
Hace poco más de cuatro años escribíamos que cuatro años atrás, la noticia de la muerte de Manuel Vázquez Montalbán, el imprescindible, diría Luis Hernández Navarro, me significaría de un modo parecido a como lo escribe Maruja Torres en El País el 21 de octubre de 2003: "es mentira". No, no fue mentira; el creador de Pepe Carvalho había fallecido tres días antes (algunos medios dijeron que cuatro) en Bangkok. Años atrás habíamos leído sus Marcos, el señor de los espejos y Panfleto desde el planeta de los simios. De éste último hemos transcrito para La Otra Chilanga algunos fragmentos de los primeros capítulos: Los sacerdotes nos han abandonado y ¿Y qué decir de los intelectuales? Vamos con la primera de tres entregas. Que les sea leve.
P.S. Los comentarios vertidos en las entradas se registraron la primera vez que publicamos estos textos. Como podrán comprobar, ni los textos ni los comentarios han perdido su vigencia; más bien todo lo contrario.
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Los sacerdotes nos han abandonado
Los partidos políticos ideologizan, programan, prometen, gestionan y se oponen. El papel de los ciudadanos es delegar en el político la gestión de la cosa pública con mayor o menor deferencia y renovarle esa delegación mediante cheque casi en blanco, cada cuatro años por término medio. Durante ese período será el político como especialista el que ejercerá el poder de conducción del pacto social implícito, sea la simple gestión o en ocasiones tratando de transformar las reglas del juego dentro de lo que permite el orden preestablecido.
Para desempeñar esta función, el político contemporáneo necesita saberes complejos y complementarios: el económico, el legislativo-administrativo, el propagandístico y el organizativo.
[…]
Estos saberes reunidos en una sola persona le conceden el grado de sumo sacerdote de la conducta social, de gran chamán de una religión hermética. Muchos ciudadanos dimiten ante este conjunto de difíciles saberes específicos en los que intervienen códigos tan cerrados, jergas tan especializadas que parece como si la política se alimentara y autojustificara a partir de un saber necesariamente inaccesible para la inmensa mayoría, abstracto sujeto histórico al que sólo le queda confiar en la buena finalidad del chamán que ha escogido.
[…]
Una vez escogida una doctrina y sus siglas partidarias, el criterio del político más contemporáneo y común suele formarse mediante sondeos de opinión para detectar cuál es el estado de receptibilidad de la conciencia social ante cualquier legislación o ejecución. Doctrina original y programa de partido deberán adaptarse, cueste lo que cueste, a ese veredicto, aun a riesgo de perder todo presupuesto ideológico y la identidad partidaria. Cada vez importa menos la defensa de lo que se cree necesario y prima ofrecer lo digerible para que el cliente social no se irrite con el chamán que le ha propuesto lo inaccesible, lo incomprensible, es decir, lo innecesario […] El político ofrece su mensaje-mercancía mediante la dictadura del marketing, a la luz cada vez más débil de la ideología motriz explícita, no vaya a afectar negativamente la disposición receptora de la mayoría social que se aspira a transubstanciar en mayoría electoral.
[…]
La conducta política más abundante se mueve desde la hegemonía del funcionalismo del partido concebido como una relación programa y máquina, en la que cada vez la máquina es más importante que el programa, porque está fundamentalmente dirigida al objetivo electoral, a la legitimación mediante la victoria y el poder de la función del especialista. Del cliente electoral sólo preocupa mantenerlo hibernado hasta la próxima convocatoria a un bajo nivel de expectativa opositora, la suficiente para que pueda reactivarse unas semanas antes de las elecciones. La doctrina, la ideología e incluso el programa, ya tendrán entonces su espacio publicitario.
Los partidos actuales son la sombra, en el sentido menos banal de la palabra, de lo que fueron. La sombra de una idea y el residuo, por tanto, de unas ideas originarias, causales, transformadas y modificadas por una práctica, por una gimnasia histórica que de hecho ha conducido a conseguir el poder y a mantenerlo o a vivir de precarios ahorros de instalación histórica. Los políticos son los rutinarios sacerdotes de iglesias rutinarias.
Este carácter degenerativo afecta por igual a las dos grandes familias partidarias en ejercicio: la liberal-conservadora y la socialdemocracia.
El partidismo de carácter conservador se ha disfrazado de liberal-conservador para ofrecer una alternativa de centro, en el supuesto de que la izquierda la ocuparan socialistas y comunistas. La teoría liberal concibe el partido como un cuerpo doctrinal dispuesto al fair play de la libre concurrencia de las ideas, dentro del mercado de la opinión, en el que los ciudadanos son libres de comprometerse, buscando una correspondencia entre esa propuesta política y sus propias necesidades. La pureza inicial teórica está falsificada por diferentes factores: el poder factual que depende de la vinculación con grupos económicos, mediáticos y estratégicos, nacionales e internacionales dominantes; la tendencia del capital a fortalecer los aparatos partidarios que le son más proclives; los elementos culturales de fijación y anclada en el pasado o en ideas instrumentalizadas por los vehículos ideológicos del bloque dominante, casi inamovibles, difícilmente cuestionables a través del supuesto libre juego de concurrencia de las ideas. En la medida en que le objetivo sea fundamentalmente la conservación del poder, en la legitimidad de la consolidación de la mayoría social y la mayoría electoral, hay una tendencia evidente a la instalación en la doble verdad a partir de la coartada del bien común y la finalidad real del bien de la elites del poder.
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Cuando se ha de respetar la soberanía del Príncipe popular, soberano de su voto, se desarrolla una ética de poder basada en la doble verdad, la doble moral, y la doble contabilidad que tiene su expresión más escandalosa en la legitimación liberal de los secretos de Estado, los teléfonos pinchados, el chantaje de los dossiers y los fondos reservados.
Sin embargo, estas críticas de fondo habitualmente dirigidas contra la política conservadora o enmascarada de liberal-conservadora han quedado un tanto injustificadas a la vista de que buena parte de las formaciones políticas de la izquierda se guían por la misma lógica.
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Originalmente la izquierda concebía el partido no como esa entidad abstracta, falsamente interclasista, del liberalismo, que tiene un proyecto doctrinal al alcance de toda la ciudadanía, sino como una superestructura antitética con respecto a las que representan a la clase dominante. Esa concepción marxista ha desarrollado dos familias de partidos. Una refleja la estrategia socialdemócrata que a partir de 1917, para diferenciarse de la Revolución comunista soviética, decididamente se adecua a lo que la sociología llamaría principio de competición frente al de conflicto. El partido, dentro de una pluralidad de partidos, hace su oferta, pero en nombre de un sector social mayoritario, mucho tiempo oprimido, que le ha nombrado su médium para cambiar la finalidad histórica respetando las reglas del juego democrático liberal […] A lo sumo conserva como banderín de enganche el imaginario populista que llevó a un dirigente socialista a llamarle partido de los “descamisados” […] independientemente de que el supuesto socialista desnudo se haya quitado la camisa prêt-à-porter o una camisa Giorgio Armani.
[…]
La otra familia de partidos de clase sería la leninista, fundamentada en la categoría sociológica del conflicto. El partido, si es instrumento de una clase social ascendente, lógicamente ha de chocar con los intereses de la superestructura del bloque dominante anterior. Por lo tanto, ha de tender a una lucha violenta, aunque la ejerza en nombre de unos principios liberales. El Estado se ha conformado en función de unos intereses de clase y, para desalojar a la que está en el poder, hay que recurrir a la violencia. Esa violencia no tiene por qué asumir sólo una lectura de lucha armada, pero así se ha hecho desde la Revolución soviética hasta la renuncia al principio de la dictadura del proletariado, no por todos los partidos comunistas, a fines de la década de los sesenta.
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Buena parte del mucho morbo que ha aportado el siglo ya perecedero ha sido el referente del comunismo y de la lucha de clases en cada país e internacionalmente. Asumiendo el fracaso histórico del modelo soviético, por sus propios deméritos y por la presión internacional capitalista que tuvo que soportar desde sus orígenes, el movimiento comunista ha dinamizado las conquistas sociales en todo el mundo y la Historia misma […] En un momento histórico en el que la socialdemocracia acentuaba su entreguismo crítico ante el capitalismo, han sido los comunistas de diferentes tendencias, incluida la anarquista, los que han mantenido la tradición de una izquierda movida por el imperativo moral de la emancipación.
