Por: Raúl Zibechi / Brecha.
Sin ética la izquierda no es nada. Ni el programa, ni los discursos,
ni siquiera las intenciones tienen el menor valor si no se erigen sobre
el compromiso con la verdad, con el respeto irrestricto a las decisiones
explícitas o implícitas de los sectores populares a los que dice
representar.
En este período en el que todos los dirigentes de la izquierda se
llenan la boca mentando valores, resulta muy significativo que se queden
apenas en el discurso. La ética se pone a prueba sólo cuando tenemos
algo que perder. Lo demás es retórica. Hablar de ética o de valores
cuando no hay riesgos, materiales o simbólicos, es un ejercicio hueco.
Todos recordamos la gesta del Che en Bolivia, cuando en vez de
ponerse a salvo de las balas enemigas retornó al lugar del combate para
ocuparse de un compañero herido, sabiendo que era más que probable que
perdiera la vida en esa acción, sin ningún sentido militar pero
rebosante de ética.
Ante nosotros tenemos la segunda oportunidad de que la izquierda
latinoamericana se redima de todos sus “errores” (entre comillas porque
se abusa del término para encubrir faltas más serias), condenando la
masacre que están perpetrando Daniel Ortega y Rosario Murillo contra su
propio pueblo. La segunda, porque la primera sucedió dos décadas atrás,
cuando la denuncia de Zoilamérica Narváez, la hijastra de Ortega, al
denunciar abusos sexuales de su padrastro.
El silencio actual de las principales figuras de la izquierda
política de la región y de la izquierda intelectual lo dice todo. Un
extravío ético que anuncia los peores resultados políticos.
Culpar al imperialismo de los crímenes propios es absurdo. Stalin
justificó el asesinato de sus principales camaradas porque, dijo, le
hacían el juego a la derecha y al imperialismo. Trotsky fue asesinado
vilmente en 1940, cuando su prédica no podía en modo alguno poner en
peligro el poder de Stalin, que en esos años contaba con el visto bueno
de las elites mundiales para contener al nazismo. ¿Cómo puede ilusionar a
los jóvenes una política que se para sobre una alfombra interminable de
cadáveres y de mentiras?
¿Cómo pudo José Mujica guardar silencio durante tantos meses
–mientras en Nicaragua morían cientos de jóvenes, y ante la carta
abierta de Ernesto Cardenal– hasta pronunciar al fin algún tipo de
crítica a Ortega? ¿Cómo pueden algunos connotados intelectuales
latinoamericanos justificar la matanza con argumentos insostenibles o
con un silencio que los convierte en culpables? ¿Qué los lleva a pedir
la libertad de Lula sin revolverse contra el gobierno de Nicaragua?
En este período tan negro para la izquierda –como aquel de los
juicios de Moscú, que liquidó todo vestigio de libertad en la Unión
Soviética– es necesario rascar hasta el fondo para encontrar
explicaciones. A mi modo de ver, la izquierda pasó de ser la fuerza
social, y política que pugnaba por cambiar la sociedad a resecarse
apenas como un proyecto de poder. No “el poder para”, sino el poder a
secas, el tipo de relaciones que aseguran la buena vida para la
camarilla que lo detenta.
Fue a través de la lucha por el poder y la defensa de éste que la
izquierda se mimetizó con la derecha. Hoy se argumenta con la lucha
contra el neoliberalismo como excusa para no abrir fisuras en el campo
de la izquierda, con la misma liviandad que antes se argumentaba la
defensa de la Urss o de cualquier proyecto revolucionario.
Pocos pueden creer que entre 1937 y 1938 hubiera un millón y medio de
rusos aliados a las potencias occidentales (todos miembros del
partido), que fue la cifra de condenados por la gran purga de Stalin, de
los cuales casi 700 mil fueron ejecutados y el resto condenados a
campos de trabajos forzados. Si ese es el precio a pagar por el
socialismo, habrá que pensárselo dos veces.
Estamos ante un período similar. Los progresismos y las izquierdas
miran para otro lado cuando Evo Morales decide no respetar el resultado
de un referendo, convocado por él, porque la mayoría absoluta decidió
que no puede postularse a una nueva reelección. No quieren aceptar que
Rafael Correa es culpable de secuestro en el “caso Balda”, ejecutado por
los servicios de seguridad creados por su gobierno y supervisados por
el presidente. La lista es muy larga, incluye al gobierno de Nicolás
Maduro y al de Ortega, entre otros.
Lo más triste es que la historia parece haber transcurrido en vano,
ya que no se extraen lecciones de los horrores del pasado. Sin embargo,
algún día esa historia caerá sobre nuestras cabezas, y los hijos de las
víctimas, así como nuestros propios hijos, nos pedirán cuentas, del
mismo modo que lo hacen los jóvenes alemanes increpando a sus abuelos
sobre lo que hicieron o dejaron de hacer bajo el nazismo, escudados en
un imposible desconocimiento de los hechos.
Será tarde. Son los momentos calientes de la vida los que moldean
actitudes y definen quiénes somos. Este es uno de esos momentos, que
marcará el porvenir, o la tumba, de una actitud de vida que desde hace
dos siglos definimos como izquierda.

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