Por: Noemí López Trujillo / La Marea.
La complejidad de la realidad nos obliga a crear marcos de
pensamiento en los que el mundo que percibimos se ordena en cajitas con
el cuidado y la precisión con que empaquetaríamos nuestra casa para una
mudanza. Lo político, nos decían, es aquello que discurre en los
pasillos parlamentarios, y no lo que sucede en nuestras casas. Lo
político, sin embargo, es también todo aquello que legisla nuestras
vidas sin necesidad de crear leyes específicas, sin evidenciar las
herramientas del poder. El acto de consumir es político. Trabajar es
político. Comprar es político. Comer es político. Follar es político.
Ahora, además, el debate social empieza a impregnarse del
discurso teórico feminista, que cuestiona lo que hasta este momento era
incuestionable. Con la revolución sexual de los años 70 se comenzó a
vislumbrar la idea de que la liberación de la mujer resultaba de una
ecuación cuyos principales elementos eran nuestro cuerpo y nuestros
genitales. Nuestra actitud ante el sexo determinaba el grado de
libertad. Cuarenta años después, criticar las consecuencias de ese
modelo que cosifica e instrumentaliza el cuerpo de las mujeres –escudado
en una supuesta igualdad de género– te convierte en una puritana. El
ejemplo más paradigmático es la reacción de determinados sectores a las denuncias del #MeToo o el #AMíTambién.
E incluso ha servido como argumento para deslegitimar a los defensores y
defensoras de la víctima de La Manada. “¿Por qué una chica no va a
querer estar con cinco chicos a la vez?”, se ha escuchado en alguna
tertulia televisiva de quien dudaba de la palabra de la víctima y de la
propia sentencia condenatoria.
Hace unos meses, la página porno Xhamster aseguraba que el vídeo de este caso concreto era uno de los más buscados. Varios medios de comunicación y las redes sociales se hicieron eco de ello, pero apenas hay datos al respecto. Según El Español,
300 personas al día buscaban la grabación del delito en la citada
página porno. La búsqueda se incrementó justo el día en que se hizo
pública la sentencia contra los cinco agresores. El pico también
coincidió con un mayor incremento de la frase “vídeo La Manada” en
Google, tal y como se puede observar a través de Google Trends. Tras
esos días, la búsqueda cayó en picado. Es decir, actualmente, casi nadie
solicita ese vídeo en el buscador. De hecho, que hubiese un incremento
no implica que los usuarios lo hiciesen para excitarse ni como consumo
pornográfico.
El ejemplo, no obstante, nos lleva a otra reflexión: ¿hay violencia en el porno? ¿Cómo afecta a nuestras relaciones sexuales?
¿Qué nos enseña la pornografía? A esa última pregunta respondía la
profesora de Filosofía Moral y Política de la Universidad Rey Juan
Carlos, Ana de Miguel: “Por ejemplo, que las chicas están ahí para
usarlas. Pongan en el buscador ‘porno / violaciones’. Y miren de frente
cómo aprenden nuestros chicos esta otra verdad sobre lo que es una chica
y lo que se puede hacer con ella. Y todo bien accesible para niñas y
niños con la edad del primer móvil”, explicaba en un artículo en El País.
Una de las páginas web de porno más visitadas es Pornhub.
Cada año publica un informe con algunos datos, como los términos más
buscados o los vídeos más visitados. El informe de 2017 revela que la
mayor demanda es la que hace referencia a “lesbians” (lesbianas).
“Hentai” (manga pornográfico) y “milf” (“una madre que me follaría”, por
sus siglas en inglés) son el segundo y tercer términos más buscados.
Las palabras “rape” (violación) o “violence” (violencia) no aparecen en
ninguna de las 25 categorías del top elaborado por esta plataforma.
Sin embargo, hay páginas que sí albergan este tipo de
contenidos. Basta con teclear en Google “forced porn” (porno en el que
se fuerza o viola a una mujer) para que aparezcan cientos de vídeos en
los que las mujeres son golpeadas, violadas y humilladas. Buceando un
poco se puede ver que la violación siempre la perpetra un hombre o
varios –nunca una mujer– y la persona violada siempre es una mujer
–solo hay dos hombres violados por otros hombres después de consultar
al menos 200 vídeos–. Es relevante el hecho de que haya otras cuestiones
tangenciales pero que son detalles de vital importancia para construir
la historia: una mujer musulmana cubierta con un hijab, una
recién casada con el vestido de novia, una chica mucho más joven que su
agresor, una secretaria, una enfermera, una chica con uniforme del
colegio… De hecho, una de estas webs se llama Rape in porn (violación
en el porno), y aparecen elementos como pistolas, cinta adhesiva,
cuerdas y hasta simulaciones de graves heridas o mujeres inconscientes y
ensangrentadas.
