Publicado en Reforma, Sección Cultura, el 21 de septiembre de 2012.
Por José Ramón Enríquez.
Eran tres: George Marchais, dirigente del partido comunista francés; Enrico Berlinguer, del italiano, quien contaba con la herencia que le llegaba desde Gramsci; y Santiago Carrillo, dirigente en el exilio de un partido comunista de España que enfrentaba la brutal dictadura de Franco. Elaboraron y llevaron a la práctica, en sus respectivos países el llamado eurocomunismo.
Acaba de morir el más longevo entre ellos, Santiago Carrillo, a los 97 años y mientras dormía la siesta. Pero los resultados prácticos del eurocomunismo no resultan para nada atractivos. Más bien todo lo contrario. Los tres partidos eurocomunistas han quedado rebasados en la práctica e inclusive el más influyente de ellos, el italiano, ha perdido su nombre. Carrillo ha muerto expulsado de su partido y el partido comunista de España es una formación más de Izquierda Unida que hoy lucha por recuperar el espacio que algún día tuvo.
Sin embargo, no es posible olvidar los grandes vientos que provocaron con su pensamiento, sobre todo al situar la democracia como eje imprescindible para la construcción del socialismo.
Obviamente quienes más se beneficiaron de este viraje fueron los partidos socialistas que reclamaron su matriz socialdemócrata y cubrieron con cuidado no sólo muertes simbólicas como la de Rosa Luxemburgo sino su inactividad, por ejemplo en España, durante la lucha clandestina.
En México, donde el socialismo lombardista había entregado al PRI el movimiento obrero, la influencia del eurocomunismo creció al romper el partido comunista mexicano con el de la Unión Soviética, tras la invasión de Afganistán. Un pensamiento antiautoritario, no demagógico y no entreguista parecía ser el camino ideal para los comunistas mexicanos. Hoy, 32 años después de que el partido comunista mexicano se disolviera, las ecuaciones continúan sin resolverse y el camino sin andarse.
Por ello, también en estas latitudes la muerte de Santiago Carrillo puede ser buen momento para la reflexión. Pero lo es mucho más en España y, sobre todo, en los momentos por los que atraviesa España.
Diez años antes de que Gorbachov echara a andar perestroika y glásnost en la Unión Soviética, los comunistas españoles decidieron salir de la clandestinidad y propiciar la transición. Sin embargo, ni los comunistas que caminaban con Gorbachov ni los que iban con Carrillo consolidaron ningún proyecto viable. Vladimir Putin salió de los sótanos de la policía secreta para hacerse con el poder y el socialdemócrata Rodríguez Zapatero, muy a su pesar, fue rebasado por un mercado financiero al que no supo oponer, ni teórica ni prácticamente, alguna otra vía y tuvo que entregar el poder al neofranquismo recalentado y con mayoría absoluta.
Ya sin Santiago Carrillo, expulsado del partido comunista de España desde 1985, Izquierda Unida tiene ahora la oportunidad de tomar la palabra y oponer alguna alternativa al capitalismo financiero que, como auténtico tsunami, está barriendo aun con el sueño de una Europa unida.
Habría que partir de la idea original de eurocomunismo: la democracia. Aquella frase de “dictadura ni la del proletariado” tiene que volver a estructurar no sólo la idea de Estado que se ofrece a la sociedad sino la idea misma de organización política. Hoy impide cualquier alternativa comunista ese autoritarismo en el partido que llevó a la expulsión de Carrillo y que fue practicado por él mismo en múltiples ocasiones. En memoria suya vale la pena reflexionarlo.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario