José Ramón Enríquez
Bip nació en 1947, año dos de la Era Atómica, y, paradójicamente, cumple sus sesenta años cuando muere su creador y con él se va. Por su tristeza, fue una especie de Polichinela sin jorobas, o de Arlequín con la cara blanca. Contradictorio siempre, venía de la Commedia dell’Arte, aunque era mudo. Su creador solía decir: “Mis palabras son mis ojos”. Ojos, desde luego, que habían visto mucho.
Marcel Mangel (probable apócope de Mangelevitz) fue el creador de Bip, ya con el nombre artístico de Marcel Marceau. Nació en Estrasburgo, el 22 de marzo de 1923, y acaba de morir, en Cahors, el 22 de septiembre, luego de maravillar a las varias generaciones que hemos recorrido la segunda mitad del Siglo XX y estamos ante el belicoso inicio del Siglo XXI.
La guerra de Marcel se inició a los 15 años de edad, cuando los nazis invadieron Francia y, por ser judío, fue obligado al exilio. Luego se unió a las tropas de liberación francesas dirigidas por el general De Gaulle y, posteriormente, gracias a su conocimiento del inglés, fue intérprete de las tropas aliadas norteamericanas. Todo ello nos lo cuenta la historia, así como que su padre murió en los hornos crematorios de Auschwitz.
El Bip de Marcel Marceau no fue un payaso blanco como cualquier otro. Para traer un arte que viene desde la Grecia antigua hasta nosotros, debió cruzar por una etapa brutal que lo marcó, lo hizo: la Segunda Guerra Mundial con todo ese entorno suyo que hirió y lastimó a millones de seres humanos, empezando por la Guerra Civil española y acabando “oficialmente” en la Guerra de Corea.
Tal vez perdió su voz el payaso blanco ante el horror del Holocausto de su raza, que sólo en silencio puede apenas pensarse.
Aunque en páginas de este diario algún lector opinara que se hacía demasiado énfasis en que Marcel Marceau era judío, yo no encuentro otro punto de partida para entenderlo. Tal vez sus espectadores desconocían la tragedia inicial, pero ésta dejó en Bip ese sello inefable de tristeza y, más aún, de pasmo ante una realidad que quisiera borrarse.
Del Japón bombardeado surgió una nueva danza, butoh, también silenciosa, aunque muchísimo más violenta que la ternura rota del payaso blanco. Y es que la visión del horror se manifiesta con distintos espasmos. Precisamente, para el Diccionario, pasmo es “admiración y asombro extremados que dejan como en suspenso la razón y el discurso” y es, también, “rigidez y tensión convulsiva de los músculos”. En distintos tonos, tempos y ritmos, aquella guerra y sus masacres convulsionaron artistas y los dejaron como en suspenso. Marcel Marceau fue uno de ellos y eso es lo que producía en nosotros, nos pasmaba, como hasta hoy lo hacen los tres payasos tristes de quienes tomó el silencio: Chaplin, Langdon y Keaton.
Si recordamos que Susan Sontag montó Esperando a Godot, en plena guerra de los Balcanes, que ahí fue entendida como nunca, y que Beckett quiso estrenarla con Chaplin y Keaton, nos acercaremos a cuanto tiene de terrible el pasmo de Marcel Marceau.
Las generaciones del Siglo XXI parecen ir perdiendo la memoria, mientras renacen los racismos que llevaron al Holocausto, así como a los holocaustos de otras “razas inferiores” y de seres “degenerados” como los homosexuales y los minusválidos. Jóvenes, rapados o no, olvidan Auschwitz y repiten el saludo de los nazi, mientras los hijos de Bush olvidan Hiroshima y Nagasaki para desear soluciones finales como aquellas bombas, aunque sea en la pequeña escala de sus campus escolares.
Ante el olvido generalizado se nos están muriendo los últimos testigos, y, al parecer, sus hijos resultamos inútiles para convencer a los nietos de que aquello ocurrió y de que fue un infierno.
Porque Marcel Marceau era uno de los últimos testigos, y porque Bip se quedó mudo y hasta el último instante nos transmitió su pasmo, no creo confundir las cosas al recordarlo, no como un payaso dulce pero aséptico, sino como un enorme artista que sobrevivió al infierno, y aún grita con las palabras de sus ojos para que nunca, y por ningún motivo, vuelva a repetirse.
5 comentarios:
La taberna de Moe cierra sus puertas por falta de tiempo pero he colocado tu link en mi blog:
www.loquemetocaloscojones.blogspot.com
Lo importante es no perder el contacto.
Yo mirare de pasar a verte de vez en cuando aunque no tenga mucho tiempo, voy a ser padre por segunda vez, el curro... La vida que le dicen.
Un abrazo.
marcel se recordara como el mas grande mimo y quizas nunca por lo que tuvo que pasar y experienciar en vida, pues las nuevas generaciones no olvidan porque quieren, yo creo que son el sistema y los en poder los que tratan de borrar desesperadamente las huellas de sus crimenes, todo esta hecho para olvidar, la educacion, la tv, los nuevos estimulos y la historia queda atras y es contada por los vencedores, o sea, a muchos nos han lavado el coco y existe esta amnesia historica imperante...
saludos y salud por marcel!!!!!!
¡Oh, buen Moe! Es verdad que no andaba mucho por allá; pero no dejaba de darme mis vueltas y de participar del proyectos, que me parecía un respiro: lo voy a extrañar. Ya no es estaremos dando una vuelta por los cojones, porque sí, lo importante será no perder el contacto.
Pues, estimado Pescador, a seguir con la tarea nuestra de tejer historias, con los colores o la pluma, para que la memoria, ése "espejo enterrado", no se pierda.
Me he quedado sin palabras a raiz de este post. Cierto es que nuestro querido Marcel (QEPD) fue víctima de los horrores del holocausto. A quien no le quitaría el habla tremenda experiencia?.
Su triste vivencia le dió úna lección que supo tomar con plena sabiduría, utilizando así el mejor lenguaje... aquel que fuera comprendido por cualquier pueblo del mundo y sin necesidad de voz... el lenguaje corporal.
He leido por ahí que fuera de los escenarios era una persona muy elocuente, muy profunda es sus reflexiones y muy humano.
"El silencio no tiene límites para mi, los límites los pone la palabra"- Marcel Marceau QEPD
Que en paz descanse, ya que la guerra fue su eterna compañera. Gracias por la visita.
Publicar un comentario