7 de octubre de 2012

El rostro de las víctimas.


Por Javier Sicilia.
Se me ha pedido, como a todos los participantes de esta mesa, hablar de un tema complejo que tiene muchos niveles de registro: “El sufrimiento de un país en sus víctimas”. El tema, en mi caso, es, sin embargo, más complejo porque soy una víctima, es decir, alguien a quien el rostro del mal grabó sus horrendos rasgos en su carne y en la de su familia y no puede hablar sobre una abstracción llamada país. Nunca he creído en las abstracciones. En nombre de ellas –llámense país, nación, Dios, democracia, bienestar, etc. se han cometido las peores atrocidades: la abstracción, por ejemplo, de la maldad de la droga que hay que combatir ha matado en los últimos 6 años en nuestro país más seres humanos y destruido más familias que la adicción de la droga, que en México cobra 400 personas al año. Creo, en cambio, en los seres humanos de carne y hueso y, por lo mismo, creo, en un sentido complementario al Talmud, que quien humilla a un hombre humilla a la humanidad entera, es decir, humilla a cada ser humano en su carnalidad, en su ser, en su hermosa y profunda irrepetibilidad, y que quien lo salva, salva a esa misma humanidad.
En este sentido habría que decir que frente al sufrimiento de las víctimas en México, algunos, siguiendo el Talmud, han decidido nombrarlas, abrazarlas, tomar, a lado de ellas, su defensa, tratar de salvar a otros y buscar una ruta hacia la paz y la justicia. Otros, reducidos en su egoísmo a esa lógica perversa de que las desgracias les suceden siempre a otros o, bajo la abdicación más perversa del Estado y su propaganda que las ha querido borrar y reducir a “se están matando entre delincuentes”, a “bajas colaterales”, a “algo habrán hecho” –una manera eufemística de llamarlas, al igual que lo hicieron los nazis para justificar el crimen, piojos, liendres, cucarachas, seres despreciables cuya muerte es una forma de la higiene que no vale siquiera la pena mirar–, han decidido aceptar, ocultando y borrando el dolor que en realidad los posee, los desmembrados, los descabezados, los secuestrados, las violadas y asesinadas, los desaparecidos, y la lenta pérdida de los derechos civiles, es decir, han decidido normalizar el crimen y la impunidad.
Frente a esa realidad, que no es el dolor de un país, sino de seres humanos concretos e irrepetibles, quisiera hablar desde mi condición de víctima de un sufrimiento que tiene que ver con un asunto de orden espiritual cuya expresión más clara y contundente es la ausencia de Dios, su profundo y aterrador silencio frente al mal y al sufrimiento de las víctimas.
Auschwitz, es decir, la paciente, cruel y sistemática labor de exterminio de unos seres sobre sus semejantes, planteó una pregunta que, válida hoy en el horror que vive México, ninguna teología clásica, al menos para mí, puede responder: ¿Por qué, después de más de dos mil años de redención y cristianismo, el mal, lejos de disminuir se ha complicado, al grado de que en la era de mayor conciencia del hombre sobre el hombre, o para decirlo en los términos sacrosantos de la laicidad, en la era de los derechos humanos y de las democracias, asistimos a una destrucción de los seres humanos que, por lo mismo, no ha tenido precedente en la historia? ¿Dónde en toda esta historia de horror y sufrimiento está Dios?
Se podría decir que mi analogía entre Auschwitz y México no es correcta. Sin embargo, puedo decirles, siguiendo mi complemento del Talmud y la propia experiencia de mi vida, que Auschwitz no es un asunto de cantidad, sino de intensidad. Cuando uno ha vivido el asesinato de un hijo bueno e inocente es Auschwitz; cuando, sin ninguna coartada, de cara a los desmembrados y descabezados con los que todos los días amanecemos, como si se tratara de basura, cerramos los ojos e imaginamos su sufrimiento y su muerte, es Auschwitz; cuando se ha escuchado el dolor de cientos de madres que tienen hijos de desaparecidos y viven en una abismo sin fondo, sin saber si están vivos o muertos, y si están vivos dónde y cómo están, y si están muertos dónde y como sucedió, es Auschwitz; cuando uno se topa con la indiferencia o el desprecio de otros, es Auschwitz, y entonces la pregunta vuelve: ¿Dónde está la redención y Dios en todo esto?
Muchas veces me he topado con la respuesta clásica de un cristianismo tan intoxicado como imbécil, una respuesta que me repugna profundamente y que seguramente la habrán escuchado muchas víctimas: “Dios te eligió para traer un bien como eligió a su Hijo” o “Dios sabe lo que hace”; o “es parte del plan de Dios”. Cuando la oigo, me dan ganas de restregarle al que lo dijo todo este dolor en la cara y decirle con la dignidad de Dostoievski: “Ni Dios, ni el paraíso, ni la promesa de una vida futura, compensan la muerte de mi hijo y de cualquier inocente; te cambio toda esa mierda sagrada por ellos. Un Dios así, un Dios que elige o permite el mal, un Dios que está del lado del crimen no me interesa, le doy la espalda; es más, lo he mandado hace mucho –esa es la verdadera palabra que brota de mi interior–, a chingar a su madre”.
