De coalición a coalición
Miguel Ángel Granados Chapa
viernes,
14
de
octubre
del
2011
Es preciso eliminar la confusión posible entre una coalición electoral,
figura jurídica ya existente en nuestro derecho, y la propuesta en curso
de integrar gobiernos de coalición. Ambas, por supuesto, demandan la
integración de voluntades partidarias. Pero su propósito es diferente.
En la alianza electoral se trata de triunfar en comicios, y si bien
suele pactarse un programa de gobierno, de que se le incumpla no
necesariamente se siguen consecuencias para la gobernabilidad. Es
conveniente hablar de esa primera significación, porque aunque sean
pocos y luzcan trasnochados, aun hay quienes hablan de la unión de PAN y
el PRD para evitar la victoria priísta el año próximo. Pero no es tal
coalición de la que hablamos ahora, sino de una reforma constitucional
iniciada por el senador Manlio Fabio Beltrones para introducir el
gobierno de coalición, que puede configurarse aun entre partidos que
hayan contendido abiertamente en las elecciones previas.
El fin
principal de esta innovación es garantizar los acuerdos entre partidos
conforme a programas y responsabilidades compartidos. También se procura
evitar los intentos casuísticos de consenso, que se cumplen
parcialmente y por lo mismo suelen fracasar, amén de generar entre las
partes incriminaciones. Acuerdos a medias, o desacuerdos francos dejan
un poso de resentimiento entre los ciudadanos, una sensación de que la
democracia práctica, la que conduce a resultados, es imposible.
No
son esas necesariamente las bases de que parte la iniciativa de
Beltrones, pero sí sus consecuencias. Nadie es tan ingenuo para ignorar
que el dirigente senatorial camina en dos sendas cuya meta es la
Presidencia de la República. Lo hace con andar acompasado. Presentó el
14 de septiembre el proyecto de reforma constitucional de que hablamos y
lo ha ido rodeando de apoyos, procedentes de partidos y personas entre
los cuales la iniciativa se aprecia en sus propios méritos. Consiguió el
apoyo de los líderes de las fracciones a las que, como presidente de la
Junta de Coordinación Política o de la Mesa Directiva del Senado ha
encabezado por más de cuatro años. Es menos afortunada la suerte de su
proyecto en la Cámara de Diputados, donde proliferan los partidarios de
Enrique Peña Nieto, capaces de ver sólo pasos de Beltrones hacia la
candidatura presidencial y no el empuje de un dirigente legislativo que,
amén de su destino personal, se halla en la ocasión de echar adelante
reformas estructurales que favorezcan el desarrollo y la democracia.
Con
suertes distintas, Beltrones ha impulsado reformas constitucionales de
enorme alcance o que quedaron como meras trochas que hay que despejar
para transitar sobre ellas. La reforma constitucional en materia
electoral transformó a profundidad el sistema de medios de comunicación
en esa materia. Si bien sus habilidades políticas y un adecuado
ejercicio de la oportunidad le evitaron pagar el alto costo de un
conjunto de medidas que aún lastiman a profundidad a los concesionarios
de radio y televisión, lo cierto es que tuvo el valor y la audacia para
hacer saber a los dueños de esos poderes fácticos que es posible
enfrentar desde los poderes institucionales que no son, como algunos
miembros de la CIRT suponen, propiedad particular suya, sino bienes de
la nación.
Pretendió también Beltrones, esta vez sin resultado
alguno, una reforma hacendaria que abarque todos los recursos del
Estado, y ejerza la autoridad del Estado sobre los ingresos y el gasto
público. En este caso pudo más el coyunturalismo preelectoral y la
propuesta se atoró en los lodazales del interés partidario interno del
PRI (como ha ocurrido con la reelección de legisladores) y con ello se
evitó la libre conjunción de intereses partidarios y los de parcelas
extensas de ciudadanos.
Tras el avance parlamentario de su
iniciativa, Beltrones ha conseguido el apoyo de un grupo relevante de la
sociedad civil, que la resumieron y ofrecieron sustento relevante en un
texto titulado “Democracia constitucional”. Son cuarenta y seis los
firmantes y es imposible darles aquí espacio a todos sus nombres.
Incluyen militantes políticos (sólo unos cuantos del PRI) en receso o
activos, creadores artísticos, intelectuales, investigadores, etcétera.
Es posible que ninguno de ellos (salvo los senadores Pedro Joaquín y
Francisco Labastida) voten por Beltrones en la elección interna o
constitucional, porque es remoto el progreso del exgobernador de Sonora
en esa ruta. Pero con su iniciativa buscan impulsar esa posibilidad y
contribuir a mitigar las lastimosas condiciones de vida de nuestro país.
Casi
nadie entre los firmantes, y por supuesto entre los mexicanos todos,
pueden negar la terrible situación en que nos hayamos envueltos: la
inequidad social, la pobreza, la incontenible violencia criminal, la
corrupción que tantos beneficiarios genera, la lenidad recíproca, unos
peores que otros, la desesperanza social. Todos esos factores, y otros
que omito involuntariamente pero que actúan en conjunto, forman un
cambalache como esa masa maloliente a la que cantó Enrique Santos
Discépolo en la Argentina de 1945.
Con todo, pudo cantarle. Es
deseable que el espíritu impulse a la música y otras artes y ciencias y
otras formas de hacer que renazca la vida, permitan a nuestro país
escapar de la pudrición que no es destino inexorable. Sé que es un deseo
pueril, ingenuo, pero en él creo, pues he visto que esa mutación se
concrete.
Esta es la última vez en que nos encontramos. Con esa convicción digo adiós.
miguelangel@granadoschapa.com
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