Por: Fander Falconí* / Rebelión.
Arthur Schopenhauer, pensador prusiano de la primera mitad del siglo
XIX, es considerado el más pesimista de los filósofos. En nuestro
tiempo, no ha faltado quien considere al alemán Wolfgang Streeck como el
más pesimista de los sociólogos.
En su libro ¿Cómo terminará el capitalismo?, Streeck (2017, Ensayos de un sistema fallido,
Verso, Nueva York) predice que tras la caída del capitalismo, vendrá
una era caótica para la humanidad, una especie de Edad Media. Aunque uno
no comparta tan desesperanzador final y tampoco el determinismo social,
hay que admitir que su análisis del capitalismo es impecable. Streeck
era poco conocido hasta que algunas de sus predicciones se cumplieron
con la crisis de 2008 y muchos empezaron a leerlo.
Streeck
afirma que ya estamos viviendo la descomposición del capitalismo, con
las crisis periódicas que vive este sistema desde 1973. Cada crisis se
ha arreglado tapando un hueco del barco que se hunde, pero abriendo
otro. Cada medida tomada para salvar el capital, resulta perjudicial
para la mayoría de la población, y viceversa. Los gobernantes no pueden
alcanzar un término medio, porque el desequilibrio entre economía y
política es intrínseco al sistema capitalista. El descontento acompaña a
la ganancia.
El sociólogo cree que desde la crisis de 2008,
entramos en la última manga de esta loca carrera desbocada. Como un
profeta apocalíptico, hasta nombra a los tres jinetes del apocalipsis
capitalista: estancamiento económico, deuda y desigualdad. Claro que el
capitalismo no admite su final y emprende programas sociales que son una
burla: para combatir el desempleo, establece programas de subempleo.
La desigualdad ha llega a una fase en la cual los más ricos han
olvidado que su riqueza depende de la supervivencia de un enorme sector
poblacional, que es a la vez productor y consumidor de sus bienes y
servicios. A veces, se presentan como filántropos y así alcanzan
legitimidad social. La sociedad no necesitaría filántropos si los ricos
pagaran sus impuestos.
Como cada vez es más difícil compaginar
capitalismo y democracia, aparecen nuevas formas para burlar la voluntad
popular, como la teoría de que hay que dejar que los expertos decidan
sus cosas. Los médicos deciden cuánto cuesta una consulta y los
banqueros deciden cuánto pagar de interés. Al fin y al cabo, esa
costumbre de dejar que los expertos sean juez y parte es igual en el
poder legislativo: los legisladores legislan hasta sobre sus propios
sueldos.
El capitalismo de posguerra (1945-1973), según Streeck,
dependió de cierto equilibrio entre la política de los trabajadores y
las necesidades de las economías nacionales. Desde 1973, las clases
dominantes optaron por la globalización. Ahí nace el neoliberalismo.
No importa al neoliberalismo el aumento de la desigualdad si hay más
ganancia para los capitalistas. Si baja el poder adquisitivo dentro de
un país, no importa porque los bienes se venderán en el exterior.
Estamos en la era de la globalización. Ahora los Estados están dentro de
los mercados, ya no los mercados dentro de los Estados.
Al
globalizarse, la banca ya no tiene controles nacionales, es
supranacional. La democracia ya no existe, ha sido sustituida por una
auténtica plutocracia (del griego ‘plutos’: riqueza). La seudo
democracia actual ya no redistribuye la riqueza, solo aparenta ser el
gobierno del pueblo (‘demos’).
Para olvidar nuestra desgracia,
el sistema respalda recursos como la fe en un futuro mejor o tolera el
uso de amortiguadores ilegales, como las drogas. El sistema incentiva
una droga de su propia creación: el ‘shopping’.
Nunca hemos estado
mejor, dice el neoliberalismo. Nunca hemos peor, responden los
trabajadores. No se puede dialogar así. Aunque no predijera el caos, la
tesis del alemán se queda en la denuncia, bien fundamentada es cierto.
Pero no hay síntesis.
*Fander Falconí Benítez: economista ecológico y académico ecuatoriano. Actualmente es ministro de Educación de Ecuador.
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