La verdad, la única y real verdad, es que allí Dios no está. Si hay algo de él es, al igual que sucedió en Getsemaní y en la cruz, su silencio, su terrible y abisal silencio. ¿Cómo interpretarlo? De la única manera posible: Porque Dios es amor y el amor, contrariamente a lo que nos han enseñado, es pura impotencia, una impotencia cuyo rostro es el sufrimiento mismo de las víctimas. A Dios, decía César Vallejo con la lucidez que sólo puede traer la poesía, “debe dolerle mucho el corazón”, al igual que un padre que amando tanto a su hijo y no pudo evitar que el mal del crimen se cerniera sobre él le duele. Si Dios tiene un rostro –es el único que he podido visualizar en medio de mi dolor y que mantiene viva mi fe—, ese rostro es el de la impotencia del amor frente al poder, el de la ternura con la que impotente y silencioso uno abraza su propio dolor y abraza el dolor de otros.
Esta afirmación daría material para un largo y profundo ensayo que no puedo ni debo, por su extensión, hacer aquí. Además de que no serviría de nada ante la dimensión de lo que una víctima vive de cara a ese enigma atroz. A esos niveles con los que la realidad cala la carne de la vida espiritual, el lenguaje es poca cosa, no alcanza más para que balbucear algo de la inmensidad de esa experiencia inefable. Quizá, para lo que se nos ha pedido hoy, uno de esos balbuceos se encuentre en la palabra “derelicción” que Simone Weil tradujo en un lenguaje más directo como “la desdicha”.
Una víctima es un desdichado, un ser de derelicción, abandonado, aislado, privado no sólo del socorro humano sino también del divino. Hay así en nosotros una sensación de desarraigo de la vida que se parece a la muerte y que resuena en la carne como un sufrimiento físico en donde falta el aire y duele el corazón; una especie de desorden biológico y psíquico que se produjo por la liberación brutal de un amor cuyo objeto nos fue repentina, brutal e injustamente arrancado y ante cuyo ultraje no podemos hacer nada. Ninguna justicia, cuando llega a haberla, alcanza siquiera para remediar un gramo de ese sufrimiento. A veces, incluso, por una extraña y atroz lógica, hay, en el fondo de esa experiencia, una sensación de culpabilidad y de suciedad que debería sentir el criminal y que, por desgracia, no existe en él. “El mal, dice con exactitud Simone Weil, habita en el alma del criminal sin que lo sienta”. Lo experimenta, en cambio, nuestra propia alma como una extensión maldita del ultraje del que nuestro ser amado fue objeto. Si encuentro un análogo de esa experiencia es el de Cristo en la cruz. Cuando san Pablo exclama que “se hizo pecado por nosotros”, no sólo se está refiriendo a su cuerpo destrozado, que se ha convertido en maldición de los hombres y de Dios, sino también a su alma. Esa experiencia no es sólo la que seguramente sintieron nuestros hijos al ser secuestrados y asesinados, sino, en el orden del alma, la nuestra. “Ninguna gracia puede –como señala bien Weil– sanar (esa) naturaleza irremediablemente herida”. Por eso el Cristo resucitado lleva las cicatrices del mal en su carne.
Ese, creo, es el sufrimiento de todos los seres humanos de un país en sus víctimas; incluso el sufrimiento de quienes, arrinconados en su falsa zona de confort y su egoísmo, se apartan aterrorizados de ellas y del dolor de los sacrificados condenándolos, como si así escaparan del sufrimiento. “La naturaleza carnal del hombre –vuelvo a Weil—es común a la del animal. Los pollos se precipitan a picotazos sobre un pollo herido (…) Todo el desprecio, todo el odio que nuestra razón atribuye al crimen, nuestra sensibilidad lo atribuye a la desdicha”, es decir, a la situación de las víctimas.
Pese a eso, pese a esa oscuridad que arrastramos con nosotros –ese es el milagro—no hemos dejado de amar. Si lo hubiéramos hecho, las tinieblas del mal se habrían hecho absolutas y habitaríamos el infierno.
El amor es, en este sentido, un misterioso vínculo con el amor dolido e impotente de Dios y de nuestros seres amados. Entre su amor y el nuestro se superponen las inmensas capas del tiempo, de la historia, del mal y de sus ciegos mecanismos que se grabaron irremediablemente en nuestra alma y que surgen cuando el hombre se aparte de la debilidad del amor para unirse a lógica impía y mecánica del poder que siempre produce destrucción y muerte. Sometidos por esa realidad, pero unidos –los saben los amantes que viven separados– en esa distancia inmensa por el amor, hemos triunfado de la desdicha y hemos hecho de nuestro dolor una esperanza que no sólo nos eleva por encima de la mecánica ciega del poder y de su inmensa y cruel destructividad, sino que nos permite hacer presente, en el consuelo a los otros, la dulce, redentora y silenciosa impotencia del amor de Dios.
El amor que guarda el silencio de Dios sólo se hace presente en la ternura del amor que tenemos frente a nuestro sufrimiento y al de los otros. Esa ternura, tan amorosa como exigente, ha vuelto a poner en el centro del sufrimiento al ser humano y la necesidad de la justicia y de la paz que la lógica del poder no sólo olvida y niega siempre, sino que destroza.
Mientras poseídos por la desdicha caminábamos y continuamos caminando bajo ese vínculo del amor, no he dejado de pensar en esas hermosas y profundas palabras que escribió a Dios Etty Hillesum frente a la potencia del mal que se había desatado en la Alemania nazi y que pronto se cerniría sobre ella y toda su familia: “Me parece cada vez más claro, a cada latido de mi corazón, que tú no puedes ayudarnos, sino que nos corresponde a nosotros ayudarte y defender hasta el final la morada protectora que tienes en nosotros” y cuyo nombre es el amor, tan pobre, tan impotente y, a la vez, tan inmortal.
Además opino que hay que respetar los Acuerdos de san Andrés y terminar con esta absurda y dolorosa guerra.

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