Día 05. Hoy han intentado mancillar la memoria, pero hemos resistido.
“En el momento de ser admitido entre los miembros de la profesión
médica me comprometo solemnemente a consagrar mi vida al servicio de la
humanidad. [...] Aún bajo amenazas no admitiré utilizar mis
conocimientos médicos contra las leyes de la humanidad.”
Juramento Hipocrático.
Juramento Hipocrático.
Nuestro bordado se ve más terminado y más colorido, se nota que hemos sido muchas manos y muchos corazones haciéndolo, cada una con sus colores y sus formas de ver el mundo plasma y nos comparte algo a nosotras, a Lesvy y a su familia. Nos acomodamos como cada día y nos juntamos a bordar, a platicar y a acompañar.
Dos mujeres se acercan y nos cuentan sus testimonios, ambas vienen de visitar a sus hijos que pagan tiempo dentro de estos muros a nuestra espalda. “Fueron falsamente acusados”, nos dicen; “no tuvieron un juicio justo”. Nos recuerdan la impotencia que sentimos todos los días en un país cada vez más encarecido de todo, incluso de justicia. Una de ellas nos muestra las libretas que su hijo hace dentro del penal, la otra nos dice que quiere pedir permiso para plantarse afuera y exigir un proceso justo para su hijo. Le decimos que nosotras no pedimos permiso a nadie y también le aconsejamos que no vaya sola. Con un ramo de flores en su bolsa y con un rostro que ha perdido la sonrisa se aleja lentamente.
Al irse la última mamá que nos contó sobre su hijo nos quedamos sentadas y juntas, pensamos en todas las madres que se encuentran solas frente al engranaje del Estado, que caminan y gritan solas los nombres de sus hijos e hijas. Ojalá supieran que las calles y las palabras también son suyas, que la rabia y la dignidad están de su lado, y que ahí en esa pequeña casita que nos construimos día a día, tienen un lugar seguro y solidario para contarnos sus historias y sus luchas, que no están solas.
Platicamos de los obstáculos que cada una de las que acompañamos hoy ha vivido, lo hacemos de una forma vivaracha, aún cuando nos duele porque la que escucha lo hace desde el corazón. En ese espacio no hay miedo. En nuestro pequeño rincón a las afueras de un terreno tan hostil hemos encontrado la forma de convivir desde la alegría y desde la empatía. La escucha se vuelve una acción constante y reivindicativa. Platicamos de todo, nos escuchamos entre todas, incluso pusimos un podcast en el que la compañera Rita Segato hace cuestionamientos al sistema de la justicia patriarcal. Cada que ella menciona una frase que interpela a aquellos que deberían procurarnos justicia, nosotras gritamos a algunos uniformados que monitorean nuestras acciones: “¿oyeron eso?”, y nos reímos a carcajadas.
Puntada a puntada, aquel bordado se ha convertido en un gesto tan grande y tan hermoso que no cabe en sus formas de justicia patriarcales. Cabe en las nuestras, en nuestra manera de no olvidar, de acompañar a una familia y de sabernos juntas. Ahí en esa pequeña casita temporal construímos una familia tierna y solidaria, que no olvida y no dejará de nombrar a Lesvy porque Lesvy somos todas.
***
Arranca la segunda semana del juicio, corre un tiempo raro y nosotras sentadas en esta sala vamos viajando. Pero hoy pasa algo extraño, el tiempo parece haberse congelado. Ante nuestros ojos se aparece el mismísimo demonio, un hombre que dice hablar en nombre de la ciencia y que asegura haberse jurado.
Decidido a quebrar los retalitos de nuestra memoria, aquí recordamos los motivos por los cuales el gobierno, gracias a la lucha de nuestra familia y de nuestro equipo de la justicia, se vio obligado a pedir perdón por su mala acción:
“A nombre del Instituto de Ciencias Forenses, y de quienes intervinieron en la práctica de la necropsia de Lesvy Berlín Rivera Osorio; mujer mexicana, hija, nieta, estudiante de la Universidad Nacional Autónoma de México y amiga de muchas personas ofrezco nuestra más sincera y sentida disculpa a su familia, por las violaciones a derechos humanos que cometimos en su agravio” –decía Takajashi Medina, titular del Instituto de Ciencias Forenses, el 22 de mayo de este año ante un auditorio repleto de batas blancas que escuchaban a regañadientes.
Es Mefistófeles, de nombre Jaime Cruz Huerta, mientras él habla nosotras escuchamos cómo se cometió un crimen de Estado, consumado por aquel hombre de “ciencia” que dice haber aplicado el Protocolo de Minnesota y el de Estambul. En realidad, nunca tuvimos acceso a un peritaje forense independiente. “Cuello”, “surco único”, “apergaminado”, palabras que para ellos no significan nada, que se aprenden y repiten de la manera más despersonalizada hasta perder el sentido, pero que a nosotras nos cuentan la historia de una vieja herida, de manera muy literal hablan de nuestra profunda herida y del cuerpo violentado de nuestra compañera.
“El cuerpo de nuestras compañeras asesinadas habla por ellas, porque ya no pueden hacerlo”, dijo una vez Ara. Nosotras no cabemos en sus términos médicos despersonalizados, nuestras historias de vida no tienen lugar ahí. Nuestro lugar es otro, un lugar lleno de vida y de memoria que nos sonríe aún desde la distancia, nos saluda y nos cuida cuando menos lo esperábamos.
Por eso es que éste debe ser un lugar y un tiempo extraño, en otras épocas los médicos forenses curaban y lavaban las heridas de lxs difuntxs, aplicaban cuidadosas y sofisticadas técnicas destinadas a preservar sus cuerpos, usaban aceites esenciales para devolver a ellxs, a sus familias y a la sociedad, la dignidad que se les había arrebatado.
Una hazaña más se nos presenta, poco a poco el acusado empieza a hablar y no por voluntad propia. Las compañeras, que gracias a su intuición y desconfianza, decidieron grabar algunas conversaciones clave para el esclarecimiento de la verdad, hoy nos comparten ese cachito de memoria que pudieron arrancarle al acusado, resguardar y traer hoy a este juicio. Escuchamos de su voz descolocada y angustiada: “¿Y si lo hice yo? No me acuerdo… Si hice algo, lo pago… Que se sepa lo que pasó”.
“Estoy aquí porque Lesvy era mi mejor amiga”, nos comparte Liz con tremenda dignidad al dar su testimonio. Habla de lo común que era encontrarse con Lesvy antes de que iniciara su relación con su entonces pareja. Antes se veían tres o cuatro veces por semana, pero después solo pudieron coincidir un par de veces, pues Lesvy la dejaba plantada. Cuenta de cuando se vieron el 14 de febrero y no pudieron platicar por la presencia del hoy imputado.
El 19 de abril celebraron juntas el “Día del Tuno”, fue la última vez que la vio con vida.
Desde 2009 coincidieron en la Estudiantina y se hicieron “tunas” juntas. Ese día Lesvy le dijo que ya no le gustaba sonreír, iba despeinada y Liz recuerda haber hecho una foto donde se veían sus zapatos sucios. Su amiga era otra.
Le parecía muy extraño que siendo una persona tan expresiva, Ber, al referirse a su relación amorosa, la redujera a una palabra: “chido”. Ella le reiteró su apoyo.
Entre números de carpetas y folios surgen las historias de la vida de nuestra compañera Lesvy, su nombre se abre camino y asoma su rostro sonriente en el desfile de términos sin sentido, nosotras nos vamos hoy a dormir recordando a Lesvy, a sus amigas y a las nuestras.

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