Publicado en Reforma, Sección Cultura, el 29 de febrero del 2008.
De Numancia al esperpento
por José Ramón Enríquez
No creo en los Oscares, sistema amañado para comercializar el “show”, pero confieso que ahora uno de ellos me ha emocionado. El premio a Javier Bardem y, sobre todo, el momento en que dejó el inglés para referirse a Pilar, su madre, actriz de pura estirpe escénica, y dedicar su premio a “los cómicos de España que han dignificado nuestra profesión”.
Yo pensé en los cómicos de todos los países con nuestra misma lengua y sí, me sentí incluido. “Cosas veredes”, decían nuestros ancestros, y aunque en esta ocasión han sido cosas buenas no han dejado de traerme las imágenes de cosas muchísimo peores.
Porque sin ver todavía a Bardem en No es país para viejos, lo tengo en la memoria como el Reinaldo Arenas de Antes que anochezca. Y justo al mismo tiempo en que Fidel Castro, su verdugo, cede el poder a un hermano menor al que poco falta para ser octogenario. Reinaldo sonreiría con su mirada de clara melancolía.
Cuando el neoconservadurismo maquillado de izquierda ha vuelto a poner de moda a Fidel, como el caudillo que enfrentó al Imperio y exigió ser a su pueblo una nueva Numancia, la edad y la enfermedad lo derrumban sin misericordia.
La tiranía de Batista dio la razón a Fidel, la incapacidad de Kennedy lo inventó en Bahía de Cochinos y la estupidez de sus sucesores lo ha mantenido en el poder, no sólo legitimando el crimen sino confundiendo con tragedia lo que, ya desde la aventura del Che en Bolivia, era en realidad un esperpento. Y hoy lo vence la biología.
Al construir su Numancia, la gran tragedia del teatro en español, Cervantes muestra una contradicción que ha sido calvario para nuestros pueblos todos. Presenta el horror de
¿Es un oxímoron más de Cervantes? ¿Es una ironía que sirve a nuestro autor máximo para evadir
Al menos de la misma manera como creía en
Sin embargo, yo pienso en lo contrario. Ambos tuvieron que esconder entre líneas su decepción vital ante cualquier guerra. Incluso ante la que exige entrañables heroísmos numantinos, porque sabían que toda guerra lleva en las entrañas no sólo la carga terrible de la tiranía, sino el ridículo destino del esperpento.
Porque el grito que dimos muchos (“¡Si Fidel es comunista, que me apunten en la lista!”) se ha convertido en silencio cómplice, en sonrisa decepcionada o en lástima ante el espectáculo esperpéntico de un dictador agotado y de un hermanito sucesor que sigue gritando, con todo lo ridícula en que se ha convertido la retórica revolucionaria: “¡Fidel es Fidel. Fidel es insustituible!” , rodeado por la gerontocracia.
Como no deja de ser un esperpento la espera de los buitres que aprendieron a añorar a Batista y hoy quieren recuperar la vergüenza que alguna vez dejaron tras de sí sus ancestros en la fuga de los casinos.
Pero hay algo bueno: los cómicos, Cervantes y Reinaldo incluidos, hemos visto premiar a uno de los nuestros.
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