15 de julio de 2010

Zapatismo y diversidad sexual

Raúl Lugo Rodríguez
Conferencia dictada en 2003 y reelaborada para La Otra Chilanga

El zapatismo o la batalla por el respeto a la diversidad

Uno de los hilos conductores de la gran aportación que el EZ ha hecho a la discusión nacional es el del reconocimiento y el respeto a la diferencia, al distinto y la distinta. No me extrañaría que algún especialista, de esos que se dedican a hurgar documentos del pasado, hiciera en algún futuro remoto una lectura de toda la inmensa bibliografía zapatista desde la clave de la diversidad. Encontraría mucha tela de dónde cortar. Basta con asomarse a algunos de los comunicados elegidos al azar para encontrar referencias, aquí y allá, al tema de la diversidad y calibrar el peso que este tema tiene en el conjunto discursivo del EZ.

Mencionaré, solamente para ilustrar lo que he afirmado, dos pasajes del discurso zapatista en voz del subcomandante Marcos. El primero es uno de los cuentos fundamentales del Viejo Antonio: “La Historia de los Otros”. En ella se narra cómo hubo una asamblea de los dioses primeros en la que cada cual dijo su palabra y todos dijeron “Mi pensamiento que siento es diferente al de los otros”… Después de un rato de silencio, los dioses primeros se dieron cuenta de que tenían un primer acuerdo y era que había ‘otros’, que esos ‘otros’ eran diferentes del uno que cada uno era”. Así que el primer acuerdo que tuvieron los dioses más primeros, según narra el Viejo Antonio, fue reconocer la diferencia y aceptar la existencia del otro.

Pero, como el mismo cuento reconoce, después del primer acuerdo siguió la discusión, “porque una cosa es reconocer que hay otros diferentes y otra muy distinta es respetarlos”. La parte que a mí me parece medular del cuento es la que reza así:

“Entonces cada uno de los dioses habló de su diferencia y cada otro de los dioses que escuchaba se dio cuenta que, escuchando y conociendo las diferencias del otro, más y mejor se conocía a sí mismo en lo que tenía de diferente. Entonces todos se pusieron muy contentos y le dieron a la bailadera… y sacaron el acuerdo de que es bueno que haya otros que sean diferentes y que hay que escucharlos para sabernos a nosotros mismos”.

Creo que este relato del Viejo Antonio es central para el tema que consideramos. El reconocimiento y el respeto a las diferencias, a todas, no es solamente un asunto que ataña a los ‘diferentes’. Es cuestión de toda la sociedad, es expresión de qué tan sano o enfermo está el cuerpo social, es, finalmente, la única manera como una sociedad puede, para decirlo en las mismas palabras del Viejo Antonio, ‘saberse a sí misma’. Es esta convicción la que se esconde detrás del entrañable grito que ha acuñado el zapatismo: queremos un mundo en el que quepan muchos mundos.

El segundo pasaje, que abre ya mi reflexión al asunto de la diversidad sexual. Se trata de una conversación que surgió cuando al Sup le dio por sentirse el Viejo Antonio y comenzó a aleccionar a Pedrito (tojolabal, de dos años cumplidos), para hacerle saber cosas importantes para cuando creciera (Pedrito, no el Sup, que de por sí ya está bastante crecidito). En una de esas tardes en que tanto el Sup como Pedrito fumaban, éste un cigarro de chocolate y aquél su ya legendaria pipa, el Sup, con voz grave y preñada de autoridad afirmó:

“Mira Pedrito, cuando un hombre ama a una mujer… porque no es lo mismo que cuando una mujer ama a un hombre, o cuando un hombre ama a otro hombre, o cuando una mujer ama a otra mujer, porque de todo hay y es necesario saberlo y comprenderlo…”

La arenga del Sup terminó en frustración. Pedrito se retiró cuando, después de haber terminado su cigarro de chocolate, interrumpió en sus disquisiciones al guerrillero extendiéndole la mano para pedirle, en dialecto tojolabal, más chocolates. Cuando el Sup contestó ‘no hay’, Pedrito se dio media vuelta y se fue, dejando al pretendido filósofo de la diversidad sexual con un palmo de narices. Después de lamentarse de que esta juventud de hoy no esté interesada en temas importantes, el Sup se sacó de la manga uno de los cuentos más celebrados por quienes batallan por el respeto a la diversidad sexual: Agujetas de color de rosa, que seguramente todos los lectores/as de este blog han de conocer. El cuento, relatado el 8 de septiembre de 1998, no es, desde luego, la primera mención expresa de la diversidad sexual en el discurso zapatista, pero es, para mi gusto, una de sus expresiones más lúdicas.

