Publicado en Reforma, Sección Cultura, el 2 de noviembre de 2012.
Por José Ramón Enríquez.
Editada por el Instituto Sonorense de Cultura, Trilogía bajo el agua de Sergio Galindo, recoge tres obras referidas al ahogamiento de Batuc, Tepupa y Suaqui, allá en la Sierra de Sonora. No fue la naturaleza la que encabritó las aguas del río Moctezuma para desaparecer esos tres pueblos mártires, fue una decisión burocrática la que los anegó para construir la Presa Plutarco Elías Calles hace apenas 40 años.
Cuando aquello ocurría, Sergio Galindo, autor de las tres obras teatrales que conforman la Trilogía era un “adolescente, casi niño, acuclillado en aquella esquina conocida como el mentidero de don Manuel Cruz”, y, en sus propias palabras, recibió la noticia como “un golpe seco a la ingenuidad de mi infancia. En soledad, callado, tuve una revelación. El pesar y la impotencia de no poder expresar mi indignación... empezaron a incubar el primero de los textos que muy pronto se convertirían en una trilogía”.
Desde luego, la justificación para la desaparición de aquellos tres pueblos estaba cimentada en la palabra mágica “progreso”. Y, como siempre que se enarbola esta bandera frente a los pueblos que se consideran primitivos, el progreso llegó como orden despótica envuelta en un lenguaje de “civilizadores” que, por principio, debe resultar un galimatías para las víctimas.
Así llegaron los conquistadores a anunciar en lengua incomprensible, primero, que los pueblos conquistados quedaban como súbditos de la corona española y, en segundo término, que esa nueva servidumbre les traería una nueva religión que habrían de comprender como quisiera Dios.
Siglos después hacemos lo mismo: anunciar el progreso sin tomar en cuenta ni la inteligencia ni la voluntad de quienes deben, encima, agradecer la violencia que sobre ellos se ejerce. Los resultados han sido desastrosos: el campo mexicano es una ruina y la fuga hacia el norte de nuestros campesinos es una productora de divisas para nuestra orgullosa macroeconomía. Somos exportadores de esclavos e importadores de maíz con una sonrisa de satisfacción en nuestros labios.
El niño “acuclillado en el mentidero” fue llamado por el teatro para hablar con su tiempo y para traer a los de hoy las voces ahogadas de los de entonces. Así escribió, montó, y en algún caso actúo, las tres obras que forman su Trilogía: Agua pasa por mi casa, Más encima... el cielo y El último vaquero.
Las tres han sido un éxito sobre todo en el noroeste, pero no sólo allí. La idea de que hay obras “regionales” que sólo pueden verse en su ámbito ha frenado el teatro mexicano. Ni hay obras “regionales” vedadas para lo universal, ni hay obras “cultas” vedadas para los incultos, ni hay obras “universales” que aburren a los contemporáneos.
Todas estas vedas y definiciones de los gustos y las inteligencias de los pueblos son una cursilería paternalista que debemos erradicar. Hay buen teatro y mal teatro. Y, así, Lorca llevó, con La Barraca y por los pueblos, nada menos que El gran teatro del mundo de Calderón, Orson Welles montó Macbeth en 1948 con actores negros en pleno racismo norteamericano o Susan Sontag montó Esperando a Godot en plena guerra en Sarajevo. El genio trasciende las limitaciones de quienes dictan “los gustos” desde las capillas, capillitas y catedrales culturales.
Y la aparición, como libro, de esta Trilogía la pone al alcance de quien quiera leerla y hacer su puesta en el propio imaginario o llevarla a escena en cualquier rincón de nuestra geografía.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario