Por: Fernando Buen Abad Domínguez / Rebelión.
Si la medida de la salud (suponía Freud) es “la capacidad de amar y la capacidad de trabajar” [1],
todo se desfigura cuando la capacidad se reduce a sólo amarse a sí
mismo y la capacidad de trabajar radica en esforzase sólo para sí
sometiendo, además, el trabajo de otros al beneficio de uno solo. Reina
el amor por el individualismo para romper con la comunidad. El ego es
inseparable de la lucha de clases, y los opresores han encontrado
-siempre- argumentos de sobra para justificar su preminencia sobre los
oprimidos. O se creen dioses o se creen semidioses; o se creen emisarios
de la (o las) divinidades o de plano se creen mejor dotados por la
“raza”, la “genética”, las “bellezas”, la “inteligencia” o la “suerte”…
con todas sus combinaciones. Y no hay quién les aguante el ego [2].
La egolatría es una enfermedad inclemente. Un mundo enfermo de
belicismo rentable, enfermo de usura bancaria, enfermo de guerras
mediáticas… sufriendo hambre, analfabetismo, corrupción, represión y
humillaciones infinitas contra los más desposeídos. Un mundo destazado
por terratenientes, exhausto de contaminantes, atrofiado de
mercantilismo y bañado en sangre de todas las violencias del poder
dominante… es un mundo enfermo al que le ha costado demasiado encontrar
el remedio para todos sus males: la superación del capitalismo que se
adueñó del poder del dinero, del poder de las armas, del poder de los
medios y del poder del insulto contra los dominados. El principio de
comunidad demolido por la individualidad de los ególatras.
El ego inflamado,
de sí y por sí, es uno de los sub-productos más odiosos, que rompe el
cúmulo de las relaciones sociales y se produce en ese punto donde se patologiza
lo individual cuando domina la negación del conjunto. Son muchas las
fuentes y las causas por las cuales una persona sube a las cumbres de sí
mismo para quedarse a vivir ahí donde el paisaje es perfecto
porque todo lo que ve es el reflejo de su persona en todas “sus obras”.
Incluso en las que no existen. Son muchas las argucias del sistema
económico e ideológico dominante que, incapaz de inspirar respeto por
sus valores morales, se empeña en imponer amor por lo puramente
individual incluso cuando su mérito único, a falta de contribución al
bien común, radique a en amarse a sí mismo. Y son interminables las
invenciones de la clase dominante para ahogar en ego todo sueño de vida
buena en comunidad. Con la moraleja del “rico que se hace solo”, del
talento que “nada le debe a otros”, del “golpe de suerte” como destino
inmutable para los que nacen “en buena cuna”… tenemos un fanatismo
histórico empeñado en postrar a la comunidad humana ante los atrios del
“ego” que se adueñó de todo.
Para el ego se filman películas,
se imprimen revistas con sus portadas, se editan libros, se escriben
canciones y se despliega una parafernalia descomunal planetaria que hoy
ya es, además de un daño severo por contaminación visual y sonora, un
asco mundial por el regodeo de la nadería a cambio de la fachada del
individualismo. Desde las empresas y los gobiernos hasta las familias,
las escuelas, las oficinas y las iglesias. Egos para toda ocasión, para
todo lugar y para cada momento. Egos desorbitados en las campañas
políticas y en las campañas publicitarias… egos en los libros de
historia y en las histeria de los libreros. Egos para la dama y egos
para el caballero. Niños y niñas, ancianos y ancianas. El ego es el opio
de los pueblos. También.
Nadie se salva, unos más y otros
menos, la inflamación de los egos es una pandemia que debemos atender,
mientras podamos, y antes de que lleguemos al delirio cotidiano de
pensar que todo lo que ocurre, lo que se habla o lo que se calla, sucede
por nuestra persona y en función de nuestras muchas (autoproclamadas)
“virtudes”. Urge intervenir antes de que toda conversación, propia o
ajena, creamos que se refiere a nosotros y que tenemos siempre el
derecho de intervenir en cualquier charla, contando los anecdotarios más
individuales, aunque no venga al caso o aunque a nadie le importe pero
creamos, absolutamente convencidos, que vienen al caso y que a todos les
importa. Y no hay vacunas en el mercado porque el mercado,
precisamente, está intoxicado de ego virulento. Es su garante.
No es lo mismo el aprecio profundo por los valores y por las luchas que,
encarnadas en personas, representa a comunidades o pueblos. No es lo
mismo el orgullo o el honor que experimenta aquel que todo lo da para el
beneficio de la comunidad sin esperar encumbrar su ego con lisonjas de
ocasión. No es lo mismo el respeto de los compañeros por aquel que se
desprende de sí para fundirse en lo común haciendo de lo individual
pieza indisociable de la colectividad. En la teoría y en la práctica de
todos los días. No es lo mismo, en suma, la lucha del que se entrega a
la lucha de todos por una comunidad organizada para sí y en ella hace su
identidad para que lo identifique el colectivo como un ser de lo
colectivo. Eso es nuestro conjuro contra el ego convertido en ideología
por la clase dominante.
Si como Marx pensaba la “personalidad”
es el producto del conjunto de las relaciones sociales, estamos
obligados a desplegar herramientas para la crítica de tales relaciones
sociales envueltas por las relaciones de producción dominantes. Estamos
obligados a propiciar los escenarios y las experiencias donde, cada día y
a cada hora, recordemos que somos lo que somos gracias a la historia
que han forjado los pueblos sobre los hombros de sus luchas, mientras
han padecido todos los desplantes del ego y el individualismo generados
desde la clase dominante como la moral en la que debemos forjarnos. Como
si eso fuese un triunfo moral. Estamos obligados a desplegar todas las
herramientas del pensar crítico que es una de las más grandes conquistas
sociales de la humanidad porque el grado de desarrollo social depende
del grado del desarrollo y diversidad del pensamiento en la práctica.
Pero es necesaria la igualdad y la justicia para que pensamiento y
desarrollo no sean privilegio de unos cuantos. Piénsalo sin el ego de la
clase dominante.
[1] Aproximación al Concepto de Salud Mental Vigente desde una Perspectiva Psicoanalítica https://revistas.unc.edu.ar/index.php/aifp/article/viewFile/13197/13397
[2] http://dle.rae.es/?id=EQoDoir
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