Un abrazo, Jaime; un abrazo, hermano.
por: Jaime Luis Brito.
Más o menos como a los 10 años, cuando los padres todavía podían obligarme a hacer cosas, me obligaban a ir a misa. Los domingos no eran muy bien recibidos porque había que enfrentar ese ritual antiquísimo. Jorge, mi hermano menor, y un servidor, nos escondíamos de las viejitas regañonas en un viejo confesionario. Y ahí, jugábamos en silencio, mientras pasaba la tortuosa homilía.
Ya para entonces un sacerdote alto, calvo y con voz de trueno, levantaba su voz desde el altar. No hablaba de un dios muerto o allá en el cielo con dedo flamígero. Hablaba de un dios preocupado por la situación en el mundo y preocupado por la indiferencia de sus hijos, metidos en la televisión.
Quizás por eso me gusta contar historias, analizarlas, desmenuzarlas. Porque, como dice Jorge, tal vez yo jugaba o fingía que jugaba en el confesionario, pues quizás sí ponía atención a los profundos análisis de la vida pública, política y social en que convertía su homilía domingo a domingo. Porque aquel sacerdote exigía a sus oyentes tres cosas básicas: la Biblia en la mano derecha, el periódico en la izquierda y la cabeza sobre los hombros. Ver la realidad, analizar a la luz del Evangelio y luego tomar decisiones, actuar en consecuencia, salir y cambiar eso que estaba mal. La pedagogía del oprimido de Paulo Freire.
Rogelio Orozco Farías, incansable promotor de la lectura de la Biblia, provocador incorregible e impulsor de las luchas y causas mejores, partió ayer y la pérdida es grande y profunda. Su voz no había sido acallada ni siquiera por el tanque de oxígeno que desde hace mucho lo acompañaba a todas partes. La última vez que hablé con él, lo hice en el trayecto de Loma de Mejía a su casa. Con todo y respirador, el padre había llegado hasta ese terreno agreste para celebrar a la Tierra y manifestar así su inconformidad con el basurero de PASA y Giles Sánchez.
La última vez que lo vi con vida estaba sentado a la derecha de Javier Sicilia en la ofrenda del zócalo. Quería, a pesar de su silla de ruedas, ir a la marcha a México. Y llegarás padre, llegarás el domingo; te lo aseguro. Este viernes se celebrará una misa en la capilla de la Tercera Orden, en Catedral, y por la noche sus restos serán incinerados. Como le dijo Casaldáliga a Don Sergio, “descansa padre, si puedes, que no te dejaremos sosegado”. Vale.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario