Eugenia Gutiérrez.
Rumbo a lo que sigue
Tendrían que haber vivido. Son los caídos y las caídas a partir de 1994. Con su sangre fue recuperada la tierra. Las comunidades zapatistas les rinden homenaje permanente por medio del trabajo y la lucha pues ellas y ellos "lo vivieron mucho su sufrimiento" y gracias a ellas, gracias a ellos "estamos aquí". Además, "ellos quisieron esta vida de unidad" pero no pudieron verla porque los asesinó el mal gobierno. Es por eso que los que aún están no detienen su trabajo.
De pronto se tiene la sensación de hallarse fuera del tiempo, lejos del espacio. Se puede pasar de un tema a otro, de un caracol a otro y de un estado de ánimo a otro como si nada con la ayudadita de un clima que ha sido como amor de hombre: a ratos dulce, a ratos cruel, intempestivo siempre. En el caracol de Morelia se escuchan testimonios de lucha de compañeros y compañeras de Indonesia, Brasil, Corea, Tailandia, Canadá, India y Estados Unidos durante más de cuatro horas. Ellos también tienen sus muertos, sus muertas. Reunidos en el auditorio, centenares de zapatistas escuchan, además, un poema del compañero Patipán en Tailandés: "cuando salga el nuevo sol, nosotros los pueblos tendremos el dominio sobre nuestras tierras". También, la hermosa voz de Kalissa que, nacida en Canadá, vive en un rancho solita con su padre y les canta a sus "Colinas de Salvación", de donde nadie podrá arrancarla. Poco después, en el mismo auditorio, suenan los nombres de "los asesinos de nuestros abuelos": Héctor Albores, Antonio Nájera, Absalón Castellanos, Catalina Paradas.
Cuando le toca el turno al caracol de Roberto Barrios se hace evidente que las presiones militares y paramilitares no cesan. Una compañera presenta la lista de denuncias de lo que han soportado a lo largo de este año: la quema de viviendas por parte de Paz y Justicia, desalojos y torturas en agosto de 2006, problemas con un predio de choles de Tumbalá, compañeros presos, la muerte el 13 de noviembre de 2006 de cinco personas en Viejo Velasco (cuatro compañeros y un atacante). Siete personas desaparecidas. Seis personas con órdenes de aprehensión: 2 bases de apoyo, 2 de Xi’ Nich y 2 de Viejo Velasco. Amenazas de desalojo en Akabalná, en La Paz. La lista es grande. El auditorio escucha en silencio. La compañera termina su intervención: "que cada quien haga lo que le corresponda".
En otro momento, Ageo nos cuenta "su tiempo de historia" y señala orgulloso que hace ya 21 años que dejaron de abrir caminos reales como ordenaban los patrones, esto "gracias a los insurgentes que en 1983" vinieron para continuar la preparación de los pueblos, en aquellos días en que "la gente era tan humilde. Era obediente. Era otra generación". Por su parte, el comandante Brus Li habla muy en serio cuando nos invita a "tomar el destino de la historia". La forma en que la organización zapatista está desmoronando los cimientos de las prácticas capitalistas de explotación y despojo en estas tierras no es ningún chiste.
Y quizá porque nos acompañan nuestros muertos y nuestras muertas, nos sentimos bien vivos. En este extraño evento ocurren cosas extrañas: en La Realidad bailamos una cumbia llamada "Los Tres Asesinos", dedicada a Vicente Fox, Enrique Peña Nieto y Ulises Ruiz, faltaba más. En la clausura de los trabajos en Morelia hacemos aeróbicos masivos bajo la dirección del comandante Zebedeo. Aquí es obvio que "reventón" y "cultura" son palabras sinónimas. En un escenario altísimo, tan alto que no alcanza a ser retratado por nuestras cámaras sin telefoto, cada noche hay obras de teatro sobre educación verdadera, problemática de género y avances en el manejo grupal del Tae Kwon Do. En cualquier lado, por las noches se proyectan películas sobre Atenco y Oaxaca en un montaje que podría parecer el Cinema Paradiso si no fuera porque recoge tanta rabia, tanto grito, tanta represión.
