Por: Grupo de Acompañamiento Político de la Familia de Lesvy Berlín Rivera Osorio / Justicia para Lesvy Rivera Osorio.
Día 6. Muchas veces hemos visto al mundo desaparecer y, a pesar de todo…, muchas veces lo hemos reconstruido.
Venimos de lejos, venimos viajando. Un día nos subimos a un autobús en
el que iba la dignidad de una tierra que alguna vez fue la nuestra.
Olimpia custodiaba ese viaje, íbamos en un autobús lleno de mujeres que
eligieron vivir defendiendo la dignidad y la memoria. Caminos difíciles,
tierras minadas: no venimos de ahora, aquí están nuestras abuelas y las
madres de ellas.
Muchas veces hemos visto al mundo desaparecer y
muchas veces nosotrxs lo hemos reconstruido, a pesar de todo… Sí,
nosotrxs. ¡Esta no será ni la primera ni la última vez!
Ahí en
donde la violencia es señora absoluta, en donde todos callan, incluso
las leyes, nosotrxs nos dormimos y nos despertamos con la violencia que
t-o-d-o-s- los días nos atraviesa de arriba a abajo, de izquierda a
derecha. Entonces ¿qué demonios le pasa a la defensa del acusado cuando
dice que había que pedir auxilio a la policía, siendo que ellos también
nos violan y nos asesinan?
Mañana se cumplen dos años del
terremoto de septiembre, de todos los septiembres…, quizás el más cruel
de los terremotos es el que pasa en el cuarto de al lado: los gritos,
los jalones, los insultos, los golpes, el terremoto que se oculta y pasa
siempre de noche. Y es que vivimos en una ciudad que nos
despersonaliza. Un día Rita nos preguntaba ¿cómo defendemos nuestro
derecho a no desaparecer, a no ser asesinadas? Vivimos hacinadxs, pero
tal vez eso juega a nuestro favor. De pronto, el acto de cuidado y
cariño más grande es reconocer el rostro y el nombre de nuestrxs
compañerxs, saber quién vive junto a nosotrxs. Esta ciudad piensa que
nos niega este derecho, pero aún nos queda aprender los nombres de
nuestras compañeras en el salón de clases, saludar a las vecinas por la
mañana, recordar cómo vestíamos cada día, avisar de nuestro paradero,
ver y cuidar de las marcas que hablan de las heridas de nuestras
compañeras.
Ayer los médicos cruzaron la delgada línea imaginaria
entre lo que está permitido y lo que debería estar prohibido en
cualquier sociedad. Ayer fuimos testigxs de la manera en la que el
Estado intervino para consumar este crimen, ellos cruzaron el punto de
no retorno. Hoy habitamos un punto ciego, un punto en el que sólo queda
ir para adelante, salvar la dignidad.
Dieron las diez de la
mañana. Como cada día, conversamos y nos saludamos, nos reconocemos en
esos rostros que vienen viajando de lejos, ahí en donde insisten
nuestras abuelas y las madres de ellas. Pasaron diez minutos, treinta
minutos, cuarenta minutos, todxs en fila para ingresar a la sala, unx
por unx nos fuimos sentando, esperamos el testimonio de Natalia.
El aire acondicionado nuevamente está prendido, eso nos indica que
pasariamos frío, que teníamos que agudizar nuestro oído para poder
escuchar, pero ¡ahí está Natalia! La fuerza de su voz nos hace recordar
que sembraremos las flores necesarias para mantener nuestra vida digna.
Esta ciudad nos tiene muy juntas pero a veces tanto que no nos
alcanzamos a reconocer. Es tiempo de abrir bien los ojos, de afinar la
mirada de nuevo, de poner atención. Natalia, quien compartió casa con
Lesvy y con el hoy acusado, nos comparte su testimonio: sus recuerdos
están repletos de gritos, de insultos, de sollozos y llanto de nuestra
compañera. Una, dos, tres veces a la semana. En su relato nos habla de
lo que se vive cuando se llega a esta, la Ciudad de México; alejada de
su familia, en una casa de estudiantes. En sus recuerdos aparece nuestra
Lesvy tambaleándose en su puerta después de una agresión, Lesvy entró a
su cuarto y cayó en el piso. Era mitad de la madrugada. Ella trae ese
momento a esta sala que escucha atentamente. Le pregunta la defensa,
¿por qué si escuchabas que la pareja peleaba no denunciaste? ¿Por qué no
le dijiste a alguien?
Ella le dijo a la casera. Nos compartió
un sentimiento que piensa es generalizado: no supo qué hacer al ver a
una pareja discutiendo, porque desde niñxs nos enseñan que es normal;
que normales son los gritos, que normal es la humillación, que normal es
la violencia…, y que el amor todo lo perdona y todo lo soporta. Y lo
que acaba siendo normal es el estigma que siempre pesa sobre nosotras:
porque ocupamos la noche, porque callamos, porque decimos, porque
hicimos y no dijimos.
Al salir de la audiencia nos encontramos en
el estacionamiento del Tribunal una escena de violencia, gritos,
forcejeos. “Es una discusión de pareja”, nos dirían después. Ya nos
íbamos pero escuchamos algo raro. –¿Están discutiendo? –Sí, ¿vamos?
–Vamos. Caminamos juntxs hacia allá. –Oye, déjala. Amiga, ¿todo bien?
Habíamos escuchado algunos gritos –Suéltame, déjame, ¡ya! ¡no!... La
respuesta del agresor: insistir, abalanzarse sobre ella, entrometerse en
su espacio, apretujarla contra su voluntad. Ella se fue cuando nos
acercamos, estábamos a un par de metros. Él se fue tras ella. Nosotras:
–díganos su nombre, díganos su nombre. Insistimos. Nos lo dijo. Era un
trabajador del Ministerio Público.
Fuimos a dejar constancia de
lo que vimos. Porque para nosotras no es normal. No es normal y queremos
saber responder ante la violencia en cualquier contexto, público,
privado, donde sea. Estamos listas para decir: ¡No! Nosotras decimos NO,
en el lugar en el que estemos, no lo aceptamos, no lo dejamos pasar.
Hemos tenido que aprender, nadie nos dijo qué hacer en momentos así,
tuvimos que vivir la violencia, ver los golpes de nuestras compañeras,
enfrentarnos a los agresores, responder con nuestro cuerpo. Aún así,
todas deberíamos estar preparadas para actuar. Hoy fuimos testigxs de
una situación de violencia en pleno estacionamiento del lugar donde
exigimos justicia por nuestra compañera Lesvy.
Hemos pasado un punto de no retorno cuando nos hemos decidido a decir ¡no!, cuando nos hemos decidido a bordar y a narrar.
El juez da por terminada la sesión, salimos de la sala y nos quedamos
conversando en las calles oriundas al Reclusorio: estamos convencidas de
que desde nuestros espacios podremos ir ensanchando este lugar seguro
que es nuestra casita-campamento que somos todas.
Recordamos a
quienes perdimos aquel 19 de septiembre, recordamos el sentimiento, el
susto, la respuesta inmediata ante la emergencia. “No sabemos quién es
pero tenemos que ayudarle”, pensábamos hace dos años. ¿Nos habremos dado
cuenta de que la emergencia nos persigue a diario? ¿Seríamos capaces de
responder a esta emergencia que significa la muerte violenta y la
desaparición con esa solidaridad? ¿Podríamos intervenir de manera
cuidadosa al menos conociendo los nombres de quienes cohabitan con
nosotrxs?
¡Pensamos que sí! Aquí estamos, ya nos encontramos, ya no nos vamos a soltar.

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