Publicado en Reforma, Sección Cultura, el 17 de agosto del 2007.
José Ramón Enríquez.
Aunque afortunadamente ya no estamos en los tiempos de un solo partido y de una puerta única para acceder a los beneficios del Ogro Filantrópico, la libertad de pensamiento que nuestros analistas se permiten suele verse acotada por los cacicazgos de siempre o por los nuevos en turno. Cacicazgos que se han visto fortalecidos desde la crispación electoral del 2006, hasta llegar a construir un auténtico catecismo de dogmas cuya más mínima puesta en duda impide cualquier conversación, inclusive amistosa o familiar.
Por eso la independencia de Roger Bartra lo vuelve un caso especial entre nuestros ensayistas. Su libro Fango sobre la democracia recoge textos que no sólo han sido polémicos sino que han enfurecido a diestra y siniestra. Furia acrecentada por el simple hecho de tener razón y demostrarlo. Las críticas más estructuradas que conozco contra ese libro han sido sobre lo que Bartra dejó de decir, pero aun en tales casos ha sido aceptada su independencia.
Y no son la originalidad y la independencia las únicas cualidades de Roger Bartra. Su inteligencia me resulta impresionante así como su voluntad constantemente irónica de llevar la contraria a cualquier lugar común, aun al más políticamente correcto, Pero, sobre todo, su voluntad literaria. Para mí es ésta la característica esencial: Bartra creció demasiado cerca de la poesía como para olvidarla en su estilo, aun cuando escriba sobre ciencia social.
Por eso el Bartra de los últimos años que, al margen de la inmediatez política, ha viajado del análisis del salvaje occidental a la antropología del cerebro me ha resultado especialmente enriquecedor. Inclusive porque me descubrió una obra de Lope para mí desconocida, El animal de Hungría, que Ignacio Escárcega me invitó a montar en la ENAT.
Tras Cultura y melancolía. Las enfermedades del alma en la España del Siglo de Oro, Bartra publicó El duelo de los ángeles: locura sublime, tedio y melancolía en el pensamiento moderno, que permitió a un lego como yo acercarse a la locura sublime de Kant, a la ética pagana de Max Weber y al tedio de Walter Benjamin. Gracias a los tres ensayos sobre estos pilares del pensamiento moderno (“La melancolía como crítica de la razón”, “El spleen del capitalismo” y “El duelo de los ángeles”) las profundiades más hondas de los tiempos que vivimos salen poéticamente a la superficie.
En su último libro, Antropología del cerebro, Bartra se ha vuelto neurólogo. Es el que más me ha exigido en la lectura porque yo, más allá de Oliver Sacks (con su Antropólogo en Marte, su Hombre que confundió a su mujer con un sombrero y su Migraña que tanto ayudó a la mía) sólo sé de neurología lo que he oído a mi psiquiatra. Sin embargo, en la idea misma del exocerebro he encontrado iluminaciones no sólo para la teoría del arte en general sino para el fenómeno de la actuación en particular.
En otro texto, Bartra explicaba así el concepto central de exocerebro: “La conciencia deviene uno de los problemas que más inquietan a la humanidad. Filósofos, antropólogos y neurocientíficos, han tratado de desvelar sus misterios estudiando el interior (cerebro) y el exterior (cultura) de los sujetos. Sin embargo, frecuentemente, estos estudios son llevados a cabo de manera discriminada. La hipótesis del exocerebro pretende plantear a ambos –interior y exterior- como sobredeterminados e imposibles de ser separados”.
La existencia de un cerebro tanto fuera como dentro del cráneo, y de una conciencia que puede venir de fuera hacia dentro del propio ser, abren caminos que en estas notas apenas me atrevo a delinear.
Caminos que invitan a ser atendidos más adelante con el cuidado que puso Pirandello en sus Seis personajes en busca de autor, que llegan de fuera (exo) para entrar en el actor y comenzar auténticamente a ser.
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