Una noche, el Subcomandante Marcos se presenta con varias niñas y niños que inflan globos y cargan cubetitas de agua mientras él narra el cuento de la piedra que quiso ser nube, escrito en colectivo. Por supuesto, no muy se entiende. Luego, como cada noche, viene el baile. El que ya ha sido considerado como "himno" de este Segundo Encuentro, la inolvidable tonadita de "Cama, cama, camaleón. Yo soy el Camaleón" ha sido transformada en hard punk por el Andy, el Gato y el Jorge para ser cantada como "Rebe, rebe, rebelión. Viva la rebelión". En otras palabras: parece un encuentro común entre zapatistas y sociedades civiles. Pero no lo es. El grado de compromiso adquirido al suscribir la Sexta Declaración de la Selva Lacandona hace que todo adquiera un matiz diferente. Nuestros muertos, como Alexis, también caminan por estas montañas. Nuestras compañeras violadas siguen en la cárcel mientras sus violadores están libres. Nuestras presas y nuestros presos duermen lejos de aquí.
En La Realidad, la clausura llega con la luna llena, descrita por el Sub como luz rescatada de la que se le cayó al sol. Vuelven a aparecer las muertas, los caídos, los vigilantes. El Teniente Coronel Insurgente Moisés nos recuerda nuestras responsabilidades y comenta que el Subcomandante Pedro y la Comandanta Ramona están presentes, vigilándonos, cuidando. Pensamos que sólo nos queda volver a reunirnos en Sonora, en octubre. Pero entonces Everilda nos despide y nos sorprende. Ya la habíamos escuchado en la mesa de mujeres cuando dijo: "Exigimos a todos los hombres del mundo" que nos respeten "porque un México sin mujeres no sería México, y un mundo sin mujeres tampoco sería mundo". Ahora nos invita a volver a reunirnos en el Tercer Encuentro de los Pueblos Zapatistas con los Pueblos del Mundo el próximo mes de diciembre. Sólo que, esta vez, en el encuentro sólo se escucharán voces de mujeres. Los hombres pueden asistir, claro, "pero calladitos" para apoyar en la logística. La candidata a comandanta nos informa dónde y cuándo será la cita: tentativamente, el caracol de La Garrucha. Llegada: 28 de diciembre de 2007. Tres días de trabajo (29, 30 y 31 de diciembre) y luego la conmemoración del alzamiento zapatista (1 de enero). Regreso: 2 de enero de 2008. El encuentro llevará el nombre de quien más orgullosa estará: Comandanta Ramona.
En el desierto de injusticia, miseria y abusos que es el campo en nuestra patria, estas comunidades rebeldes parecen más oasis que caracoles. Nosotras, nosotros, partimos sabiendo que aquí los sueños se cumplen con trabajo y por eso están de pie, caminando con firmeza.
1 comentario:
Te invito a conocer a Nicolás, en "ERRANTES"...
Aquella fría mañana despertó junto a la salida del sol… la habitación todavía no tenía cortinas así que los primeros rayos de luz atravesaron las sábanas y frazadas como colándose entre las fibras. Ya habían pasado tres días desde que había regresado a la casa que muchos años antes había sido su hogar. Había probado algunos alimentos y bebido mucho alcohol para olvidar, para dejar de sentir el dolor y la ansiedad de no tener una buena dosis recorriendo sus venas, llevándolo a lugares lejanos y placenteros, haciéndolo parte de un cosmos que abrazaba sus piernas y penetraba sus ojos claros, casi azules, casi desdoblados sobre la ausente y acogedora almohada.
Bebió un largo trago que socavó su garganta hasta invadirlo amargamente… intuía que había pasado ya un tiempo desde que estaba en aquel lugar abandonado, se lo sugería su reloj vital.
Apenas confirmó que los había perdido para siempre, decidió retornar a ese caserón que lo vio nacer, jugar con otro niños en tiempos de prosperidad, que lo conoció adolescente y embriagado por primera vez, que fue testigo de esa fatídica noche donde cambió su destino y el de su familia para siempre, que marcó con dolor y culpa el resto de sus nómades aventuras.
Luego de ese amargo trago matinal, se levantó con dirección a la cocina, comió algo y bebió un negro café acompañado de un fino licor.
Esa mañana los dolores, los demonios de la abstinencia fueron insoportables, mezclados con escenas infantiles vividas en ese lugar y días de furia acompañados de noches interminables en el puerto y en la ciudad bohemia.
