14 de septiembre de 2018

Dossier | La insurrección popular haitiana y la nueva frontera imperial.


En 1980, la revista Tricontinental publicada por la Organización de Solidaridad con los Pueblos de Asia, África y América Latina (OSPAAAL), dedicó su edición No 119 a Haití. En esa ocasión los editores escribían: «Se sabe muy poco de la lucha del pueblo haitiano», ya que los imperialistas han «erigido un muro de silencio alrededor de Haití».

No querían que se desarrolle una campaña de solidaridad para defender las luchas del pueblo, en ese entonces contra el régimen dictatorial de los Duvaliers, completamente apoyado por Estados Unidos. «A pesar de ello», señalaban los editores, «voces denunciando los asesinatos y la injusticia social en Haití se pueden oír por encima del muro, anunciando la difusión de la lucha del pueblo y pidiendo solidaridad con ella».

Ese muro existe también hoy. La comprensión genuina de las luchas de los pueblos exige una vez más traspasarlo. Los días 6 y 7 de julio un estado de insurrección general se apropió de todo Haití, en respuesta a la tentativa de aumentar el precio de los combustibles por parte del FMI y el gobierno nacional.

La insurrección de julio, las imágenes de las barricadas y los neumáticos en filigranas, los videos de las multitudes asediando hoteles y enfrentando a las fuerzas de seguridad, recorrieron el mundo. Por un instante Haití, la nación invisible e invisibilizada, irrumpió intempestivamente, derribando cercos mediáticos y saltando por encima de un aislamiento que reconoce muchas causas, entre las que podemos mencionar su condición insular, su especificidad lingüística, su rezago económico y,
principalmente, la saña de las potencias occidentales que nunca han dejado de agredirla. Lamentablemente Haití sólo es noticia por sus rebeliones y tragedias. Y sin embargo, pese al
impresionismo de las agencias de prensa y al miserabilismo de los abordajes habituales sobre la cuestión haitiana, ésta podría ser una excelente excusa para volver la mirada y detenerla.

De volver la mirada para descolonizarla, rescatando los aportes históricos, intelectuales, materiales y culturales de Haití, de la negritud y de la afrodescendencia a nuestro propio continente y a la humanidad toda. De volverla hacia el Caribe y Centroamérica, reconociendo su inscripción común en
nuestra continentalidad periférica, así como los grandes saltos adelante dados por sus revoluciones pioneras: no solo Haití, sino también Cuba, Nicaragua, Granada y Venezuela. De volverla, por último, hacia las necesarias y urgentes prácticas de solidaridad y fraternidad internacionales que han de poner límite a la globalización neoliberal compulsiva de un mundo cada vez más incierto.

[Para leer el dossier completo, da click aquí].

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