Raúl Lugo Rodríguez
www.raulugo.indignacion.org.mx
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Para
Alberto Patishtán
Esperando
pueda celebrar su próximo cumpleaños en libertad
Con honda preocupación nos llegan
noticias de la dolorosa situación de las y los migrantes centroamericanos que
intentan cruzar nuestro país rumbo a la frontera con los Estados Unidos. El
sufrimiento a manos de la delincuencia organizada y su cómplice, el Instituto
Nacional de Migración, convierte el tránsito de los migrantes a través de
nuestro país en un verdadero infierno.
Este sufrimiento, sin embargo, al que se
une el de los defensores de los derechos de los migrantes, constantemente
amenazados de muerte en los diversos albergues del país, puede oscurecer las
raíces de la tragedia. El fenómeno migratorio no es una realidad reciente. Ha
acompañado la historia de la humanidad desde sus inicios. Los desplazamientos
humanos han creado, a través de los siglos, nuevas poblaciones y ciudades y han
enriquecido muchas culturas. El actual holocausto migratorio, como lo llama el
entrañable Fray Tomás González, es no obstante un fenómeno nuevo. Y esto es así
porque el mundo entero vive sometido a un ‘orden’ económico injusto que aumenta
las desigualdades y decreta la muerte de los seres humanos sobrantes. El
sistema de capitalismo salvaje que vivimos cumple a la perfección aquel adagio
bíblico: “Mata a su prójimo quien le arrebata el sustento; vierte sangre el que
quita el jornal al jornalero” (Sir 34,22).
Como si fuera una ley inexorable, Adam
Smith sostenía en su obra La riqueza de
las naciones (1983) que los mercados siempre dejaban morir a quienes en el
interior de las leyes del mercado no tiene posibilidad de sobrevivir, y
afirmaba que así debía ser. Carlos Marx, mucho más en la línea del libro del
Eclesiástico, afirmaba en cambio que una sociedad regida solamente por el
mercado desembocaba en el asesinato.
Y es que de eso se trata cuando hablamos
de desigualdad: de asesinato, no por silencioso y legitimado menos mortal. Como
dice Frank Hinkelammert “el poder económico condena a la muerte por medio del
mercado, y ejecuta. Es la ley, la ley del mercado, quien ordena estas condenas.
Da el permiso para matar y los portadores del poder económico ejecutan”.
Pueden a algunos parecer duras estas
afirmaciones, pero son desgraciadamente ciertas. Cuando todas las relaciones
sociales se someten bajo las leyes del mercado y todas las instituciones de la
sociedad se privatizan, entonces no hay más remedio que dejar morir a los seres
sobrantes. El holocausto migratorio es, desde esta perspectiva, una muestra de
lo que puede llegar a convertirse en un verdadero genocidio económico. Ya
Shakespeare lo señalaba por boca de Shylock, el personaje del Mercader de
Venecia: “Me quitan la vida si me quitan los medios por los cuales vivo”.
Los migrantes que resultan expulsados de
sus propios países y que, arrastrados por un espejismo, atraviesan el infierno
mexicano, son la muestra patente del fracaso de una economía en la que las
leyes del mercado son santa palabra. El panorama de la desigualdad en el mundo
no nos deja duda. La Agenda Latinoamericana 2013, empeñada en construir ‘La
Otra Economía’ nos ofrece un retrato despiadado de la desigualdad. Les comparto
algunos datos escalofriantes:
El 1 % de la población controla
aproximadamente el 40% de la riqueza mundial
El 10% de los hogares más ricos
concentran el 85% de la riqueza mundial
Mil millones de personas viven con el 4%
de la riqueza mundial
En 2008 la ayuda al desarrollo de los
países donantes no alcanzó a ser una décima parte de su gasto militar anual
Los ingresos de las 500 personas más
ricas del planeta son superiores a los ingresos de los 416 millones de personas
más pobres
En un mundo que produce alimentos para
cubrir sobradamente las necesidades de toda su población, 1,000 millones de
personas se acuestan hambrientas todas las noches
3,500 millones de personas, casi la
mitad de la población mundial, vive con menos de dos dólares al día
Es cierto que este panorama de
desigualdad muestra su rostro más feroz cuando hacemos comparaciones con cifras
de nivel global. Cualquiera de los porcentajes arriba mencionados, si
ocurrieran en un solo país, causarían un verdadero cataclismo social y
político. Sin embargo, la situación de algunos países sometidos a esta
dictadura del mercado mundial es suficiente para convertirlos en países
expulsores de migrantes.
Considero importante no perder esta
perspectiva. Hay personas que culpabilizan a los migrantes que son solamente
víctimas. Esta óptica también nos ayuda a centrarnos en lo fundamental: la
humanización de la vida de los migrantes es solamente una pieza del gran
rompecabezas de lo que tenemos que construir para que otra economía sea
posible. Una “otra economía” que Monseñor Casaldáliga define espléndidamente:
“Hablamos de Otra Economía, otra de verdad, radicalmente alternativa, no
simplemente de ‘reformas económicas’. De reformismos baratos nos libre el Dios
de la Vida. La Otra Economía no puede
ser sólo económica: ha de ser integral, ecológica, intercultural, al servicio
del buen vivir y del buen convivir, en la construcción de la plenitud humana,
desmontando la estructura económica actual que está exclusivamente al servicio
del mercado total, apátrida, homicida de personas, genocida de pueblos. Soñamos
con un cambio sistémico que atienda a las necesidades y aspiraciones de toda la
familia humana reunida en esta casa común, el oikos. “Oiko-nomía” es
“la administración de la casa”, que tiene como ley la fraternidad/sororidad.
Esta Otra Economía sólo puede darse a
partir de una conciencia humana y humanizadora que se niegue a la desigualdad
escandalosa en la que está estructurada la sociedad actual. Una economía para
todas las personas y para todos los pueblos, en comunión de luchas y
esperanzas. Como soñaba un campesino para sus nueve hijos: ‘más o menos para
todos’. En nivel de familia, de vecindario, de ciudad, de país, de continente,
de mundo. Siempre a partir de los pobres y excluidos, construyendo desde la
tierra del pueblo, desde su sudor, desde su grito y su canto, desde la sangre
derramada por tantas muchedumbres de mártires testigos… Es necesario llegar a
la civilización de la sobriedad compartida… el crecimiento capitalista
neoliberal sólo puede vencerse con un decrecimiento armónico y mundial…”
(Agenda Latinoamericana 2013, pp. 10-11)
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