Trató de no pensar, de vaciar mente y ser de alucinaciones y delirios… Sabía que su mentor, lo había logrado gracias a la ayuda de su padre y en siete días de encierro en la campiña… que otro connotado había cambiado su rumbo en los últimos años, convirtiéndose en un sofisticado burgués gracias a un matrimonio conveniente, y había aplicando medicina alternativa y meditación a sus dolencias humanas.
-¡Yo también podré!- se decía frente al espejo roto y sucio... y lo repetía como un mantra mudo a cada momento en su mente, para luego evocar que cuando se reencontró con su padre en estado cremado, aspiró un par de gramos de sus cenizas y sintió una acidez infinitamente litúrgica en su nariz y que, sin embargo, a pesar de sentir parte de su ser incorporado a su cuerpo, no logró reencontrarse con su figura, ni menos sentirse excusado de su error, de aquella maldición que lo alejó para siempre del lado de sus seres queridos.
Pasaron dos días más antes que pudiera levantarse por algo más de media hora y atreverse a mirar por la ventana de la habitación, pero la embriaguez hizo que no reconociera el barrio de su infancia y se desesperara de ver ese rincón donde sus residentes de antaño habían emigrado buscando mejores horizontes, luego del cierre de la mina.
Sentía dolor desde la cabeza hasta los huesos y si bien ya se habían disipado sus fantasías suicidas, lo único que lo calmaba era recordar algunos versos de "Una Temporada en el Infierno" e imaginar a un poeta adulto y decadente, dedicado al tráfico de esclavos y armas, perdido en lugares lejanos y saber que el también estaba perdido entre paredes que se volvían amenazantes al caer el sol y que aprisionaban su alma atormentada.
Al otro día despertó y no bebió por horas, mojó su cara con agua fría y decidió mirar por la ventana que daba a la calle, esa que había estado todo el tiempo tapada por esas viejas cortinas… pensó que volvería a recordar otros tiempos, pero el evidente abandono de las casas vecinas y un aroma de desamparo frenaron sus recuerdos y lo hicieron mirar hacia la esquina buscando rostros o al menos rastros humanos…
Divisó unas coloridas carpas como las que había visto en las noches del puerto. Luego, vió unos lejanos rostros que se confundían con el reflejo del río que cruzaba al fondo del sector donde había estado la cancha deportiva de su infancia, que ahora era habitada por esas mujeres de largos vestidos que aseguraban conocer el futuro y por artesanos de cobre bruñido por martillo preciso.
Recordó haber compartido alguna vez con un par de esos seres desterrados, de esos parias sin derecho a pecado original, de esos seres errantes como su propio espíritu, de esos habitantes del mundo que poseían su propia lengua y costumbres de clan…
Se fue a dormir con una botella de vino a medio beber, ya no se sentía tan encerrado, ni tan atrapado en ese caserón perdido en el tiempo. De alguna manera sentía que el campamento gitano sería parte de su futuro, de su regreso definitivo a esas tierras...
Sin saber cuanto tiempo más había pasado y ante la imposibilidad de encontrar la llave con la que se había convertido en prisionero de sí mismo, abrió el ventanal que daba a la calle y respiró profundamente el aroma fresco del paso del río, que lo llevó a la niñez y luego a sus años vividos frente al mar…
Mientras miraba a todas esas casas abandonadas y al grupo de carpas de colores a lo lejos, divisó un par de rostros que caminaban hacia él, su primer contacto humano en una semana de encierro y angustia por la abstención… eran dos pequeñas como de la edad de la niña que cambió su historia personal… estaba aterrado, venían hacia él con decisión y rapidez, sus vestidos de colores y sus largas cabelleras hicieron temblar todo su cuerpo y luego de preguntarle algo como "¿tienes una moneda paisano?", cerró la ventana, la cortina y lloró en medio de la oscuridad.
Pasarían otros tantos días antes que Nicolás, el nuevo habitante de esa tierra des-habitada por unos y re-habitada por otros, se atreviera de nuevo a mirar hacia el campamento…
( "Encuentro con los gitanos", relato original publicado en "Cuentos de Gitanos", Agosto de 2007 )
BELMAR
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