Desde 1945 hay que hablar de dos culturas del marxismo originalmente radical y, a partir de 1917, marxista-leninista. Por una parte la que caracteriza el modelo soviético de poder que mantiene y perpetúa el esquema leninista y la visión del político y de la política como un instrumento revolucionario de lucha de clases que pasa por la dictadura de clase, por el partido único y por el Estado completamente copado por esta clase ascendente, al menos, teóricamente. En la práctica, la metafísica del partido único y el Estado de clase, condujo a la dictadura de la burocracia y al estatalizador exterminio de la capacidad de iniciativa del individuo, a la inexistencia de sociedad civil y a la pérdida de todo espejo que reflejar lealmente las monstruosidades de la sociedad soviética.
Otra cultura de marxismo radical es la que asumen esquizofrénicamente, durante un largo período, los partidos en la oposición en los países de capitalismo avanzado. La esquizofrenia se plasma a partir de 1945 en una contradicción que no es solamente formal, sino también de contenido. Pese a su origen doctrinal leninista de partidos escogidos en exclusividad por la Historia para cambiarse a sí misma, invirtiendo la violencia del Estado burgués por la violencia del Estado proletario, de hecho han actuado como formaciones políticas parlamentarias, lo que acabó afectando su morfología como partidos revolucionarios y su cultura de comportamiento. De esa conducta social democratista derivan una visión y una lectura de la realidad coincidentes con la perspectiva del socialismo democrático, sin las servidumbres de los partidos socialistas como instrumentos de defensa de la ratio capitalista para impedir la llegada de los bárbaros de comunismo soviético.
A partir del fracaso del modelo soviético y del desbordamiento del marxismo autocrítico disidente, forjado en el interior de los países del bloque socialista […] los partidos comunistas o ex comunistas tienen como única posible salida cultural hacia el futuro [convertirse en] una formación política de transformación [que] ha de ser a la vez partido de lucha y partido de gobierno.
Es decir, una formación política que trate de luchar por el poder democráticamente, confiada en la posibilidad transformadora de las instituciones, pero que no descuide otros instrumentos de transformación que deben venir de la presión de la sociedad. Habría que añadir el paradigma anarquista de que todo poder es intrínsecamente sospechoso y que por lo tanto ha de estar constantemente bajo vigilancia popular, o social, si se quiere un adjetivo menos dramatizador, lo ostente quien lo ostente. Pero asumir este principio higiénico ha sido, hasta ahora, pedir demasiado a cualquier partido político con voluntad y posibilidad de hegemonía, por muy inteligente que sea su intelectual orgánico colectivo.
Desde la internacionalización de la lucha de clase que implica la formación del Estado soviético y el resultado de la segunda guerra mundial con la hegemonía bipolar, el estancamiento histórico fraguado por la disuasión mutua y el equilibrio del terror atómico, los partidos políticos de uno y otro signo, pertenezcan a la tradición cultural liberal o a la tradición cultural marxista, han vivido condicionados por estrategias macropolíticas y escasamente creativas […] Eso sí ha aportado casi la presunción, no de un final feliz, sino de un final infeliz de la Historia , muerta de parálisis, de empate histórico, frenada cualquier posibilidad de dinámica directa de conexión de formaciones políticas con la sociedad real a la que en el mejor de los casos el especialista, el tecnócrata político, se ha limitado a traspasar la consigna: ¡Silencio! ¡Se vota!
¿Se puede esperar que el político médium, ese sacerdote imbuido de propias razones de carácter profesional y corporativo, plantee la necesidad de modificar la finalidad del sistema y ayudarnos a salir del planeta de los simios que él ha contribuido a establecer?
[…]
Son profesionales de la política y si esa cualidad les hace expertos también les hace corporativistas. Para entender qué les hace ser lo que son, todavía hay que acudir a las categorías que formulara Max Weber en su corto y densísimo trabajo sobre la política como profesión[:] Legitimidad que al político le viene del pasado […] Se siente imbuido de una representatividad de carácter providencialista a tenor con el sentido tradicional de la historia que le lleva a creer que existen, por ejemplo, mayorías naturales, que están en conexión con las propias leyes naturales del juego político y la relación social.
[…]
Otro elemento de legitimidad sería el carisma debido a las cualidades que el político haya alcanzado como guerrero, profeta o demagogo, interpretando demagogia como la capacidad de influir mediante la palabra, el lenguaje […] La matanza o amenaza de matanza de cualquier enemigo de la nación suele robustecer el prestigio electoral del político mucho más que las medallas olímpicas o las copas de Europa o del Mundo de cualquier deporte que ganan sus indígenas.
[…]
El político que se vale de sus atributos carismáticos no depende sólo del encanto de su singularidad entre otras singularidades, evidencia que normalmente sólo le reconoce su madre. Precisa del constante concurso de las maquinarias de la persuasión social para conseguir ese refrendo, en apariencia mágico, que le convierte en el líder correspondiente a lo sublimados deseos ocultos de la sociedad.
[…] Ese político carismático ¿nace?, con la estimable ayuda de la herencia genética, o ¿se hace?, gracias a la cirugía estética de la tecnología mediática […] La legitimidad democrática del político no depende sólo del constitucionalismo que le ha llevado al poder, sino de poderosas maquinarias de persuasión e inculcación de necesidades teledirigidas que están en condiciones de desvirtuar la mismísima legitimidad democrática.
¿Qué puede hacer el peatón de la Historia ante una propuesta de líder carismático introducido en los mejores estuches por los más sabios del lugar en la presentación de mercancías golosas? Esa propuesta de líder carismático, necesario, irreversible, convertido en un sistema de signos y de guiños, suele quedar al margen de la capacidad de descodificación de la mayoría, del mismo modo que nunca están al alcance de la mayoría social todos los instrumentos que hacen posible la lectura de un diario o de un medio de comunicación. Para empezar, esa mayoría supuestamente soberana […] no sabe quién es el propietario de los medios, ni qué intenciones históricas y políticas le mueven detrás de todas las apologías encendidas a la sacrosanta audiencia o del no menos sacrosanto interés general.
El político actual es un profesional y un técnico […] con intereses de identidad y supervivencia que le llevan a la instalación en el poder cueste lo que cueste y desde una lógica cerrada de secta. En esa lógica coincide con los demás políticos, aunque sean sus adversarios, sabiduría secreta cuasimafiosa, que nunca consideraría oportuno compartir con el consumidor de sus propuestas políticas: nosotros, que aun siendo correligionarios, siempre seremos considerados clientes a los que hay que vender algo. Baste recordar el comportamiento mayoritario del estamento político cuando se le enfrentan movimientos sociales extraparlamentarios […] Sólo se acepta, como un rasgo de bienhacer social, la pequeña reserva de políticos de la oposición más recalcitrante, prueba de que la democracia se lo traga todo, o la reserva chorekee de los intelectuales críticos, para así poder referirse a ellos de vez en cuando, y muy preferentemente en las ceremonias fúnebres, con el paternalismo lógico del político pragmático frente al intelectual especulador, soñador o somnoliento. Pero en el fondo, el capitán Garfio, profesional del poder, desprecia a Peter Pan porque se niega a crecer, es decir, a tener la misma estatura y los mismos garfios que el capitán Garfio.
Panfleto desde el planeta de los simios
Manuel Vázquez Montalbán
Edit. Crítica (Grijalbo Mandodari). Barcelona, 1995.
Todos los derechos reservados.
Manuel Vázquez Montalbán
Edit. Crítica (Grijalbo Mandodari). Barcelona, 1995.
Todos los derechos reservados.
5 comentarios:
Interesante , creo que llevo 2 leidas y cada que vuelvo a leerlo encuentro mas elementos ...
Mmmm mi pregunta seria
¿Un politico nace?
¿Se hace?
¿o lo crean? asi como a esos personajes de ficcion????
Gracias por la lectura =)
PD: Con respecto a lo otro Sebastian agradesco mucho el apoyo y que pongas tu blog a mis ordenes...
Pero creo que esta vez no merece la pena , es algo que debo soltar y aprender de ello ...
En la vida tendremos muchos raspones y no creo que este sea una herida en la cual tenga que luchar para surcir ..
Todo cae por su propio peso ...
Simplemente estoy dejando que el tiempo acomode y de curso a los asuntos ...
Por otro lado estoy cuidada..., y soy muy precavida en lo que hago con respecto a mi seguridad=)...
