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Voy a decir lo que escuché el pasado 21
de diciembre.
No la voz de la estupidez clamando la
llegada del fin del mundo.
Tampoco la servil estulticia de quien
vende
El pasado glorioso a cien dólares el
show
Y le llama oferta turística o año de la
cultura maya.
Escuché,
en el maduro tiempo del adviento,
el estruendo de un prolongado
sacudimiento.
Como el sonido del trueno que viene
después del rayo
Así escuché 1994 en el año 2012.
De la escondida cueva del olvido
Emergió el tempestuoso paso de la
historia:
Los siglos de desprecio montados en la
morena piel,
La miseria convertida en alimento
cotidiano,
La discriminación enfrentada con
gallardía.
Escuché
El grito del primer día de enero
Repetido hasta el infinito
¡Libertad, justicia, democracia!
El contenido grito de cientos, miles de
pueblos,
Cansados de no ser, de no existir,
De no ser dueños de su propia vida,
De ser un hueco negro en el mapa de su
propia patria.
Y el grito se extendió como un reguero
Como un twitter lanzado hacia mil
corazones
Y atravesó fronteras
Y se juntó con millones de clamores
Que se reconocieron detrás del rostro
oculto
Bajo el pasamontañas.
Escuché,
Tras el estallido del fuego justiciero,
Los pasos en las calles
De todas las ciudades y los pueblos
Pidiendo como Lennon
Give
peace a chance!
Y a los originales pobladores de estas
tierras
Obedeciendo el mandato,
Y el fuego de la montaña apagándose
Para que se encendiera el fuego de la
palabra.
Escuché
La tierna palabra solidaridad
Derramándose en las mesas de
negociación, rodeándola.
Y detrás, del otro lado,
La arrogancia vestida de saco y corbata,
La palabra como pretexto para ganar
tiempo,
La deshonestidad hecha gobierno.
Escuché
El suave ruido de las plumas al
deslizarse
Sobre el papel arrugado de los acuerdos,
La palabra empeñada,
La incubada traición de color blanco.
Escuché
El Wannsee de Zedillo que incluía
El decreto de exterminio
Y la voz de asentimiento de todos sus
secretarios
O su silencio cómplice.
Escuché
La voz de Ramona y de Esther,
La marcha del color de la tierra,
Las ráfagas luminosas contenidas
En cada Declaración de la Selva
Lacandona,
La incesante lucidez del Sup Marcos,
La decisión firme de llamarse
resistencia,
Batalla contra el olvido,
Integridad frente a la hipocresía.
Escuché
Los oídos zapatistas escuchando
Los cientos de dolores,
Las heridas abiertas de los pueblos,
En ese caminar que fue nombrado
La Otra Campaña.
Y encontré sabucanes repletos de
esperanza,
Colisión de rebeldías,
Atisbos de otro mundo floreciendo.
Escuché
La construcción de Juntas de Gobierno,
De autónomos municipios,
De otra educación y otra salud,
La legitimación de sistemas normativos,
La otra humanidad desarrollándose
-digna y silenciosa-
En las montañas del sureste mexicano.
Escuché
Al pueblo maya tomando
Las riendas de su vida y su destino
Sin pedir permiso,
Sin buscar aprobaciones,
Simplemente viviendo según su ley y su
deseo,
Como cualquier pueblo libre
De cualquier planeta,
De cualquier galaxia posible.
El 21 de diciembre de 2012
He escuchado
El ruido del derrumbe,
La desaparición anticipada
De palabras que no caben en un poema:
Capitalismo,
Explotación
Y muerte.
Escuché la semana pasada
-y aún no lo creo-
La risa del futuro.
Fue el mejor regalo navideño.
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