Discriminación, punto de contacto entre indígenas y homosexuales

Si bien es cierto que el reconocimiento y el respeto a las diferencias (tolerancia, le llaman algunos) es uno de los elementos fundamentales de la propuesta de transformación social que subyace al discurso zapatista, también es cierto su reverso, es decir, que una de las tareas indispensables para la conformación de una sociedad en la que quepamos todos y todas es la lucha en contra de la discriminación, quizá la más dolorosa de las negaciones del derecho a la diversidad.

Cuando el EZLN, a pocos meses del inicio de la sublevación, convocó a las organizaciones de la sociedad civil mexicana a participar en la Convención Nacional Democrática, el movimiento lésbico-gay se hizo presente y presentó una propuesta. En ella encontramos la afirmación de una afinidad entre los sublevados zapatistas y el movimiento homosexual: la experiencia de la discriminación. Así lo afirma el documento presentado por la Asamblea Nacional Lésbico Gay el 30 de julio de 1994:

“A partir de la hostilidad hacia lo distinto, incluyendo las ideologías políticas, religiosas, estilos de vida, etnias, clases sociales etc., nacen las diferentes formas de la discriminación. En específico, las etnias indígenas y la población homosexual padecemos, por distintos motivos, una misma injusticia: aquella que nos impide el ejercicio pleno de nuestros derechos; ellas por un prejuicio clasista y racista, y nosotros por un prejuicio sexista y homofóbico” (p. 2).

Ya en ese mismo documento las organizaciones que pugnan por el respeto a la diversidad sexual proponían, entre otras cosas, “la penalización de la discriminación… y la adopción por parte del Estado Mexicano… de las medidas necesarias para combatir toda discriminación o limitación de los derechos fundamentales de la persona por razón de su orientación sexual” (p. 3).

Todavía hoy esta demanda no encuentra su cristalización plena en nuestro país. Un capítulo más de esta batalla se dará el próximo mes de agosto, cuando la Suprema Corte de Justicia deba analizar la constitucionalidad de la ley de matrimonios entre personas del mismo sexo y su posibilidad de adoptar, actualmente vigente en Chilangolandia,

La discriminación tiene rasgos yucatecos

Cuando la demanda de la comunidad lésbico gay hizo referencia, en 1994, a la reivindicación del derecho a formas legítimas de expresión del afecto y de la sexualidad, independientemente de la orientación sexual de los individuos, y del deber de los gobiernos de respetar el uso del vestido y el arreglo personal que se desee, estábamos lejos de imaginar que ya entrado en nuevo siglo íbamos a ser testigos, en muchos estados de la república de razzias y detenciones realizadas por la policía para detener y sancionar a personas, guiados únicamente por su apariencia. Esta política se hizo evidente, por ejemplo, en la detención de decenas de jóvenes al terminar una de las marchas en contra de la visita de George Bush a Mérida, el 13 de marzo de 2007 (el acontecimiento fue ampliamente documentado por el equipo de derechos humanos “Indignación A.C.”. Ver www.indignacion.org.mx).

Aunque esta actitud autoritaria no se ejercita exclusivamente contra las personas homosexuales y travestis (se ha detenido también a mochileros y/o tamborileros basados en el mismo prejuicio), sí puede encontrarse, en relación con la diversidad sexual y sus expresiones, una saña homofóbica especial. Hay testimonios de travestis que son dramáticos: detenciones arbitrarias, extorsión, forzamiento a realizar servicios sexuales a los policías, etc. A esta práctica, autoritaria y discriminatoria a todas luces, se une la sospecha fundada de que hay algunos juicios en los que, más que la búsqueda de la verdad y la justicia, funciona, en un entretejido de corrupción de las autoridades y discriminación social, el prejuicio de la homofobia. El colectivo homosexual enfrenta cotidianamente diversos grados de rechazo. Nadie, desde luego, está obligado a estar de acuerdo con una determinada orientación sexual y/o con los actos que de ella se derivan. Pero sucede que, ante las leyes que nos rigen y las convenciones internacionales que nuestro país ha signado y ratificado, una persona no es sujeto de derecho porque su orientación sexual sea la de la mayoría o sus conductas íntimas estén socialmente aprobadas, sino porque es persona, ciudadano con todos los derechos, y eso no depende de una determinada orientación sexual.

