12 de mayo de 2007

Celebración del cuerpo

Publicado en Reforma, Sección Cultura, el 11 de mayo del 2007.

José Ramón Enríquez

Cuando, tras Constantino que oficializó el cristianismo como religión única del Imperio romano, la Iglesia se lanzó a perseguir actores, juglares, restos del circo, buscaba muy especialmente el monopolio de los espectáculos masivos. No sólo quería que su liturgia superara las paganas, entre ellas la dionisaca (la propiamente teatral), sino que el dominio de la plaza pública le resultaba preciso para acabar con cualquier resquicio de otros dioses. Inclusive estableció su forma de sincretismo para "bautizar" sitios de culto que van de los antiguos lugares de culto a Diana o a los dioses celtas, y llegan a Chalma y al cerro mismo del Tepeyac.

La idea no es otra que impedir cualquier voz que congregue en torno a cualquier tipo de ágape, fuera de las voces "ordenadas" ministerialmente para hacerlo por la Iglesia. Y durante siglos el
resultado ha sido casi perfecto. Cuando alguna imperfección ha brotado, el monopolio de la plaza pública ha permitido la elevación de hogueras purificadoras y ha hecho de los autos de fe una liturgia macabra aunque francamente blasfematoria.

Pero aun de esa liturgia macabra y blasfema los católicos han podido sentirse orgullosos. Basta con recordar que Carlos II, el pobre rey enfermo que sería último vestigio de Carlos V en el trono español, quiso recibir a su amadísima primera esposa con el mejor espectáculo posible en su reino: un gigantesco auto de fe en la Plaza Mayor de Madrid que consumió hasta volver cenizas cuerpos de judíos y herejes, relapsos y sodomitas.

Las plazas mayores de los reinos hispánicos, que en México conocemos casi en todas nuestras ciudades como zócalos, han tenido ese doble objetivo: demostrar que sólo pueden congregar el Estado cristiano y la Iglesia única, tanto para las liturgias civiles o religiosas cuanto para los autos de fe contra herejes y malvivientes.

Pero los tiempos cambian y la Iglesia no ha querido entenderlo. Ha tenido su momento para renunciar al poder constantiniano y retornar al sentido original de su Evangelio, pero se ha negado tercamente a hacerlo. Inclusive hoy, Benedicto XVI busca desmontar punto a punto
lo construido en ese momento dulcificador y de aire fresco que supuso el Concilio Vaticano II, de Juan XXIII y de Paulo VI, con teólogos como Hans Küng que acaba de visitar nuestra patria. Benedicto XVI se educó en las milicias de Hitler y sabe ser implacable: va a por todo. No importa que en esa batalla quienes se pierdan sea los fieles de su propia Iglesia. Y eso va a comprobarlo a un Brasil cada vez menos católico.

Pero, volviendo al teatro, y volviendo a la plaza pública como espacio de congregación y de espectáculo, la Iglesia ha perdido la fuerza, y el fenómeno de los cuerpos desnudos congregados por Spencer Tunnick viene a ser el triunfo final de Don Carnal sobre Doña Cuaresma. Un auténtico orgasmo colectivo ante las mismas puertas de la Santa Iglesia Catedral que hubo de cerrarse y suspender su propio ágape.

Habría que preguntarle a Cristo en cuál de los dos ágapes se sentiría más tranquilo, menos agobiado por la hipocresía y la mentira, más "ligero de equipaje como los hijos de la mar" que dijera Machado. ¿Cuál de las dos convocatorias resulta menos blasfematoria, la de Rivera o la de Tunnick? No lo sé, aunque tendremos todos una eternidad para saberlo a ciencia cierta.

Y la desnudez en el Zócalo viene después del ridículo de las excomuniones contra los diputados que despenalizaron el aborto en la Ciudad de México. Si no pudieron levantar ni cien mil firmas en una ciudad de 20 millones, y ya el brazo secular constantiniano no estaba de su parte, sólo quedaba la amenaza de excomunión.

Marcelo Ebrard dio el golpe genial. Se declaró católico y exigió ver el acta de su excomunión. Entró en un terreno perfecto: si el bautismo imprime carácter, ¿cómo se borra esta participación en la Comunión de los Santos.., o sólo se trata de impedir el acceso a la eucaristía.., y, siendo así, por qué, quién y dónde lo dice..?

Resulta que no lo dice nadie y en ninguna parte, y el Vaticano mismo tuvo que detenerse a explicar que la excomunión es sólo para quien efectúa el legrado. Lástima. Hubiera valido la pena seguir más adelante y pedir que se explicara esa borradura del carácter bautismal o se dejaran libres las plazas públicas para que católicos, cristianos de otras iglesias y todo tipo de creyentes, agnósticos y ateos, nos reunamos cuando queramos a celebrar algo tan carnal como nuestro derecho a decidir sobre nuestros propios cuerpos, en la Asamblea Legislativa o ante la lente de Spencer Tunnick.

1 comentario:

Anónimo dijo...

ufff , todo lo que pones no es raro ya es conocido...

Lo penoso esque esos actos de manipulacion y estupidez se siguen dando ,...

Parece qu ela sociedad no evoluciona sigue con un pensamiento retrograda y se deja llevar por el castigo divino...

Mal infundado por las personas que estan al poder en ese momento...

Algo lamentable pero tan real y cotidiano como la respiracion...

Saludos

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