Creme que el sentimiento que a me a vinculado a este TEMPLO , es mutuo =)
UN beso enorme y seguimos en pie ;)
Esta como otras lecturas de su tipo son sin duda para hacer un análisis profundo sobre la situación actual de la política global y la de nuestro pais.
En parte considero cierto lo que comenta sobre los partidos políticos actuales.
El objetivo es ganar... y de ahí lo que venga y como venga... "sobre la marcha"... eso es lo que siento yo.
No dudo que existan buenos políticos educados para serlo... pero definitivamente lo que necesita nuestro país es un lider nato que no esté ciego ante las injusticias de un sistema corrupto, que tenga hambre de verdad y amor a su pueblo... amor a su pueblo que es lamentablemente el sentimiento del que muchos políticos carecen.
Ya no habrá más novelas policiacas sobre mi ídolo gastronómico: Pepe Carvallo.
VaLKyRiaa, según Aristóteles los seres humanos somos animales políticos, de ser así ya venimos, si no con la torta, sí con el manifiesto bajo el brazo; el asunto, creo, es qué nos hace olvidar que lo somos sin ni siquiera darnos cuenta de ello. Yo preguntaría entonces, partiendo de que nacemos siendo políticos, ¿cuándo nos deshacemos de ello?, ¿cuándo nos descreamos?
Con respecto a lo otro, no tiene usted nada qué agradecer e insisto: este rincón virtual está a sus órdenes para lo que pluguiera. Su determinación no me sorprende y la saludo, ¿qué más podría esperarse de una mujer giganta?
Me reconforta pensar que se cuida y la cuidan (así me suena aquello de: "estoy cuidada..."). Soy yo quien debe agradecerle por el brillo de sus ojos mirando hacia este rincón virtual y la deferencia de sus palabras. Besos de retache.
Bettina, celebro que le parezca útil este juntar las palabras de don Manolo Vázquez Montalbán. Estoy de acuerdo con usted cuando dice: "No dudo que existan buenos políticos, educados para serlo" y que lo que necesite nuestro país sea "un líder nato que no esté ciego ante las injusticias de un sistema corrupto, que tenga hambre de verdad y amor a su pueblo"; ¡qué bien suena eso dicho así como usted lo dice; pero, siguiendo un poco algunas ideas que me surgieron en la charla con Valkyriaa, personalmente creo que aun nos es más necesario que ese pueblo tenga también hambre de verdad y deseé darle la vuelta a la tortilla a el sistema corrupto que padecemos; un pueblo, pues, que entienda que quien está "arriba" no es un mandón sino un mandatario; es decir, que recibió un mandato de quienes estamos "abajo". Por lo tanto, no debemos dejarlo gobernar solo, debemos hacer que mande obedeciendo; pero no lo conseguiremos si nosotr@s, "abajo", renunciamos a nuestro poder de obedecer mandando... ¿luego porqué se dice que los pueblos tenemos los gobiernos que merecemos?
Carmen, ya no las hay desde hace cuatro años, y viera cómo las extraño.
Que buen texto y que complejo, tendré que volver a leerlo y desglosarlo.Concuerdo en que uno es político por naturaleza,aun en la omisión estamos (como dijera mi querido sebastián)tomando una postura política;pero que pena que el pueblo necesite de un líder para creer y moverse hacia el ideal de un mundo mejor, en vez de confiar en la fuerza que por sí mismo tiene, y confiar en que se puede organizar, tomando a los lideres sólo como parte de la organización y no como cristos nuevos que nos vienen a salvar,o como el padre que nos viene a proteger y a defender de los malos,y que termina decepcionando por que no cubre con el sueño y las espectativas(ilusa e irresponsablemente creadas), para sentir que traicionados(por que no asumimos lo que nos corresponde, no queremos crecer)volvemos a estar a la deriva huérfanos.Y así con tristeza nos vemos envueltos en el juego del marketing, siempre esperando la llegada del mesías, cayendo en el último grito de la moda en política como veletas,buscando sólo la comodidad inmediata (que nos brindan por ejemplo los programas asistenciales y que nos colocan en una falsa posición clientelar - por que en realidad los verdaderos clientes son otros,los empresarios, el narco,etc.-la ley de la oferta y la demanda.)y no una solución real.
Me pondré a leer de nuevo el texto y a reflexionar en el.Muchas gracias.
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