No es posible saber si este es el contenido más buscado en
Internet, ni el más consumido. La única certeza es que existe, aunque
quizá sea de manera minoritaria o como un reducto. Un estudio realizado
en 2015 en la Universidad de Ámsterdam y publicado en la Journal of Sex Research, analiza 400 de los vídeos pornográficos más populares de Internet, tanto de producción amateur como
profesional. Las tablas elaboradas arrojan algunas cifras. Por ejemplo,
el 75,5% de los hombres alcanzaban el orgasmo, mientras que solo un
16,8% de las mujeres lo hacían. Es decir, el placer femenino es
secundario. Además, hasta en un 38% ellos eran los que ejercían una
dinámica de dominación y ellas solo en un 13%. Y en cuanto a sumisión,
ellas representaban ese papel en un 42,5%, mientras que los hombres
sumisos suponen el 10%.
En cuanto a “actos físicamente violentos”, el sujeto de esa violencia era una mujer en un 37,2% de
los casos, pero solo un 2,8% en el caso de los hombres. “La desigualdad
de género”, apuntan los investigadores del estudio, es más acuciada en
los vídeos amateurs porque representan sobre todo felaciones.
También señalan que la violencia explícita hacia mujeres se trata, sobre
todo, de “gagging and spanking” (amordazar y azotar). “El sexo no
consentido [violación] tiene lugar en un 6% de los vídeos”, se afirma en
el estudio.
Sin embargo, la relación causa-efecto entre porno y
violaciones no deja de ser puramente teórica. Las agresiones sexuales se
han cometido desde mucho antes de que existiese la pornografía como industria,
y en culturas donde no existe tal industria también se cometen
violaciones. Los discursos feministas que señalan al porno para
someterlo a escrutinio son, no obstante, un ejercicio necesario para
desafiar al poder. La verdad no es natural. En el libro Microfísica sexista del poder,
su autora, Nerea Barjola, cita a Judith Walkowitz: “Las mujeres de
cualquier clase y raza tienen que basarse en construcciones culturales
existentes para contar sus verdades”. Si nos dicen que la violación es y
debe ser un trauma, qué mujer se atrevería a mostrarse sin heridas. En
palabras de Foucault: “Estamos sometidos a la producción de la verdad
desde el poder y no podemos ejercitar el poder más que a través de la
producción de la verdad”. Que viene a significar que para defendernos y
para transgredir una verdad que a nosotras nos limita y perjudica debemos crear nuestra propia verdad. Una que respalde nuestros intereses. Por ejemplo, que el porno es machista y reproduce actitudes que degradan a la mujer.

Una performance por la igualdad de género en una óptica. YOLANDA DOMÍNGUEZ
Gracias a estas “nuevas verdades” que calan en el terreno
social, la comunidad científica se preocupa por estudiar en qué medida
son acertadas. Cabe preguntarse, por tanto, si el porno impacta en el
modo en que nos relacionamos afectiva y sexualmente; si la ficción que
incluye violencia contra las mujeres produce más violencia contra las
mujeres en la vida real; si ver porno, en definitiva, condiciona nuestra
conducta.
¿Qué se puede concluir y qué no?
¿Qué se puede concluir y qué no?
“¿Eres un violador? Entrevista de investigación por teléfono y de manera anónima para proteger tu identidad”. Este anuncio fue publicado en varios periódicos de Los Ángeles en 1976 por el psicólogo clínico Samuel D. Smithyman. Lo cuenta The New York Times en un reportaje titulado “Qué saben los expertos sobre los hombres que violan”. Su teléfono sonó cerca de 200 veces. Hombres que se reconocían violadores en una época en la que tanto la industria del porno como tal e Internet eran dos fenómenos incipientes. Esto enlaza con lo que explica el doctor en Psicología Marcos Nadal, cuya investigación trata sobre los mecanismos del placer: “Violar a una mujer es más antiguo que el uso de la pornografía. Si miras la historia de la cultura a lo largo de los siglos, verás que la mujer tiene muy poca capacidad de decidir con quién quiere casarse, pasar el resto de su vida o mantener relaciones sexuales. La pornografía vendría a ser un reflejo o una explotación de algo que ya existía. Una ficción que se construye sobre una realidad que es mucho más antigua”. El porno, por tanto, sería la monetización y comercialización de algo que no existía aún –de manera tan obvia– en la ficción. Si hay público, hay consumo. ¿Que se explote económicamente y el mensaje se reproduzca en diferentes formatos normaliza esa realidad? ¿Es más cierta una verdad cuando esta se mercantiliza? “Es posible que se perpetúe más de lo que nosotros desearíamos con nuestros valores cívicos”, apunta Nadal.
“Sabemos que lo que conviene es la equiparación de
derechos, donde las personas compartan y construyan relaciones de manera
conjunta en todos los aspectos: a la hora de hacer la compra, de
gestionar la casa y de estar en la cama. Pero eso no lo puedes hacer
cuando el modelo está dirigido al hombre porque es el
que va a comprar más pornografía. No le vas a vender algo que le
humille, le vas a vender propaganda. El resumen es: eres un regalo para
la mujer, tu pene es el mejor regalo que le puedes hacer y ella lo va a
disfrutar, todo está pensando para ti”, añade.