Cuando el estigma social contra el colectivo homosexual contamina la administración de la justicia, entonces entramos en una situación muy grave. Los casos de discriminación contra las personas homosexuales son mucho más que una simple sospecha o un dato anecdótico. Hay, incluso, una asociación de carácter nacional que se dedica a investigar los crímenes de odio, que los hay, motivados por la homofobia de ciudadanos o de autoridades. Pueden documentarse por centenares las denuncias que en diversas partes del país han sido interpuestas en contra de policías que extorsionan a homosexuales, los detienen sin motivo, les cobran cuotas en dinero o en especie, los amenazan, etc. La confusión lamentable de algunas autoridades que pretenden “limpiar” los espacios públicos de “ladrones, carteristas, homosexuales, vagos y prostitutas”, metiendo en un mismo saco conductas minoritarias y conductas delictivas, ha dado como resultado detenciones arbitrarias, basadas en ocasiones, para mayor gravedad del atropello, en la manera como las personas van vestidas por la calle.

Aunque es menester reconocer que todos, en cierta medida, somos responsables de la expansión y permanencia de una cultura de miedo y rechazo a las diferencias, puede decirse que en el terreno social hay responsabilidades muy claras que hay que tener la lucidez de señalar. Las autoridades que tienen que ver con la procuración e impartición de justicia tienen, por ejemplo, una enorme responsabilidad. Los buenos gobiernos han de velar por los derechos de todos los ciudadanos y ciudadanas, independientemente de su orientación sexual o cualquier otro elemento que los constituya en minorías.

En el caso del estigma social que se cierne sobre las personas homosexuales, otras graves responsabilidades se reparten entre las instituciones que no han aprendido todavía a educar en la tolerancia y en el aprecio a la diversidad, particularmente la escuela y las iglesias. Finalmente, los ciudadanos y ciudadanas comunes, los de a pie, somos también responsables de la reproducción de un esquema machista y patriarcal que niega la validez de la diversidad o la convierte en motivo de escarnio, como cuando nos solazamos en chistes que humillan a las personas o cuando imponemos motes o apodos ofensivos y degradantes.

El zapatismo y la bandera del arco iris

Dice la Biblia que después del diluvio, Noé recomenzó la historia del género humano bajo una promesa divina llena de esperanza: nunca más volveré a destruir la tierra. El signo de esa promesa fue el arco iris. Traigo esto a colación porque el arco iris, la bandera del arco iris, es uno de los símbolos más extendidos con que se reconoce a los colectivos homosexuales en todo el mundo.

No me extraña en absoluto que el EZLN haya proclamado, en la Sexta, su solidaridad con quienes son discriminados a causa de su orientación sexual, lo que en jerga del Sup hemos aprendido a llamar “los otros amores”. Y no me extraña porque las personas homosexuales, prototipos de una diversidad que no encuentra todavía lugar digno en un mundo que se rige por patrones discriminatorios, han encontrado sustanciales coincidencias con el movimiento zapatista.

Hoy quiero agradecer a las comunidades zapatistas el aprecio que manifiestan por toda forma de diversidad. Supongo que, como ocurre en muchas otras culturas, este aprecio ha costado no pocas mutaciones de conciencia y dolorosas variaciones en algunos patrones de conducta a las comunidades indígenas en rebeldía. Quienes apostamos por un mundo de tolerancia y hemos llegado a descubrir que las diversidades nos enriquecen y nos ayudan, como dice el Viejo Antonio en su peculiar lenguaje, a ‘sabernos a nosotros mismos’, le agradecemos al EZLN su valiosa aportación a la discusión pública sobre el respeto a todas las diversidades, incluida la diversidad de orientación sexual.

Una expresión genial de los zapatistas es “Detrás de nosotros estamos ustedes”. Yo me he imaginado muchas veces, detrás de la bandera de la estrella solitaria del zapatismo, una multitud de banderas que representan a todas las minorías y todas las diversidades que han encontrado cobijo bajo el pasamontañas de las comunidades indígenas en resistencia. Me parece ver la bandera del arco iris detrás de la bandera zapatista, entrelazada con ella. ¡Curiosa paradoja!: los indígenas han debido cubrirse el rostro para ser vistos. Las personas homosexuales, en cambio, han debido esconderse en el closet y vivir su orientación sexual en la penumbra, precisamente para no ser reconocidos ni discriminados. Para ambos colectivos se vislumbra ya el arco iris de la promesa, la hora de la dignidad, la hora del fuego y la palabra.

1 comentario:

Sebastián Liera dijo...

Raúl, padre, muchas gracias por esta, la primera de muchas colaboraciones; gracias por su tierna complicidad; gracias por todo, lo del ayer y lo del mañana. Tlazokamati. Le abrazo fuerte.

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