Raúl Lugo Rodríguez
www.raulugo.indignacion.org.mx
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La aprobación de la reforma constitucional
en materia energética en el Congreso de la Unión y la vertiginosa cadena de
aprobaciones en los congresos estatales de la mayoría de los estados de la
república es un tema nacional de suma importancia. Para unos, la reforma es la
panacea que resolverá el problema del subdesarrollo en nuestro país y permitirá
un salto cualitativo en su proceso de crecimiento económico. Para otros es el demonio
de la traición a la patria que se nos ha colado y que desdibuja la identidad
nacional. El encono entre las dos versiones se manifiesta en las descalificaciones
mutuas y en la acusación de ignorancia que lanza una parte contra la otra.
Pienso que, más allá del aspecto
político que entraña este choque de visiones (izquierdas contra derechas), vale
la pena mirar cuál es el piso desde el cual cada uno de los grupos –y aquellos
ciudadanos y ciudadanas que no forman parte de ninguno– formula su apreciación.
Y pienso que esto tiene que ver, fundamentalmente, con el modelo de economía
por la que cada uno apuesta.
En cualquier mirada, aun superficial, de
los datos que nos arrojan los medios de comunicación y los análisis sociales
que se dan a conocer queda clara una cosa: los indicadores económicos están por
encima de los indicadores sociales. La mayor parte de los análisis que
presentan los partidos políticos y los gobiernos se basan en cierto tipo de
termómetros: la bolsa, la cotización del dólar, el PIB… mientras que no se toma
en cuenta la situación del trabajo y del salario, la realidad de la salud y de
la educación, del transporte y la vivienda, la seguridad social… La
presentación de estos termómetros como los únicos “datos científicos” para
medir la realidad, oculta el hecho de que tales datos se sitúan en el marco de una
determinada concepción de desarrollo. Se trata de una visión en la que todo se
mercantiliza y se mide por el proceso de inversión y retorno, costo-beneficio.
La política pública, un servicio que se ofrece a las y los ciudadanos, se
contempla como una moneda de cambio en la que los tres poderes de la nación
convierten los derechos sociales en un mercado de servicios públicos.
En este marco ¿cuál es la solución a los
problemas del país? Más crecimiento. La modernidad y la revolución industrial
han terminado por imponer su modelo: crecer y crecer. Cuidadito y cuestiones que
este modelo de desarrollo lleve inevitablemente al lucro exacerbado, a la
acumulación de capital y a la inequitativa distribución de la riqueza (como si
el hecho de que Slim y Salinas Pliego estén entre las personas más ricas del
mundo en un país en el que casi la mitad están en la pobreza no fuera un dato
duro de la realidad)… Para la enfermedad del mercado solamente se ofrece un
remedio: más mercado.
Hay, sin embargo, otros datos que no
suelen tomarse en cuenta: que la explotación del trabajo humano y la disponibilidad
de recursos naturales no son inagotables. El crecimiento a toda costa está
llevando al planeta a la agonía, tanto a la biodiversidad como a la
sobrevivencia de la especie humana. La obsesión de producir, comercializar y
consumir no parece tomar en consideración este dato que no ve solamente
quien no quiere verlo.
La Agenda Latinoamericana (pp. 212-213)
nos ofrece el testimonio de tres pensadores cuyas ideas valdría repensar en
este debate: Marc AUGÉ (Oú est passé l’avenire?
Ediciones Panama, Paris 2008) que cuestiona la tiranía del mercado total en la
que predomina la búsqueda de la buena vida, con el acceso a lo que ofrece el
marketing y la propaganda, sobre el buen vivir, cuyo acento está en el cuidado
y la convivencia de la naturaleza. El segundo es el polaco Zygmunt BAUMAN (Modernidad líquida, FCE Buenos Aires
1999) que alerta contra la ruptura del contrato social y el derretimiento –de ahí
el adjetivo líquido– de las grandes
referencias en este tipo de economía mercantilista y la opción por las recetas
publicitarias por encima de las planificaciones lentas y laboriosas.
Finalmente, Gilles LIPOVETSKY (El imperio
de lo efímero, Anagrama. Barcelona 1996 y La era del vacío, Anagrama, Barcelona 2007) que analiza la
convergencia de civilización occidental con el consumismo sin límites y la
irresponsabilidad ante el medio ambiente. Nomás para que los defensores de la
reforma, que repiten a la saciedad a los opositores que deben informarse (de lo
que ellos quieren, claro), se informen también de perspectivas distintas a las
dictadas por los grandes organismos internacionales consideradas como verdades “naturales”
que solo los rebeldes –idiotas y opositores al progreso de la patria– no
quieren acatar.
Por su parte, el brasileño Alfredo
Goncalves, nos ofrece en el mismo artículo de la Agenda Latinoamericana,
algunos criterios de lo que él llama “la otra economía” y que resultan
pertinentes en este debate que por momentos se antoja un diálogo de sordos: hay
que romper con la panacea del crecimiento ilimitado. No basta con mantener los
niveles de producción y de productividad: hay que poner el acento en el
compartir de los bienes producidos. Un modo de vida sostenible y digno se
sobrepone al simple desarrollo técnico y al crecimiento económico.
Se trata de una economía, y aquí cito: “que
tiene en cuenta el ritmo de la naturaleza, que respeta los diferentes
ecosistemas y sus ciclos, y que intenta extender a todos los habitantes del
planeta los beneficios de la producción y de la tecnología… en síntesis: una
economía justa, fraterna, solidaria y socializadora, abierta a una constante
redistribución… el ideal no expandir a todos los países el nivel practicado por
los países del Primer Mundo, sino construir una nueva civilización más sobria,
más frugal, más responsable, sostenible… se trata de realizar una inversión de
valores: sustituir la capacidad de producir, hacer, tener, aparentar y consumir…
por la capacidad de convivir con la naturaleza y con las demás formas de vida.
El cuidado toma el lugar de la explotación; la coexistencia pacífica sustituye
a la colonización histórica y el consumista “darse la buena vida” da lugar al “buen
vivir” de la sabiduría milenaria de los pueblos. En una palabra: es preciso
vencer las asimetrías y la disparidad socioeconómica, en vista de la defensa de
los derechos humanos en todas sus dimensiones: económica, social, política y cultural”.
Y, desde mi punto de vista, esta reforma
energética no conduce al país a este modo de vida sostenible, claramente
descrito por Goncalves, sino que reforzará la tendencia de desigualdad social
que venimos padeciendo desde hace muchos años. Por eso no estoy de acuerdo con
ella.
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