Para el doctor en Psicología, la pornografía es un
“mercado sesgado donde se pueden encontrar maneras disfuncionales de
expresar el interés y el deseo” fruto, en parte, de la “penalización de
la expresión natural del deseo sexual”. “Para buscar una solución a este
tema hace falta una educación en el sexo y en deseo mucho mejor. Que
los chicos y las chicas puedan hablar de estos temas en clase, entre
amigos, en familia… de una manera mucho más abierta. Que reciban toda la
información que están buscando”.
Nadal reconoce que una de sus mayores preocupaciones está
en el modelo negativo de autoestima y autonomía que se promueve para las
mujeres: “Observo que las chicas jóvenes aprenden que para sentirse
guapas, atractivas o valoradas necesitan una respuesta externa por parte
de los chicos. Eso crea generaciones de mujeres que sienten que tienen
que ceder en sus derechos y obligarse a sí mismas a participar en
prácticas que a ellas no les gustan simplemente para sentirse queridas,
atractivas…”.
En 2015, tres investigadoras publicaron en la Journal of Epidemiology and Community Health un estudio titulado El impacto de la pornografía en la violencia de género, la salud sexual y el bienestar: ¿qué sabemos? Un dato: en Estados Unidos nueve de cada diez hombres de entre 18 y 26 años reconocen consumir porno online frente a una de cada tres mujeres en el mismo tramo de edad.
“Si la pornografía online es la fuente primaria de
educación sexual de una persona joven y no reconoce que es fantasía y
que no está diseñada para ser educativa, entonces quizá lance mensajes
no saludables. Debido a la falta de formación sexual de calidad en la
mayoría de países, esto es preocupante”, destacan las autoras, quienes
también reconocen que no se puede demostrar una relación causal entre
ver porno y el aumento de violencia de género, y que los experimentos
hasta ahora no son concluyentes.
Las investigadoras se refieren a que hay estudios que
dicen una cosa y la contraria: por un lado, hay literatura científica
que establece una correlación entre hombres expuestos a pornografía de
violencia contra la mujer y un aumento de las agresiones sexuales; pero
por otro, también hay estudios que revelan que hay relación entre
consumir porno y una mayor tolerancia a la igualdad de género. Incluso
ponen de manifiesto que en algunos países, a la vez que aumenta el
consumo de pornografía, disminuyen las violaciones. Sin embargo, admiten
que este tipo de datos no son una prueba sólida y no permiten extraer
una conclusión causa-efecto, pues los cambios en un territorio
geográfico concreto y a través del tiempo pueden deberse a múltiples
factores sociales de otra índole. Sugieren, además, que los hombres que
tienen predisposición a la violencia podrían tender mayor medida a
buscar pornografía con violencia.
La ficción como herramienta política
La ficción como herramienta política
Desde el punto de vista teórico, la pornografía es disciplina. Hay una carga simbólica, una transmisión más o menos explícita de un mensaje: la violencia puede ser un precio a pagar por tomar un terreno –el sexual– que pertenecía a los hombres. El porno es un canal, una herramienta, como lo son los medios de comunicación o el arte: emiten una moral no enunciada. La escritora Virginie Despentes decía que la ficción incide en el hecho de que las mujeres no nos defendemos de nuestros violadores. “Una empresa política ancestral”, lo llama. En el momento en el que a través de las diferentes producciones de ficción –desde el porno hasta el cine– se transmite una única idea de violación –la de un hombre a una mujer que no reacciona con violencia, sino con sometimiento– se genera un relato, un modelo de conducta. ¿Y si se empezase a producir ficción en la que ellas violan a hombres? ¿Y si de repente consumiésemos pornografía en la que ellos son sometidos y humillados?
Despentes plantea la violencia como territorio geográfico
que no pertenece a las mujeres. “Como si la integridad física de un
hombre fuera más importante que la de una mujer”. “Yo habría preferido
aquella noche [dice en referencia a su violación] ser capaz de dejar
atrás lo que habían enseñado a mi sexo y degollarlos a todos, uno por
uno”, escribe en Teoría King Kong. La escritora Angela Carter proponía en La mujer sadiana la
figura del “pornógrafo moral”: “Un artista que usara el material
pornográfico como parte de la aceptación de la lógica de un mundo que
proyectase un modelo de cómo ese mundo podría funcionar”. Una pornógrafa
moral, de ese modo, podría subvertir el orden.
“El sexo de las supervivientes” es el término que usó la
escritora y periodista Gabriela Wiener para definir el espacio erótico
de muchas mujeres. “Le oí decir a la feminista peruana Angelica Motta,
que suele darle vueltas al tema de la educación sexual en los niños, que
hay que erotizar el consentimiento desde muy temprano. Sí, porque si
las mujeres sufren tantas violaciones es porque los hombres lo que
tienen erotizado es el forzar y violentar mujeres; así como muchas
mujeres tienen erotizados la obediencia, la pasividad y el
sometimiento”, escribía Wiener en eldiario.es.
Hablaba del trauma como un cacho de tierra, ese rincón en el que nos
acostumbramos a pasar largos ratos. Excitarse con una experiencia
defectuosa es recuperar la autonomía. Y reescribir la ficción, la
pornográfica también, es un acto político.
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