Raúl Lugo Rodríguez
www.raulugo.indignacion.org.mx
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Enrique Peña Nieto acaba de anunciar,
con bombo y platillo, que su siguiente reforma, después de haber puesto a la
venta pública los hidrocarburos de este país, será la reforma del campo.
Intenta, y seguramente logrará, que el Congreso de la Unión modifique cuanta
ley haya que modificar para, en sus palabras, “hacer al campo más competitivo”.
Y yo me pongo a temblar.
Tiemblo, porque en el discurso
presidencial no aparece la soberanía alimentaria, no aparecen las demandas de
las y los campesinos empobrecidos, no aparece la conservación de las semillas
criollas, no aparece la conversión de negocios agrícolas convencionales a una agricultura
sostenible… aparece solamente la mágica palabra “competencia”, una especie de
mantra tras el cual se esconde el mito que sostiene el capitalismo neoliberal:
hagamos crecer la economía y todo quedará resuelto por añadidura. A contramano,
desde hace más de treinta años que este tipo de política económica se ha
dictado como la norma a seguir, a golpes de ‘recomendaciones’ del FMI en la renegociación
de las deudas de los países, la competencia es la gran ausente y lo que tenemos
es el fortalecimiento de los grandes monopolios. No sé dónde escuché que, si
pusiéremos juntos a los grandes potentados, verdaderos dueños del mundo (¡hasta
escogen presidentes de los países!), cabrían todos en un solo jet comercial.
Ya Karl Polanyi, el economista
húngaro-americano, en su obra clásica “The Great Transformation: The
Political and Economic Origins of Our Time”, ya advertía en 1944 que la raíz de los males de sistema capitalista
de nuestro tiempo es haber pasado de la economía de mercado a la sociedad de
mercado. Esto significa que todo se convierte en objeto de lucro, todo es
mercancía, aún las cosas más sagradas y vitales. Son una mercancía la tierra y
lo que ella produce, el agua, el aire, el arte, la religión. Y como todo se
rige por la competencia individualista, el resultado termina siendo la ausencia
de cualquier límite. El efecto ha sido atroz: una recurrencia de crisis
económicas que empobrecen a grandes sectores de la población y enriquecen a
unos pocos y que promueve una globalización de la indiferencia. A eso, ni más
ni menos, suena la reforma que Peña Nieto propone para el campo.
Me alegra que
Francisco, en su exhortación apostólica Evangelii Gaudium, sea tan claro
cuando afirma, hablando de la seguridad, que “cuando la sociedad —local,
nacional o mundial— abandona en la periferia una parte de sí misma, no habrá
programas políticos ni recursos policiales o de inteligencia que puedan
asegurar indefinidamente la tranquilidad. Esto no sucede solamente porque la
inequidad provoca la reacción violenta de los excluidos del sistema, sino porque
el sistema social y económico es injusto en su raíz”.
¿En qué reside esta injusticia radical
del sistema neoliberal? Francisco, en un diagnóstico certero y sin concesiones,
afirma que la radical injusticia del sistema reside en que es un sistema
asesino, un sistema que produce muerte. Lo dice con palabras que los barones de
Wall Street y sus secuaces deben escuchar con pavor: Mientras las ganancias de
unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más
lejos del bienestar de esa minoría feliz. Este desequilibrio proviene de ideologías
que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación
financiera. De ahí que nieguen el derecho de control
de los estados, encargados de velar por el bien común. Se instaura una nueva
tiranía invisible, a veces virtual, que impone, de forma unilateral e
implacable, sus leyes y sus reglas”.
Y para estar a tono con la teología de
las cartas juánicas, Francisco añade: “Así como el mandamiento de «no matar» pone
un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir
«no a una economía de la exclusión y la inequidad». Esa economía mata. No puede
ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que
sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede
tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es
inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del
más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de esta
situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin
horizontes, sin salida… Ya no se trata simplemente del fenómeno de la
explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda
afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues
ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está
fuera. Los excluidos no son «explotados» sino desechos, «sobrantes»
Como el fantasma que recorre al mundo
ahora ya no es el comunismo, no he escuchado a nadie acusar al Papa de
comunista. Lo llaman ignorante, mal informado, desconocedor de las leyes del
mercado. Es el precio de denunciar la idolatría del dinero. Pero es una verdad
patente lo que Francisco denuncia: “En este contexto, algunos todavía defienden
las teorías del « derrame », que suponen que todo crecimiento económico,
favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor
equidad e inclusión social en el mundo. Esta opinión, que jamás ha sido
confirmada por los hechos, expresa una confianza burda e ingenua en la bondad
de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema
económico imperante. Mientras tanto, los excluidos siguen esperando. Para poder
sostener un estilo de vida que excluye a otros, o para poder entusiasmarse con
ese ideal egoísta, se ha desarrollado una globalización de la indiferencia”. No
se necesita ser un sabio economista para estar de acuerdo en que el Papa habla
de una realidad lacerante que no ven solamente quienes no quieren verla.
Vivimos tiempos de gran inhumanidad. Siento
vergüenza de las formas primitivas de barbarie que se van estableciendo en
nuestra convivencia como resultado de este injusto sistema económico. Celebro
que la voz de Francisco enarbole esta mirada alternativa que le va conquistando
el respeto de los pueblos y la inquina de los grandes barones del capital y sus
sostenedores.
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