En algún lugar de su obra, José Luis López Aranguren elabora una teoría ética como actividad práctica y en la que tiene importancia la concepción de esa actividad como "negocio". Explica asimismo el filosófo que el "negocio" viene del latín "nec otium", o sea, el andar ocupado todo el día, el no disponer de ocio. Aranguren era un pensador católico y, si bien a lo largo de su prolongada vida fue ocupándose de asuntos más del siglo, en el momento que trataba de estos estaba inmerso en su intento de elaborar una ética católica personal.
Ahora bien, esta insistencia en una ética basada en la actividad, negadora del ocio más parece protestante (y en concreto, calvinista) que católica. Nada de ocio, "el tiempo es oro", decía Benjamin Fraklin y ello llevó a Max Weber a identificar la ética protestante con el espíritu del capitalismo. La afición al ocio no es solamente un comportamiento más o menos vituperable, sino que venía a ser directamente un pecado, algo contrario a las expectativas de Dios hacia sus criaturas. La tesis de Weber ha gozado siempre de gran predicamento en Occidente porque, además, servía para explicar la aparente diferencia entre los países ricos que eran protestantes y los pobres que eran católicos. La única excepción parecía ser Francia, rica, próspera y... mayoritariamente católica. Sin embargo se decía que Francia tenía también una fuerte veta protestante bajo la forma de los hugonotes. ¿Acaso no era de ascendencia hugonota aquel ministro de Luis Felipe de Orléans, François Guizot, que recomendaba a sus compatriotas: "Enriquecéos por el trabajo y el ahorro"? Para el calvinismo, el hecho de enriquecerse era uno de los síntomas de que estaba uno en la vía de la salvación.
Ese predominio weberiano choca frontalmente con las tesis sostenidas por Thorstein Veblen en su famosa Teoría de la clase ociosa. Veblen sostenía que el móvil esencial de las clases altas en las sociedades capitalistas (que él veía muy cercanas a las sociedades tribales) era el ocio; es más: el ocio ostentoso, que corría paralelo con el consumo ostentoso. No es la laboriosidad lo que goza del máximo prestigio social, sino la ociosidad. El alto concepto en que se tenía al ocio podía verse en la consideración social de que gozan los curas, un sector al que se paga por no hacer nada útil.
Se podrían dar más vueltas a la extraña paradoja de que los capitalistas trabajen denodadamente para conseguir los beneficios que les permitan luego llevar una vida ociosa. Pero también cabe zanjar la cuestión recordando que Paul Lafargue, ideólogo revolucionario y yerno de Karl Marx, escribió un Derecho a la pereza que contradecía directamente el culto al trabajo que profesaba el movimiento socialista, y reivindicaba como conquista social, precisamente el ocio.
En el terreno de la cultura popular le viene a uno a la memoria de inmediato aquel cuplé ("Fumando espero") que lanzó a la fama a Sarita Montiel en El último cuplé, de Juan de Orduña. Sara, que había nacido en Campo de Criptana, La Mancha, España, como Maria Antonia Alejandra Abad Fernández, se apuntaba así a una tradición revolucionaria del derecho a la pereza, más en la línea de Veblen que de Weber y, en cierto modo, venía a ser una adelantada del 68, con su rechazo a la competitividad, la productividad y su alta valoración de la vida muelle y antiutoritaria.
Llama la atención que el señor Sarkozy se presente a las elecciones francesas prometiendo, entre otras cosas, acabar con el "espíritu del 68". Eso ya lo ha hecho el capitalismo desde los años 70, sin necesidad de esperar al señor Sarkozy, a través de una serie de crisis sucesivas que han ido poniendo en cuestión el modelo keynesiano hasta arrinconarlo en pro de una forma de desarrollo que descansa sobre el trabajo intensivo y cada vez más desprovisto de seguridades y garantías sociales y jurídicas. Y lo ha hecho tan bien que actualmente puede hacer pasar por el aro a los pueblos con la amenaza de generalización de una forma de ocio a la que todxs temen más que a un tifón, que es el ocio por desempleo.
Y eso sin contar con el hecho, también paradójico, de que el ocio haya acabado siendo un negocio y un negocio próspero, que vive de ofrecer posibilidades para que lxs ociosxs puedan distrer sus ocios.
1 comentario:
Pues no es cuestion de suprimir si no de realizar con nuevas espectativas creativas sanas y baratas
salud
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