Quizás algunos, los más melómanos, harán un esfuerzo por recordar el leit motiv de alguna pieza musical con este nombre; otros, los más cinéfilos, dirán que el título de este artículo les suena conocido. Pero sólo aquellos que reúnan ambas filias en grado tal que suelan hacerse del soundtrack de aquellas películas que les tocan el alma recordarán que “Sonata para un buen hombre” es el título de una pieza con ciertas influencias a lo Shostakovich, compuesta por Gabriel Yared para el filme de Florian Henckel von Donnersmarck que en México se tituló “La vida de los otros”.
Para quienes ya vieron el primer largometraje del menor de los Henckel Donnersmarck no tendré sino que recordarles que la partitura de Yared será el regalo de Jerska (Volkmar Kleinert) a Dreyman (Sebastian Koch) en su cumpleaños, previo a su suicidio; para quienes aún no lo han visto, además del spoiler anterior tendré que develarles que será el título de la novela que Dreyman escribirá tras la caída del muro de Berlín, dedicada a aquél hombre que se permitió tener un gesto de humanidad para con él en medio del autoritarismo que compartieron los mal llamados países socialistas de Europa del Este.
¿A qué viene todo esto? Pues a que dentro de una semana se cumplirán dos meses exactos de que en compañía de mi pareja acudí al complejo Cinemex de Plaza Insurgentes, en la colonia Roma de la ciudad de México, para disfrutar de ésta, la película que en la 79 entrega de los Oscar se llevó la estatuilla como mejor filme de lengua extranjera (léase, no inglesa).
Tal vez algunos de ustedes recuerden que en aquella ocasión mi compañera y yo fuimos detenidos por personas vestidas de negro y guantes blancos de esos que usan los militares para, sin atribuciones de ninguna índole en la legislación vigente y en flagrante violación a nuestro derecho de libre tránsito, revisarnos ropas y bolsos y retenernos un teléfono móvil en nombre de un absurdo combate a la piratería.
No es extraño que una empresa extranjera como Paramount Pictures se crea con el derecho de tener personal en franca actitud parapolicial a la entrada de las salas de cine del país, sobre todo si quienes nos malgobiernan trastocan conceptos como los de seguridad pública y seguridad nacional para proteger los intereses de transnacionales como The Carlyle Group, Bain Capital o Spectrum Equitity (entre muchas otras), al tiempo que se militariza cada rincón del territorio nacional, se criminaliza la pobreza y al activismo social se le acusa de terrorismo.
Lo extraño es que ciudadanos de a pie nos cuestionemos qué tan válido es eso y, acto seguido, nos neguemos a aceptar como legales, legítimas y normales acciones que vulneran la integridad y dignidad nuestras. Por ello, a pesar del momento tan desagradable que hicimos público conforme al alcance de nuestros propios medios, también reconocimos que afortunadamente aún existen personas como los señores Salazar y Rolando Alemán Paz, guardia y gerente del complejo, respectivamente; quienes supieron resolver la situación comprendiéndonos, acompañándonos y devolviéndonos el teléfono 24 horas después.
La noche de aquél 27 de marzo, Rolando Alemán Paz nos dio a mi compañera y a mí su palabra de caballero de que tendríamos nuestro teléfono al día siguiente. Hizo un sin fin de llamadas a la distribuidora y sabrá el diablo a quienes más para que esta situación no se repitiera; el día 28, haciendo honor a su palabra, el señor Alemán Paz nos devolvió el teléfono en cuestión.
La noche anterior yo no podía explicarme cómo es que siendo el gerente no tuviera control sobre un operativo que sucedía en su propio establecimiento; pero después comprendí que seguramente la distribuidora se había pasado por alto su autoridad, confiada de su poder económico y de los acuerdos previos con sus jefes y patrones. Aún así, Rolo, como le dicen de cariño algunos de sus compañeros, supo honrar su palabra y ponerse a la altura de las circunstancias; algo que muchos agradeceríamos en el hombrecito que funge y finge como presidente de este país.
Al parecer, Miguel Ángel Dávila Guzmán, director general de Cinemex, compartía esta misma opinión respecto al actuar del señor Alemán Paz, ya que en una carta en la que para resarcir el mal trato nos invitaba a mi compañera y a mí a “disfrutar de la película de su elección, el día y a la hora que usted desee, en la sala privada ubicada en las oficinas de Cinemex Santa Fe”, escribió que había “externado nuestro agradecimiento a Rolando y a la empresa de seguridad por el trato amable que les brindaron”. Sin embargo, algo cambió.
Ayer 17 de mayo, como parte de las acciones que enmarcaron el 2º Paro Cívico Nacional en contra de la reforma neoliberal a
Cada quien, ya frustrados por no haber podido trabajar la escena, ya contentos de la rebeldía y la resistencia que se caminan en estas tierras, agarró para donde los cuerpos y las almas les dictaron; yo propuse ir a ver “La vida de los otros” y de paso, me dije para mis adentros, saludaría a Rolando. Esta vez sí pude ver el filme desde el inicio, ninguna mujercita ni ningún hombrecito con complejo de policía o militar nos revisó ni confiscó teléfono u objeto alguno. Al salir, pregunté por el señor Alemán; un par de chicos con camisas de la empresa me dijeron que ya no trabajaba allí, que había "renunciado".
No pude dejar de sentirme, guardando las proporciones, como Georg Greyman y tampoco evitar reconocer en Hauptmann Gerd Wiesler (Ulrich Mühe) a Rolando Alemán Paz; un hombre, pequeño como todos los hombres, pero que un día o una noche decidió tener un poquito de dignidad para darle su justo valor a la palabra. Quiero pensar que, en efecto, él renunció. Lamentablemente, en este país donde las empresas hacen y deshacen a su antojo, pasando por encima de todo y de todos; en este país donde las Minera San Xavier, los Costco, los Wal-Mart, las Televisa y Tv Azteca, las Telmex valen más que nuestra historia, nuestra tranquilidad, nuestra alimentación, nuestro medio ambiente, nuestra libertad; en este país, insisto, donde la multimentada “nueva cultura laboral” no es sino la vieja explotación patronal, dudo mucho que Rolando Alemán Paz haya renunciado por mutuo proprio.
Si fue así, vayan estas líneas para saludar todas y cada una de las razones que motivaron su decisión; pero si no, si lo que en verdad sucedió es que Cinemex prefirió despedirlo como una muestra más de su propia incompetencia en tanto empresa aliada a las distribuidoras de filmes nacionales y extranjeros que ya controlan el mercado y la exhibición cinematográfica en México, que vayan igual hasta donde quiera que se encuentre, del mismo modo que la “Sonata para un buen hombre” de Greyman quedó escrita con dedicatoria especial para HGW XX/7.
3 comentarios:
mmmm :O
creo que aprendi algo nuevo que no sabia mmmm
tendre que ver esa pelicula
saludos
Hace días que no me doy una vuelta por este perfecto blog. Un orgullo, poder comentar en el.
Esta película, es lo llamaríamos "Buen cine" sin mucha pretensiones, y con pocos recursos, logras una magnifica puesta en escena con los matices perfectos.
Un saludo, buen amigo y la lucha continua. Abrazos
...La película es hermosa; no hay ninguna duda.
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