y otra las sostenía en vilo, la tercera las cortaba. (¿Sólo las vidas de aquellos antiguos griegos?, parece preguntar una R monsivaiéstica). Pues sí, nada más las de aquestas y aquestos; en este lado del planeta, por ejemplo, parece que la chamba la hacía el matrimonio de la señora y señor que residían en el Mictlán.

En lo personal, yo prefiero la apariencia, digamos, apacible de la dama blanca que se toma del brazo de José Guadalupe Posada mientras en su mano sostiene lo de un pequeño Diego Rivera pintara para el extinto Hotel del Prado, que la de esa señorona sentada en una suerte de trono con el mundo, nuestro mundo (que es nuestro porque en él estamos y no porque nos pertenezca), en sus manos. A lo mejor porque quisiera que mi despedida última fuera un tanto cuanto más irreverente que lo solemne que se supone debe ser.

Bienvenida sea, pues, nuestra colabor@ctriz primera, sobre todo si con Saramago anhelamos que sea también nuestra amante última. Sueños, meros sueños.

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